Perder la madre para cualquier persona constituye un acontecimiento muy fuerte y conmovedor, pero cuando se trata de un niño puede tener también de trágicas consecuencias. Máxime cuando se tiene apenas seis años. Esa era la edad que tenía la niña de cabello muy rubio y ojos profundamente azules, cuando supo que su madre, una mujer todavía joven, con un futuro muy brillante en la academia —ya que tenía un doctorado en botánica y pertenecía a una universidad muy reputada—, había fallecido. Cierto que tenía un padre cariñoso, de profesión físico y también profesor universitario, además de un hermano, apenas un año mayor que ella, a quien amaba profundamente y con quien se llevaba de maravilla, pero no tener el apoyo de su madre le hizo sentir desprotegida y que algo muy poderoso le faltaba.

Vivían en California, en Davis, y la escuela les quedaba a escasas tres manzanas de su casa. Desde que estaba en el kínder, siempre caminaban solos los dos el trayecto y nunca necesitaron ser acompañados por sus padres. No había peligro alguno ni alguna otra cosa que temer. Cuando quedó huérfana, estaba ya en primer grado y continuó con la rutina escolar. Atender las clases y movilizarse solos, les dio tempranamente un sentido de independencia y autocontrol en los estudios. Ambos niños sentían que el aprendizaje en la escuela era una responsabilidad de ellos no de sus padres.

Pero la niña tenía un problema especial. No podía deletrear palabras y le costaba pronunciarlas. Por tal razón, los viernes tenía que ausentarse del salón ya que venía una maestra de lenguaje para llevarla a recibir clases especiales. Eso la mortificaba mucho y durante bastante tiempo llegó a pensar que era retrasada mental. Pasarían varios años para que supiera que lo que tenía era dislexia y no tenía nada que ver con su capacidad intelectual.

Cuando tenía diez años, iba a experimentar algo nuevo junto a su hermano Mark. Su padre había recibido una beca por parte de su universidad de año sabático en el instituto de física nuclear Max Planck, en Heidelberg, Alemania, y no tardaron en trasladarse a dicho país. Los dos hermanos fueron inscritos en una escuela privada supuestamente en inglés, pero la enseñanza era en idioma alemán. El aprendizaje fue intensivo, pero ya para mediados de años, se defendían bastante bien con el nuevo idioma. Los dos hermanos tomaban el autobús para asistir a la escuela y vestían ropa igual a la que usaban los muchachos locales. Para finales de ese año, ya habían logrado dominar bastante bien el habla y la lectura del alemán. Carol Greider, la niña de nuestra historia había fortalecido así, aún más, su sentido de independencia y auto control (Biographical).

Inicio de los estudios de Carolyn Widney Greider

Nació un 15 de abril de 1961 en San Diego California, hija de Kenneth Greider y Jean Foley. Luego de regresar a Estados Unidos, inició estudios de bachillerato y los concluyó en la Davis High School, con excelentes calificaciones. Con gran esfuerzo personal, había superado en parte los problemas de la dislexia y sintió mucha afinidad por la biología. Su padre la estimuló a estudiar lo que quisiera, siempre y cuando sintiera placer en lo que iba a seleccionar. Asimismo, hizo amistades, especialmente con compañeros en algún sentido diferentes a la mayoría del grupo de estudiantes. Quizás su experiencia en Alemania tuvo que ver con esa predilección por lo inusual.

Para obtener su primer grado universitario, escogió la universidad de Santa Bárbara, de su estado natal. En sus primeras experiencias de laboratorio la ayudó mucho una profesora que había sido compañera de su madre en Yale. Así tuvo oportunidad de tener pasantías en varios laboratorios que investigaban diversos temas. De esa manera, aprendió a distinguir entre aquellos trabajos que le proporcionaban placer, de los que no lo hacían. En el último año, fue seleccionada para cursarlo en Alemania, específicamente en Gottingen. Durante el primer semestre, dividió su tiempo entre prácticas de laboratorio con el profesor Weber y clases prácticas de bioquímica y genética.

Para el segundo semestre escogió un curso sobre cromosomas que le pareció interesante. Así, entró al laboratorio del profesor Grossbach y de inmediato se enroló en un experimento que realizaban otros investigadores. Le emocionó mucho saber que su modesta colaboración tiñendo cromosomas había resultado de valor e iba a aparecer en el artículo científico que se iba a publicar.

En Berkeley

Luego de concluido ese año en Alemania, regresó a California para terminar sus estudios universitarios. En 1983 se graduó y, ya con mucho interés con los cromosomas y el ADN, aplicó en varias universidades para obtener un posgrado que tuviera relación con esos temas biológicos. Nuevamente no tuvo mucho éxito con los exámenes que requerían un puntaje específico para poder ser admitida. De ocho solicitudes, solamente dos aceptaron entrevistarla. Los problemas con el lenguaje, todavía no del todo superados, le jugaron una mala pasada. Además, no se tomó en cuenta la gran experiencia que tenía en trabajos de laboratorio. La excepción fueron el Cal Tec y la universidad de Berkeley. En este última conoció a Elizabeth Blackburn y su gran entusiasmo por los cromosomas y los telómeros terminaron de convencerla. Allí quería realizar su doctorado, en el departamento de biología molecular.

Durante el primer año, como todos los alumnos, tuvo que realizar tres pasantías y luego de cumplirlas le solicitó a la Dra. Blackburn que deseaba trabajar en su laboratorio y, específicamente, en el campo de la elongación de los telómeros. Ambas peticiones fueron aceptadas de inmediato para regocijo inmenso de Carol Greider. En mayo de 1983, comenzó su desempeño laboratorial, iniciándolo con la búsqueda de alguna evidencia bioquímica en el alargamiento de los telómeros de la Tetrahymena, un ciliado unicelular que precisamente le había servido a Elizabeth Blackburn para secuenciar dichos telómeros. Con extractos de células de la Tretahymena trató de averiguar si alguna enzima presente en los extractos tenía que ver con el alargamiento de los telómeros. Tras nueve meses de intensos ensayos y opiniones intercambiadas con Elizabeth, encontraron la primera evidencia de que una repetida secuencia de seis bases de largo podría ser el mecanismo de elongación de los telómeros.

El día de Navidad de 1984, fue la fecha clave. Con tan solo 23 años, y mientras otros jóvenes se divertían, Greider identificó en el laboratorio la enzima telomerasa, responsable de proteger la integridad de los cromosomas. El hallazgo ayudó a poner en marcha un campo de investigación que atrajo la atención de los investigadores de la longevidad, los biólogos del cáncer, y la industria de la biotecnología (Martínez Medina, N.).

Pero allí no terminaba el asunto. Como ambas investigadoras eran científicas rigurosamente y muy bien formadas, les faltaba despejar toda duda de que su descubrimiento no era falaz o debido a una polimerasa que las estaba engañando. Aplicando el muy conocido principio de «falsabilidad” de Karl Popper, trataron de demostrar, enunciando diferentes hipótesis y realizando muchos experimentos, que lo descubierto por Greider y apoyada por Blakburn, era falso. Día tras días, comentaban sus avances o dificultades, algunas veces coincidiendo y en otras no, dando origen a discusiones que les permitían seguir avanzando, o bien causando algún tipo de impasse que era resuelto en las siguientes sesiones. Así pasó un año desde aquel 24 de diciembre de 1984, hasta quedar totalmente convencidas de que su descubrimiento era único y legítimo. En diciembre de 1985, el artículo describiendo la hazaña, salió publicado en la reputada revista Cell.

La fama

El descubrimiento de la telomerasa causó una gran sensación científica en el mundo. Por dos años más, Greider continuó su trabajo de laboratorio tratando de purificar e individualizar más aún la telomerasa. En 1987, dio término a su tesis y así recibió su doctorado en biología molecular Apenas tenía 26 años y ya tenía un largo recorrido en el campo científico y alcanzando muchos logros en el mismo.

Había llegado el momento de buscar otras metas. Le aconsejaron realizar un post doctorado en el reputado centro Cold Spriing Harbor. Fue entrevistada personalmente y días después recibió la respuesta. La aceptaban en el laboratorio de Bruce Stillman o bien, si lo prefería, también era bien recibida como investigadora independiente. Aceptó esta última propuesta. Durante seis años trabajó con el científico Cal Harley, con quien estudió el papel de la telomerasa en el cuerpo humano, descubriendo que se reactiva en las células cancerosas, provocando la aparición de tumores, publicando un estudio en 1990 que ocasionó que Greider fuese promovida a investigadora asistente. También se propuso clonar el gen para la telomerasa ARN, lo cual consiguió procediendo después a comprobar que era requerido para la actividad de la telomerasa. Su descubrimiento y artículo para publicar, lo comunicó a la Dra. Blackwell, quién comprobó el hallazgo.

En 1993 se casó con Nathaniel Confort, un PhD que era un historiador de la ciencia que había conocido en Cold Spring Harbor. Tres años después nació su hijo Charles. Entonces gestionó ante su institución que abrieran una guardería para atender a su hijo mientras trabajaba en el laboratorio. Posteriormente le nació Gwendolyn. Cuando su esposo recibió una oferta de trabajo en la universidad George Washington, Carol gestionó trasladarse al departamento de biología molecular de la universidad Johns Hopkins, lo cual hizo que la familia se trasladara a Baltimore. En 1997 fue nombrada profesora en la escuela de medicina de dicha renombrada universidad y tiempo después, en el 2003, fue promovida a profesor y la jefatura del departamento de biología molecular y genética «Daniel Nathans».

Premios y distinciones

En el 2009, compartió el premio Nobel de medicina con la Dra. Elizabeth Blackburn y el Dr. Jack Szostack, por el trabajo realizado sobre telómeros y el descubrimiento de la telomerasa. Tenía 48 años, siendo así la mujer más joven que ha recibido tal distinción. Entre algunos de otros premios de una larga lista figuran miembro de la Academia Norteamericana de Ciencias (2004), miembro de la Comisión Nacional de Bioética, en el 2006 obtuvo el premio Albert Lasker a la mejor investigación médica básica, y ese mismo año ganó el premio Wiley en Ciencias Biomédica (la primera mujer en obtenerlo), así como el premio Paul-Ehrlich-und-Ludwing-Darmstaedter (2009). Además, ha sido miembro de los consejos editoriales de muchas revistas científicas.

En la universidad Johns Hopkins continuó sus trabajos sobre los temas que le dieron tantas distinciones y premios, especialmente enfocados ahora sobre los efectos de los telómeros sobre la muerte celular, la estabilidad del ADN, la potencial relación entre las células madre y la telomerasa, así como la regeneración de enfermedades.

En el 2020 Greider se trasladó a la universidad de California, en Santa Cruz, en donde se le designó «Profesor Distinguido» de biología molecular. Cuando se le preguntó que la había impulsado a dejar la universidad Johns Hopkins para venir a la UC, respondió que «el ambiente de esta universidad es fabuloso. El cambio es beneficioso para la creatividad y deseaba estar en un ambiente diferente con buenos colegas con quién conversar» (UC, Santa Cruz). Conociendo la trayectoria de la Dra. Greider, tenemos a una científica que nunca se encasilló en un solo sitio o cargo. Siempre, al cabo de un cierto tiempo, buscó nuevas oportunidades de aprender e investigar. La clave está en lo que dijo. «Cambiar es bueno para la creatividad». Mucho antes había expresado que:

Una de las lecciones que he aprendido en las diferentes etapas de mi carrera es que la ciencia no se hace sola. Se avanza mediante la conversación y el compartir experiencias… Las nuevas ideas se convierten rápidamente en parte de la conciencia colectiva. Así es como la ciencia avanza y se generan nuevos conocimientos (Martínez Medina, N.).

Notas

Archive of Maryland. Carol W. Greider, Ph.D. (Biographical Series).
Carol W. Greider.The Nobel price in medicine 2009. Biographical.
Fundación Aquae. Carol Greider, premio Nobel de medicina 2009.
Martínez Medina, N. Carol Greider. Mujer y ciencia.
Martínez Pulido, C. Elizabeth Blackburn y Carol Greider: la excelente colaboración de dos biólogos que mereció el Nobel del 2009.
Universidad de California, Santa Cruz. Newscenter. Carol Greider.