¿Fue Matta un arquitecto, un pintor, un escultor, un diseñador, un poeta? Probablemente todo eso y más. Fue no solo un creador de obras, palabras y lenguaje, fue un genio: culto, instruido, seductor, de una inteligencia superior, como lo demuestran sus escritos que algún día debieran ser recolectados, estudiados y publicados. Toda su vida se presentó como arquitecto, pese a que su fama nace de la pintura. Viajó a Europa en 1935, poco después de graduarse en la tradicional Universidad Católica de Santiago; provenía de una familia acomodada, pero tenía una profunda conciencia social por las condiciones de pobreza que había visto en Chile.

Quería desarrollar viviendas sociales y, por ello, viajó a la Unión Soviética en 1936, como lo cuenta en sus cartas (Matta, 2003) a uno de sus mejores amigos de esa época, el arquitecto Luis Mitrovic. Llegó primero a Madrid ávido de conocer, aprender, viajar, amar, descubrir. Hizo amistad con Federico García Lorca. Se fue a Portugal a visitar a la que llegaría a obtener el premio Nobel de Literatura, Gabriela Mistral, quien era Cónsul de Chile en Lisboa. Consiguió un contrato de trabajo y viajó a Etiopía, a enseñar el uso del fusil a soldados del imperio abisinio, lo que le permitió conocer la irracionalidad de la guerra (Matta, 2003) e impregnarse de África, continente por el que tuvo una gran pasión toda su vida.

Poco antes del inicio de la guerra civil española, partió desde Madrid a París con poco dinero, una carta para Salvador Dalí que le entregó García Lorca y el encargo de visitar a Pablo Picasso, quien trabajaba en el Guernica (Servadio, 1993, p. 142). Pudo insertarse con una rapidez extraordinaria en la vanguardia de los años 30 del siglo pasado, viniendo de un remoto país del fin del mundo llamado Chile, y llegar a ser identificado como un surrealista, pese a que desconocía el significado de la palabra, según él mismo lo ha dicho.

La historia es conocida. El movimiento creado por André Breton, en 1924, concentró a la elite artística e intelectual francesa y extranjera radicada en esa ciudad, horrorizada aún por las consecuencias de la Primera Guerra Mundial. Matta inició una amistad con Dalí a quien se presentó como arquitecto, pero también aprovechó para mostrarle unos dibujos. Este lo envió donde André Breton, quien tenía una pequeña galería, «Gradiva», en la rue du Seine. «Yo no sabía que existía el surrealismo y ellos me decían ¡eres un surrealista!» (Servadio, 1993, p. 144). Breton le compró un par de sus trabajos y, además, lo puso en contacto con el estudio de arquitectura de Le Corbusier, quien lo invitó a trabajar con él.

Matta comenzó a pintar y entró en el mundo parisino con relaciones amistosas y conflictivas con varios de sus integrantes, partiendo con Breton, quien en 1948 lo expulsaría del movimiento, acusado de responsabilidad en el suicidio de Arshile Gorky, porque su mujer, Maguche, habría tenido una relación con Matta. Cuando intentaron reincorporarlo, se negó, aunque algunas biografías señalan que sí lo hizo. Ya había comenzado a volar artísticamente como pintor. Su amplia cultura y la amistad profunda que desarrolló con Marcel Duchamp le abrieron nuevos caminos y su obra fue reconocida de tal manera que este último señaló que, de todos los pintores de su generación, Matta era «el más profundo» (Sawin, 2011, p.169).

Por su educación formal recibida en Chile, sus orígenes sociales y su motivación personal, Matta era extremadamente culto. Llegó a Europa hablando fluidamente francés e inglés además del español y, luego, el italiano, pues Italia sería el país donde pasaría gran parte de su vida. Todo ello le sería posteriormente de mucha utilidad cuando, en abril de 1941, se embarcó a Nueva York desde Marsella, junto con sus amigos Max Ernst, André Breton, Man Ray e Ives Tanguy.

Su poema «El día es un atentado», fue escrito en francés en 1942 —y también pintó una tela, que forma parte de la colección del Museo de Bellas Artes de Chile—, luego de dejar una Europa en guerra y una Francia ocupada por la Alemania nazi. Es una profunda reflexión sobre la vida en una época en que al caminar por una calle o al estar en casa se corría el peligro de bombardeos, tiroteos o de que te arrestara la Gestapo. Al releerlo, en el 2020, lo he asociado con la peste que golpea hoy al planeta y que nos tiene refugiados, temerosos, escondidos en nuestras casas. Dice Matta en parte de su poema:

Si se quiere medir el tiempo, la verdadera medida es el día, no el día de veinticuatro horas, si no el día como atentado, como amenaza, como riesgo.

Y claro, tiene razón. En tiempos normales, diariamente existe el peligro de morir, no sabemos qué nos pueda pasar. En época de guerra más aún. Hoy, además, se suma la peste, por lo que estamos expuestos a un enemigo invisible: un virus, el COVID-19.

Matta permaneció en Estados Unidos donde desarrolló relaciones de amistad con artistas como Gorky, Rothko, Motherwell, Pollock y varios otros, quienes se reunían semanalmente en su estudio o en la galería de Peggy Guggenheim. Son conocidos como la escuela del «expresionismo abstracto» y fueron fuertemente influenciados por este artista chileno, quien les decía que «visualizaran el tiempo» (Sawin, 2011, p. 169). Nunca le dio mucha importancia ni tampoco encontró gran valor en esta línea de pintura, como tampoco, posteriormente, en el trabajo de Warhol, de quien consideraba que su obra «no era nada, solo publicidad astuta» (Servadio, 1993, p. 147).

Matta volvió a Europa y, a partir de los años 50 del siglo pasado, se estableció principalmente en Italia, país que consideraba suyo, primero en Roma y luego en Tarquina, ciudad etrusca, donde desarrolló amistades que lo recuerdan con admiración y cariño. Falleció en 2002, siendo sepultado como un etrusco, en el subsuelo de su taller, donde hoy descansa junto a Germana, quien fue su última esposa por más de 30 años.

Queda mucho, pero realmente mucho por conocer, aprender y descifrar de los mensajes en la obra pictórica y en los escritos de este genio del siglo XX, quien fue fuertemente influenciado por el pensamiento de Freud, Einstein y los descubrimientos científicos del siglo XX que lo apasionaban. Se sumergió en el inconsciente en una búsqueda permanente de alcanzar las profundidades del pensamiento humano y plasmarlo en sus grandes telas.

Referencias

Matta, R. (2003). Cartas de Matta. Cartas de Roberto Matta a Luis Mitrovic. Santiago: Editorial Eco.

Sawin, Martica. (2011). Matta. Centenario 11.11.11 (Catálogo). Santiago: Centro Cultural Palacio de La Moneda.

Servadio, Gaia. (1993). Incontri. Milano: Abramo editori.