Isabel Cristina Arroyo Calvo
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Isabel Cristina Arroyo Calvo

Casi desde que tuve uso de razón me sorprendió una llamativa estatua que veía cuando mis hermanos me llevaban a asolear al Parque de Alajuela. Desde mi infancia me quedó grabado que mi lugar de nacimiento no era cualquier lugar. Yo nací en Alajuela. Es Alajuela una de las siete provincias de Costa Rica y aquí el mundo entero se enorgullece de Juan Santamaría. Posiblemente muchos de ustedes se preguntarán quién será ese fulano, pues no es ningún fulano. Juan Santamaría nació, como yo, en Alajuela, pero él es el héroe nacional de la gesta de 1856.

Yo, a mis 3 años, lo imaginaba cargando aquella antorcha con la que habría de vencer a los filibusteros, al quemar la casona donde se ocultaban. William Walker, aventurero estadounidense ya se había autonombrado presidente de Nicaragua y quería hacerlo también con mi pequeño país, Costa Rica. Solo que Juan Santamaría y nuestro presidente, Juan Rafael Mora Porras, no se lo permitieron.

Juan Santamaría, como yo, era una persona del pueblo. Y como yo tenía grandes sueños, jamás imaginó cómo los alcanzaría, ocupando un sitio de honor en una estatua. Siempre me he dicho que las estatuas son bien absurdas, le quitan al héroe su humanidad, que es lo más valioso.

Pues bien, ya les hablé de mi pueblo de nacimiento y del querido Juan.

Mi país vio en los años 50 un éxodo fuerte de ciudadanos hacia la capital, San José, y mi familia se trasladaría a la capital en 1960, cuando yo tenía 3 años. Mi padre, un hombre trabajador, que se dedicó desde muy joven a laborar para el Ferrocarril Eléctrico al Pacífico, donde se hizo capataz y mi madre, una bellísima mujer ama de casa que siempre soñó vivir un mundo distinto del que le tocó vivir, quería ser maestra, pero tuvo 12 hijos, yo la menor.

Desgraciadamente en su época los hombres de mi país no querían planificar. Y fue así como vimos muchos éxodos, la pobreza en zonas rurales era grande y todos, incluidos mis padres, buscaban un futuro mejor para sus hijos.

Fui muy feliz con mis hermanos, once, yo soñaba con ir al kinder, pero no me matricularon en el kinder porque había que «ahorrar». Lloré tanto igual a cuando un carro atropelló a mi gato. El mayor de mis hermanos tenía 21 años cuando yo nací, cantaba a todo galillo la música de la Billos Caracas Boys en el baño, mientras mi hermana Damaris, adolescente, bailaba twist en la cocina ayudando a madre en sus quehaceres. Tuve muchas madres, mis hermanas: Felicia, la de los ojos azules, Damaris, bella como mamá, Margarita, la más fuerte de todas, que siempre me peinaba con una cola antes de ir a la escuela hasta hacerme llorar de lo socada, Yolanda, hermoso ojos verdes a la que perseguían todos con la mirada, Ana, la de la risita burlona y Beatriz, siempre nerviosa y dueña de sendas curvas. El caso es que fui de niña insegura porque una me decía «caminá para acá» y la otra, «no, para allá».

Y en medio de ellas crecí. Y también junto a mis cinco hermanos varones, dedicados desde niños a hacer zapatos y a venderlos en la ciudad capital a los polacos, judíos costarricenses, así les llamaban, polacos, porque venían de Polonia.

De niña, en mis ratitos libres, a veces trabajaba en la zapatería familiar, les pegaba las plantillas a los zapatos y por hacer esto con una serie de zapatos, mi hermano, el jefe de todos, Hermes, me pagaba veinte colones, para mí una fortuna. Con los 20 colones compraba cromos, muñecas de vestir, yaxes, escarcha y goma para los cromos.

Fui una niña feliz, tristemente, de mis hermanos, la única que habría de sacar una carrera universitaria, Periodismo. Muy joven empecé a trabajar, sobretodo en periodismo político y cultural en Radio Universidad de Costa Rica, me correspondió entrevistar a los expresidentes José Figueres Ferrer, José Joaquín Trejos Fernández, Luis Alberto Monge, Rafael Ángel Calderón Fournier, Miguel Ángel Rodríguez y a casi todos los políticos de mi país de los años 80.

Pero habría de enfermarme de artritis y terminé pensionada. Vivi una época de gran reclusión dentro de mi hogar por mis problemas de salud, fueron varias décadas de dolor y oscuridad en mi vida, hasta que redescubrí la poesía, a la que convertí en mi razón de vida.

Precisamente hoy, el día que me uno a esta revista global, me acaban de entregar mi quinto libro de poemas, que se llama Presagios de arena, y que trata sobre la Tierra, nuestro planeta.

En fin, he sido a veces feliz y a veces triste, como nos sucede a todos, por el solo hecho de ser humanos. Luego, les contaré algunas de mis aventuras y de mi vida, que inclusive serviría para una novela.

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