José Miguel Amiune
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José Miguel Amiune

Soy argentino (nadie es perfecto), de Rosario, provincia de Santa Fe. El mayor reconocimiento intelectual, de mi vida, me lo brindó la escuela primaria. Cuando concluí el sexto grado me premiaron, como el mejor alumno, con un carné verde que me acreditaba como socio, por un año, del club gimnasia y esgrima de mi ciudad. No tuve igual suerte en la escuela secundaria, quizá fue la adolescencia. En esos años me enamoré por primera vez, conocí la narrativa de William Saroyan y me deslumbré con Marcel Proust. Sobre todo, yo tenía la obstinada convicción de que, cuando un hombre ya aprendió a leer, a escribir y a hacer las cuatro elementales operaciones matemáticas, lo más aconsejable es ser autodidacta; convicción que sigo sosteniendo.

Sin embargo, la necesidad de salir de la casa paterna y respirar el mundo, me llevó a ingresar a la Universidad Nacional del Litoral, en la ciudad de Santa Fe. Ahí comenzó mi deambular por las pensiones de estudiantes, la política y la bohemia. La cuestión es que, traicionando mis convicciones, me gradué como notario, abogado y doctor en ciencias jurídicas y sociales, que era el nombre de mi facultad. Allí conocí a Lucía Lauzón, con quién me casé y tuvimos un maravilloso matrimonio hasta su muerte en 2014. Luego, todo fue vertiginoso y dramático. A los 25 años fui profesor titular por concurso de sociología del derecho, teoría sociológica y sociología industrial, en las escuelas de derecho, ciencias políticas y psicología, respectivamente, de la Universidad Nacional de Rosario. A los 30 años fui designado Decano de la Facultad de filosofía y ciencias del hombre de la UNR. Como consecuencia de esa temprana experiencia académica, tuve que partir, con mi esposa e hijos, a un largo exilio de 10 años, en México y EE. UU. (1974-1984).

En este último país, gracias a una beca Fullbright, pude hacer estudios de posgrado en las universidades Harvard y Tufts. Me gradué en The Fletcher School of Law and Diplomacy, como máster en relaciones internacionales. En México me desempeñé como asesor y speech writer de dos secretarios de Hacienda y crédito público de México: David Ibarra Muñoz y Jesús Silva Herzog. Fui consultor de varios organismos internacionales como la OIT, la FAO, el PNUD, la OEA y el Banco Mundial. Fui, también, docente e investigador de la Universidad Autónoma Metropolitana (UAM), en los campus de Xochimilco e Iztapalapa, y director de la sección de graduados del Instituto Tecnológico Nacional de México.

En 1984, con el retorno de la democracia en Argentina, desempeñé varios y honrosos cargos en la administración del presidente Raúl Alfonsín (1983-1989). El presidente Alfonsín me designó primero como Secretario de obras y servicios públicos de la nación y, luego, Embajador extraordinario y plenipotenciario de la República Argentina, entre otros cargos. Posteriormente, retomé mi trabajo como consultor de diversos organismos internacionales del Sistema de Naciones Unidas. En el ámbito académico, fui director ejecutivo del Instituto de Estudios Brasileños de la UNTREF y de la Fundación Raúl Prebisch. Fui miembro del Consejo nacional de políticas para la consolidación de la democracia (CONAPED). He publicado tres libros e innumerables artículos en publicaciones de Argentina, Uruguay, Italia, España, México, EE. UU. y Brasil.

Soy miembro de la Comisión del círculo de ministros, secretarios y subsecretarios del poder ejecutivo, miembro consultor del Consejo argentino para las relaciones internacionales y de la Cátedra libre plan fénix, de la Facultad de ciencias económicas, de la Universidad Nacional de Buenos Aires.

En los últimos años la filosofía, mi primer amor, ha sido mi carta de navegación a través de los procelosos mares de este mundo globalizado y absurdo. Desde la perspectiva filosófica trato de desentrañar el sentido de los sucesos contemporáneos que interesan a la geopolítica, las relaciones internacionales y las ciencias sociales. Con la serenidad que dan los años y la experiencia, trato de probar y probarme dos aforismos que dominan mi pensamiento; uno de Hegel, cuando dice: «el búho de Minerva, el ave de la sabiduría, levanta el vuelo a la hora del crepúsculo». El otro es de Martín Heidegger, quien, poco antes de morir, dijo a la revista Der Spiegel: «solo un Dios puede salvarnos».

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