Octavio Paz fue un renombrado escritor y poeta mexicano, nacido en el anterior pueblo de Mixcoac, lo que en 1914 eran las afueras de la ahora gran metrópoli, la Ciudad de México.

De la mano de su abuelo y su vasta biblioteca, encontró amigos y refugio en las páginas de los autores del ayer, clásicos como Don Quixote, de Miguel de Cervantes, o las memorias del capitán de mosqueteros D’Artagnan inmortalizados en la trilogía comúnmente conocida como Los tres mosqueteros de Alejandro Dumas. También tuvo contacto con poetas de su tiempo como T.S. Eliot, Paul Valery y Pablo Neruda.

Como los grandes antes y después que él, empieza su carrera literaria a temprana edad, 17 años; con el paso del tiempo, corrieron las letras y tras ellas, los ensayos y poemas.

En sus viajes al extranjero, conoce a varias personas de renombre en su tiempo, tales como Pablo Neruda, Albert Camus, Jorge Cuesta y Xavier Villaurrutia, entre otros.

Y cómo olvidar a su primera esposa, incluso tal vez el amor de su vida, Elena Garro. Hay que reconocer el trabajo y las obras tanto literarias como teatrales de esta maravillosa mujer; siempre eclipsada, siempre ninguneada, era una expresión por demás frecuente escuchar “¡Ah, la que fuera mujer de Paz!”, ya que por mucho tiempo la sombra del poeta eclipsaba totalmente a su esposa.

Cabe mencionar que no por ello Elena se dio por vencida, pues en palabras del propio Paz, en más de una ocasión la llegó a describir como “La rubia de ojos cafés que tenían la fiereza del tigre para adquirir al minuto siguiente, la súplica y la dependencia del perro”.

Sobra mencionar, que Elena Garro y Octavio Paz viajaron juntos por mucho tiempo, un lugar llevó a otro y el escritor mexicano en compañía de su esposa, conocieron a mucha gente, aunque es un viaje en especial el que nos interesa, un viaje al oriente donde Paz aprende una de las formas poéticas más sublimes y deliciosas, el haikai.

Comentaba alguna vez Octavio Paz acerca de cómo llegó a la cultura oriental y más concretamente al haikú:

“Mi primer contacto con Japón fue a través del arte de la jardinería. Yo viví de niño en una casa con vasto jardín. Mi abuelo era un admirador de los japoneses y el jardín de su casa había sido diseñado por un jardinero japonés. La poesía japonesa –o más exactamente: el haikú- fue para mí un descubrimiento esencial en mi evolución poética y personal. Se lo debo al poeta mexicano José Juan Tablada. En cuanto a mi trabajo personal como poeta: le debo mucho a la poesía japonesa. Los latinos tenemos la tendencia a cierta retórica heredera de Roma, y confundimos a veces la elocuencia con la poesía.Los poetas japoneses me enseñaron la concisión, la economía verbal, el arte de la reticencia y el silencio. Fue una gran enseñanza. Entre mis maestros están algunos poetas japoneses. Sus diarios de viaje (del poeta japonés Basho), salpicados de pequeños poemas, los haikú, me encantaron desde que los leí, vuelvo a ellos con frecuencia y traduje uno: Sendas de Oku”.

Como se puede apreciar, la admiración que este poeta y ensayista mexicano sentía por la cultura japonesa no sólo lo llevó a aprender japonés, sino que también a traducir este pequeño libro de haikú.

Antes que otra cosa suceda, es mi placer explicar de dónde viene el haikú (o haiku):

El haikai es una forma tradicional de poesía japonesa, de hecho, es considerada la base de la poesía japonesa; los haikai surgen de la separación de los tres primeros versos del tanka (otra forma de poesía japonesa que consta de 5, 7, 5, 7 y 7 sílabas cada verso), es decir, consta de 5, 7 y 5 sílabas por verso.

De esta forma de poesía se derivan dos, una llamada haikai no renga que es una sucesión de poemas, en el cual el primero era llamado hokku; esta distinción hace que lo llamen también haikú, pero, con el tiempo, poetas como Masaoka Shiki, deciden separar el haikú del hokku, dejando al primero con un sentido más espiritual, mientras que el hokku se pinta de tintes más cómicos.

Uno de los poetas más emblemáticos del haikú en su variante Jisei (un poema de despedida de la vida) fue el monje poeta Issa:

Torai kana, torai ni utsuru, chimpunkan.

Traducido:

De un barreño, a otro, ¡tonterías!.

Uno de los grandes exponentes del haikú es Matsunaga Teitoku (1571-1653): el alcance de sus versos fue influencia para muchos, de forma tal que revolucionó la forma del haikai no renga, pero sin hacer a un lado la tradición, lo cual podemos apreciar en este poema:

Año del tigre; niebla de primavera; ¡También rayada!

La herencia que nos deja Teitoku es un sentimiento de autenticidad, por lo que se producen poemas menos ingeniosos, menos filosóficos, pero más tangibles, como lo demuestra Nishiyama Soin (1605-1682), fundador de la escuela Danrin.

Lluvia de mayo; es hoja de papel; el mundo entero.

Otro ejemplo, que seduce con la oposición de los elementos utilizados en el poema, es el siguiente haikú:

Narciso y biombo; uno al otro ilumina; blanco en lo blanco.

Un perfecto ejemplo de haikú en cuanto a la contemplación de la naturaleza y como es que ella influye en las personas, es el poema de Enamoto Kikaku (1661-1707):

¡Ah, el mendigo!; el verano lo viste; de tierra y cielo.