¡Éntrele y la que tenga miedo que se quede a cocer frijoles!

Adela Velarde Pérez

El papel y la importancia de la mujer han sido ignorados en los grandes acontecimientos mundiales durante muchos siglos y la Revolución Mexicana no fue una excepción. Muchas mujeres que combatieron mano a mano con los hombres tuvieron que cambiarse el sexo para poder pelear en los más de diez años que duró el conflicto armado en México, el cual comenzó oficialmente el 20 de noviembre de 1910. Esta guerra, sin embargo, se inició mucho antes. Desde fines del siglo XVIII, las mujeres participaron en las luchas sociales, con artículos de prensa, agitaciones callejeras, huelgas y acciones en contra del dictador Porfirio Díaz Mori (1830-1915), personaje controvertido que se instaló en el poder por 35 años y siete períodos consecutivos. En esta etapa, llamada porfiriato, el clero y un pequeño grupo regía la vida política y económica en México. Las mujeres, de distintos orígenes sociales, tuvieron un papel destacado en las luchas contra la dictadura, pero la historia las olvidó. Por eso, cuando hablamos de la Revolución Mexicana, se nos viene a la cabeza Villa, Zapata, Madero, Carranza, pero muy pocas referencias a las mujeres durante este conflicto armado. En el Diccionario histórico y biográfico de la Revolución Mexicana, donde se deberían recopilar todos los acontecimientos de la época, solo dos mil mujeres cuentan con espacios para sus biografías.

Durante el porfiriato, las mujeres debían cumplir la labor que les correspondía según los cánones dominantes: casarse virgen; luego, esposa virtuosa y señora de casa, todo condimentado con la culpabilidad religiosa. El dictador Díaz y la iglesia instauraron un curioso ritual de Año Nuevo. Después de la cena, las mujeres de clase alta se arrodillaban sumisas frente a su marido y pedían perdón por los descuidos y errores cometidos durante el año. Los esposos, casi todos con amantes, otorgaban la misericordia y las mandaban a misa. Pero en ese mismo período (y antes), muchas mujeres luchaban desde la trinchera intelectual, sindical y militar para derrocar al autócrata que había convertido a México en la catedral del patriarcado y la miseria.

Se hace necesario un pequeño resumen de los acontecimientos (para mayores detalles, leer: «Revolución Mexicana»). A finales de mayo, en 1911, después de feroces luchas, renuncia Porfirio Díaz y se exilia en Francia, cargado de oro y dólares. Francisco I. Madero (1873-1913) fue proclamado presidente constitucional en un gobierno inestable y frágil. Fue traicionado y asesinado por su general de confianza, Victoriano Huerta (1850-1916) quien da un golpe de estado y se instala en el gobierno por un año, disolviendo el Congreso, eliminando a varios diputados. Lo sucedió interinamente Francisco Carvajal, hasta que llegó al poder Venustiano Carranza (1859-1920), uno de los líderes revolucionarios que, como otros, desobedeció las órdenes del país del norte y fue asesinado el 21 de mayo de 1920. En este candente período, las mujeres cumplían sus labores habituales, simultáneamente luchaban por una república federal y por sus derechos. Hay que considerar que los líderes revolucionarios realizaron un combate heroico para establecer la república, pero adolecían del atávico machismo que trajo la iglesia a las colonias. Villa no aceptaba mujeres en el campo de batalla, Zapata era más abierto a la incorporación de soldadas dentro de sus tropas, pero Venustiano Carranza fue más lejos y emitió en 1916, la Circular N° 78 que estipulaba que los grados alcanzados por las mujeres en la guerra fueran desconocidos por la Secretaría de Guerra y Marina: «Se declaran nulos todos los nombramientos militares expedidos a favor de señoras y señoritas, cualesquiera que hayan sido los servicios que estas hayan prestado», aun cuando muchas de ellas continuaron peleando en los distintos ejércitos rebeldes más allá de ese año. Cuando ya no se las necesitó, se desconoció su participación militar y quedaron en el olvido.

Ellas contribuyeron de muchas formas en la Revolución. Unas, como Margarita Neri, Elisa Griensen Zambrano, Encarnación Mares y la coronela María Quinteros de Meros lucharon en el mismísimo frente. Otras, como Juana Belén Gutiérrez de Mendoza, Edith O’Shaughnessy, Hermila Galindo y Alma Reed tuvieron más éxito como periodistas, defendiendo los derechos de la mujer, divulgando batallas y presentando una imagen positiva de la Revolución en el extranjero.

En una sociedad altamente clasista, la mujer luchó desde sus diversos estratos socioeconómicos: «Las Propagandistas» pertenecían a una clase media urbana, profesoras, estudiantes y enfermeras; «Las Sindicalistas», de las clases más acomodadas, se unieron a clubes liberales o formaron sus propias organizaciones antidictatoriales; «Las Conspiradoras» servían como emisarias, espías y contrabandistas de armas. Estas últimas, damas de sociedad, ocultaban pistolas, granadas y pólvora debajo de sus amplias faldas que ningún soldado se atrevía a examinar y, finalmente, las mujeres del campo que acompañaban a sus maridos en las campañas militares no solo eran enfermeras, cocineras, sino que muchas de ellas eran agentes que se infiltraban en las filas federales como prostitutas o vendedoras de alimentos. Otras, «Las Adelitas», «Las Soldaderas», cuyo slogan era: «¡Órale! Éntrele y la que tenga miedo que se quede a cocer frijoles!» tomaron las armas y combatían al lado de los hombres. Eran campesinas o mujeres de sectores urbanos más pobres, generalmente mestizas e indígenas, que llevaron sus escasas pertenencias a los escenarios bélicos para continuar con sus labores domésticas, pero, más tarde, se enrolaron en los ejércitos como combatientes.

En resumen, es muy largo mencionar a todas las mujeres que activamente participaron activamente en la guerra para consolidar la actual República Mexicana, pero algunos ejemplos darán una imagen de estas luchadoras.

Adela Velarde Pérez (1900-1971), conocida por los corridos de la revolución, era hija de un comerciante adinerado de Ciudad Juárez y su vocación era la medicina. En 1915, se incorporó a la Asociación Mexicana de la Cruz Blanca Neutral, creada por la feminista Elena Arizmendi Mejía (1884-1949) ya que la Cruz Roja, por órdenes de Díaz, se negaba a atender a los revolucionarios heridos. Adela trabajó inicialmente como enfermera y, luego, tomó las armas formando el grupo «Las Adelitas». Quedó como canción, pero olvidada en la historia. Recién en 1962, se le reconoció como veterana de la Revolución. Murió en la más completa miseria en los Estados Unidos.

Valentina Ramírez Avitia (1893-1979) nació en el pueblo El Norotal, Durango; llamada la «leona de Norotal», fue una valiente guerrera que luchó junto con las tropas maderistas. A los 17 años, se vistió de hombre y se hacía llamar Juan Ramírez; se aprovisionó de una carabina 30-30, cartucheras en el pecho y una cinta tricolor que ocultaba sus trenzas. Los que sabían de su sexo, se le acercaban seductores: «Oye chula...», ella respondía «¿Le hablas a esta? Porque se llama chula», en tanto acariciaba su revólver. En menos de un año alcanzó el grado de teniente. Los últimos años de su vida los vivió pidiendo dinero en el mercado de Novolato. A los 86 años muere sola y abandonada al incendiarse su casa y sus restos están en una fosa común del cementerio civil de Culiacán.

Carmen Serdán Alatriste (1875-1948) fue hermana de célebres revolucionarios y una valiosa participante en la campaña antirreeleccionista maderista en el estado de Puebla. Colaboró en las páginas de El Hijo del Ahuizote y del Diario del Hogar, revistas feministas de la época. Su casa sufrió los ataques del ejército federal y la policía estatal el 18 de noviembre de 1910. Fusil en mano, salió al balcón para incitar al pueblo a unirse a la lucha antirreeleccionista, acto en el que salió herida. En el operativo militar su hermano Aquiles murió y ella, junto con su madre y cuñada, fueron conducidas a la cárcel de La Merced. Carmen Serdán estuvo a cargo de la logística del movimiento revolucionario, utilizando el seudónimo de Marcos Serrato y se encargó de los preparativos de guerra y de difundir el Plan de San Luis, que señalaba los pasos a seguir en el levantamiento armado.

María Quinteras de Merás fue coronela, una de las pocas mujeres en ganarse el respeto de Pancho Villa. Esta soldadera demostró sus cualidades militares en las diez batallas en las que luchó durante los tres años que permaneció en el ejército villista, de 1910 a 1913. Al igual que la teniente Mares de Cárdenas, Quinteras de Merás también se vestía como los hombres, con uniformes color caqui, cananas y un rifle máuser.

Juana Belén Gutiérrez (1875-1942) fue una profesora, periodista, anarquista, feminista, sufragista y activista del magonismo y zapatismo, además del movimiento por los derechos de las mujeres. Editó y dirigió el periódico Vésper (1901) y El Desmonte (1919), además de colaborar en el Diario del Hogar, El hijo del Ahuizote y Excélsior. Escribió literatura feminista radical contra el catolicismo, la corrupción política, y las injusticias sociales durante el porfiriato. Díaz la encarceló en varias ocasiones. Perteneció al grupo de mujeres e intelectuales que fundaron varias organizaciones feministas, entre ellas el Consejo Nacional para las Mujeres junto con Elena Torres, Evelyn T. Roy, Thoberg de Haberman, María del Refugio García y Estela Carrasco; ocupó la presidencia en esta organización. Además, participó del Frente Único Pro-Derechos de la Mujer, donde destacaría como una de sus activistas más influyentes. Estuvo presa durante tres años en San Juan de Ulúa, junto con Dolores Jiménez, María Dolores Malvaes y Elisa Acuña. Con el ejército de Zapata, alcanzó el grado de coronela y mandó fusilar a uno de sus hombres por violar a una mujer del regimiento: «Bajo mi mando, ninguna mujer será abusada. Si hay infractores, los pasaré por el fusil». Murió a los 67 años y su hija tuvo que vender la máquina de escribir para pagar el entierro.

Amelio Robles Ávila (1889-1984) fue un coronel mexicano que participó en la Revolución y se considera la primera persona transgénero en México cuyo cambio de género fue reconocido institucionalmente. Era de dominio público que nació mujer, pero en el ejército estuvo registrado como hombre y asumió su nueva identidad toda la vida. Se casó con Ángela Torres, su pareja, con la que crio a su única hija adoptiva, Regula Robles Torres.

Dolores Jiménez y Muro (1848–1925) fue una socialista y activista política de Aguascalientes. El presidente Díaz, y más tarde Huerta, la encarcelaron en numerosas ocasiones, por su trabajo en numerosas publicaciones de izquierda, incluyendo La Mujer Mexicana, en donde era miembro de la redacción. Ella también abogaba por la descentralización del sistema educativo, un salario justo y equitativo para todos los trabajadores, acceso a vivienda barata y garantías para las poblaciones indígenas. Al conocer sus ideas, Zapata le pidió ayuda para su causa y, en 1913, Dolores se unió al líder revolucionario en Morelos, permaneciendo allí hasta que este fue asesinado en 1919.

Margarita Neri fue una de las pocas mujeres con nombre propio en la Revolución. Nacida en Quintana Roo en 1865, Neri había sido una hacendada antes de la Revolución. Después de ser abandonada por los hombres durante el conflicto, Neri levantó su propio ejército, unos 200 hombres al principio, pero que aumentó a 1,000 en solo dos meses. Sus hombres la seguían porque cabalgaba y disparaba tan bien como cualquiera de ellos. Condujo a sus tropas por Tabasco y Chiapas en campañas de saqueo, asustando de tal manera al gobernador de Guerrero que este huyó en una caja de embalaje al enterarse de que Neri estaba por llegar a la zona. Finalmente, fue ejecutada, pero quién dio la orden y dónde tuvo lugar, sigue siendo un misterio.

Petra Herrera (1887-1916) se tuvo que vestir de hombre para ser aceptada en las tropas de Villa y, con el seudónimo de Pedro Herrera, participó activamente en muchas batallas de la Revolución Mexicana en las que sobresalió como estratega. Muy pronto, sus aptitudes destacaron entre sus compañeros, pues Petra formó un ejército de casi 400 mujeres, que jugaron un papel muy importante en la batalla de la Toma de Torreón, en 1914. A pesar de su contribución, nunca ha sido oficialmente reconocida, se dice que el propio Villa ocultó su participación y no le dio el crédito que merecía al descubrir que una hembra había resultado victoriosa en dicho enfrentamiento. Herrera decidió abandonar las filas del general Villa y crear su propia tropa, conformada exclusivamente por soldaderas. El número de integrantes varía considerablemente según las versiones, que van desde veinticinco hasta mil. Durante ese tiempo, solicitó ser ascendida al rango de general y permanecer en el servicio militar, lo cual le fue negado pese a sus notables habilidades en el campo de batalla. Sin embargo, sí se le otorgó cierto reconocimiento al ser ascendida al puesto de coronel. Tiempo después, su ejército femenino fue disuelto por órdenes superiores y Petra Herrera terminó trabajando como espía, bajo el disfraz de moza en una cantina en el estado de Chihuahua. Una noche, un grupo de bandoleros en estado de ebriedad, la insultaron y dispararon. Murió a consecuencia de las heridas que se infectaron.

Como diría Rosa Luxemburgo: «Quien no se mueve, no siente las cadenas» y las mexicanas siguieron agitándose: del 13 al 16 de enero de 1916, se realizó en Mérida el Primer Congreso Feminista de Yucatán que reunió a 700 insurgentes republicanas, promovido por Elvia Carrillo Puerto (1878-1968), líder feminista, política y sufragista, llamada la «Monja Roja del Mayab», miembro del Partido Socialista del Sureste que, en 1910 participó como espía y correo en la rebelión armada contra el gobernador de Yucatán y, junto con su hermano Felipe, fueron conspiradores en aquel movimiento, que vino a conocerse como «primera chispa de la Revolución Mexicana». Curiosamente, recién en 1952, la Cámara de Diputados reconoció a Elvia como Veterana de la Revolución Mexicana y, un año más tarde, las mujeres obtuvieron el derecho a voto en México. El Congreso Feminista de Yucatán, obtuvo resultados muy concretos como el derecho a la administración de bienes, la tutela de los hijos y salario igual a trabajo igual, demandas que fueron incorporadas a la legislación y plasmadas en leyes: Ley del Divorcio con Disolución de Vínculo, Ley Sobre Relaciones Familiares y la Ley del Matrimonio. Finalmente, el 5 de febrero de 1917, fue promulgada la Constitución Mexicana donde se incluían las demandas de la mujer. En el Congreso Socialista de Motul, Yucatán, en 1918, se planteó de la doble explotación de la mujer en el trabajo y el hogar, se demanda el sufragio femenino. A fines del mismo año, apareció en Guadalajara, bajo el lema «Por la liberación de la mujer», el periódico Iconoclasta, dirigido por las profesoras anarquistas Trinidad Hernández Cambre y Ana Berta Romero, ambas dirigentes del Centro Radical Femenino y, así, en muchos estados del país se encendió la llama de los derechos de la mujer.

El camino no fue fácil. Al finalizar el siglo XIX había una presencia activa de la mujer en la prensa antiporfirista y resulta evidente que hubo miles de mujeres que no solo acompañaban a sus maridos en la guerrilla, sino también combatientes activas, muchas con grados militares de importancia y, simultáneamente, hubo otras que lucharon por avanzar en el ejercicio democrático del voto para favorecer a la población femenina marginada, en tanto no se les reconocía capacidad alguna para conocer y discernir en materia política. Fueron ellas las que prepararon el terreno para que, cuarenta años después, la mujer mexicana empezara a tener una participación activa en legislar como cualquier hombre.

Agradecimientos por sus aportes y observaciones a la pintora y diseñadora Duška Markotić, croata, desde Ciudad de México; al historiador y periodista Mario Dujšin, desde Lisboa; a la compositora Verónica Garay, desde Puerto Aventuras, México y a Humberto Musacchio, ensayista y periodista de Ciudad de México, con su «Diccionario Enciclopédico de México» (1989).