La ciudad de los canales, conocida internacionalmente por su extraordinaria belleza, cumplía el 25 del pasado mes de marzo 1600 años de su fundación. Y en esta ocasión su alcalde, Luigi Brugnaro, declaraba: «Hoy escribimos una nueva página de ese libro que narra nuestro pasado, nuestro presente y encierra en sí misma la clave para afrontar los desafíos del futuro».

Se trata de un capítulo de 1600 años de historia condensados a partir de una única fecha: el 25 de marzo de 421; día universalmente reconocido como el inicio de la fundación de la ciudad de Venecia, tal y como documentan la fuente manuscrita del Chronicon Altinate y, en tiempos posteriores, el cronista Marin Sanudo que, describiendo el enorme incendio de Rialto de 1514, escribió en sus diarios: «Solo quedó en pie la iglesia de San Giacomo de Rialto, la cual fue la primera iglesia edificada en Venecia del año 421 en el día del 25 de marzo». Así pues, si la leyenda remonta la colocación de la primera piedra de la iglesia de San Giacomo de Rialto (San Giacometto) en esta simbólica fecha, el 25 de marzo de 2021 no podía dejar de ser la ocasión para festejar, con el mundo entero, los 1600 años a través de un intenso programa de eventos oficiales con manifestaciones como exposiciones, recorridos museales, conferencias y seminarios, organizados por entidades, instituciones y asociaciones, tanto a nivel nacional como global.

Es un aniversario evocado, que será reevocado a lo largo de todo el año, gracias al Comité Venecia 1600, involucrando a todas las ciudades italianas o extranjeras que en los próximos meses quieran rememorar con exposiciones, congresos o manifestaciones sendas relaciones con Venecia.

Recorriendo los acontecimientos que, desde los orígenes hasta nuestros días, con las terribles consecuencias de la pandemia, han caracterizado la vida de Venecia, forjando el alma y el espíritu de resistencia, el primer ciudadano acentuó el valor de los venecianos, «de agua y de tierra», que siempre han mirado hacia adelante. Tantas personas que se han arremangado los brazos para que el desánimo dejase lugar al espíritu emprendedor y la resignación al deseo de renacer. Esta es la Venecia que se celebra, la Venecia que saldrá adelante, la que se apela a todos los que la aman. Que todos los ciudadanos del mundo sepan que aquí serán siempre bienvenidos.

Venecia, formada por 120 islas extendidas en una amplia laguna, entre la tierra y el mar, en sus orígenes fue ocupada por palafitos y habitada por poblaciones ilirias y vénetas. Y todo empezó cuando los vénetos, expulsados por los ostrogodos y longobardos en la desembocadura del río Po, fundaron Venecia. Su posición privilegiada la protegió de amenazadoras conquistas (en 810, el hijo de Carlo Magno tuvo que retirar sus naves, no logrando navegar en las aguas palúdicas).

En el siglo VI, bajo Justiniano I, el general Belisario conquistó Venecia y con la protección del Imperio Bizantino, Venecia fue gobernada administrativamente por el Exarca de Rávena. Pero, aprovechándose de la debilidad de este Exarca, en 697, las familias pudientes nombraron al primer Doge (Dux), un cargo vitalicio con carácter hereditario al principio y, después, electivo. Nacía la República de Venecia.

Merece señalar el año 829, cuando de Alejandría arribó a la laguna el cuerpo del apóstol Marcos, el evangelista que sería proclamado patrono de la República Serenísima, muy venerado.

La relación fructífera con Bizancio garantizó a Venecia el desarrollo del tráfico marítimo. Mientras las relaciones comerciales con los musulmanes fueron proliferando a lo largo de los años, incluso después de las prohibiciones decretadas por el Concilio Lateranense.

Con el comercio de la seda y de las especias de Constantinopla y de Alejandría, la Serenísima vio crecer notablemente su poder económico. Ya en 1204, con la Cuarta Cruzada, tuvo inicio la llamada edad de oro de Venecia. Representativa de esta época de oro fue la acuñación, en 1284, del ducado que, durante tres siglos, constituyó junto con el florín una de las monedas más importantes del mundo. Eran los tiempos de Marco Polo, uno de sus hijos más ilustres.

En Venecia se estableció la República, una forma de gobierno que no existía en las otras ciudades-estado de la península italiana. Puesta en marcha, desde el principio, la organización de la República de Venecia se esforzó en evitar que un solo hombre, el Dux, dispusiera de un poder totalitario. Por ello, en 1148, se instituyó la «Promesa Ducal» para el Doge, que debía aceptarla en el momento en que se le confería el cargo. Ya en 1177, la figura institucional del Dux fue compartida por la del Gran Consejo, Consejo Menor y Consejo de los Cuarenta, una especie de Tribunal Supremo. Hasta que en 1223 estas instituciones se unificaron en la Señoría, que garantizaba la estabilidad de la República. Para la política exterior y la elección de los embajadores, se fundó el Senado, compuesto de 60 miembros elegidos del Gran Consejo. Mientras en 1310, se estableció el Consejo de los Diez, una organización similar a un cuerpo de policía secreta, el orden central de la política veneciana. Por su parte, el llamado Colegio, resultado de la unión de los sabios y de otros grupos, constituía el órgano con poder ejecutivo.

A partir del siglo XV, los venecianos empezaron su expansión a lo largo de la península italiana, en respuesta a las amenazas de ocupación por parte del Duque de Milán. De hecho, en 1410 Venecia controlaba ya gran parte de la actual región de Véneto, así como ciudades del nivel de Verona y Padua, ocupando posteriormente las lombardas Brescia y Bérgamo y transformando el Adriático en el denominado «Mar Veneciano», cuyo poder se extendía hacia lugares tan distantes como Chipre. Además, la debilidad del Imperio Bizantino le consintió añadir Creta y Eubea (Evia). En este siglo, Venecia era el centro del comercio mundial y la mayor ciudad portuaria del mundo, con más de 200,000 habitantes. Sus palacios devinieron cada vez más lujosos, decorados por artistas como el Veronés o Giorgione. Venecia alcanzaba el máximo esplendor.

Hasta que empezó su decadencia: si la conquista de Constantinopla fue el inicio de su apogeo, su pérdida en 1453, por obra de los turcos, provocó un galopante ocaso. A ello, se sumó nada más y nada menos que el descubrimiento de América, que trasladó geopolíticamente los intereses comerciales internacionales al océano Atlántico.

El imperio turco había conseguido extenderse a lo largo de los Balcanes, así que Venecia aparecía seriamente amenazada por la conquista otomana. En 1570, tuvo que abandonar Chipre, tras la ocupación turca. Poco después, cayeron también Creta y sus últimas posesiones en el Egeo, hasta que Venecia se vio obligada a firmar la paz con los otomanos. Posteriormente, aliada con la Santa Sede y España, Venecia trató de recuperar los territorios perdidos, mas, si bien resultó vencedora en la Batalla de Lepanto, no logró reconquistarlos.

La peste de 1630 exterminó a un tercio de la población de la Serenísima. El ocaso de Venecia ya era evidente: los Habsburgo potenciaron el Puerto de Trieste, minando los intereses venecianos.

En el siglo XVIII, Venecia se convirtió en territorio de conquista y, ya espectro de lo que fuera en el pasado, trató de recuperar su antiguo prestigio con la conquista de Túnez. Pero muy pronto, tras la Revolución Francesa, los franceses y los austríacos se disputaban el territorio veneciano. En 1797, Napoleón intentó aliarse con Venecia, mas esta se negó a pactar con él. En venganza, acabó con los trece años de independencia de la República de Venecia, saqueando y apoderándose de todo el oro y objetos de valor contenidos en la embarcación-trono del Dux. Consecuentemente, en Venecia se formó un gobierno municipal favorable a la presencia de los franceses hasta que el Congreso de Lion de 1801 fundó en Italia la República Cisalpina, cuyo presidente fue Napoleón, el cual, una vez proclamado Emperador de los franceses, asumió el cargo de Rey de Italia. Más tarde con el Tratado de Campoformio de 1797, Napoleón cedió Venecia a los austríacos.

Paradójicamente, por primera vez, la península italiana resultaba unida políticamente bajo el dominio de Napoleón, pero, tratándose de una presencia extranjera, se desarrolló un fuerte sentimiento patriótico. Nuevas luchas contra los austríacos obligaron a Napoleón a abandonar el territorio veneciano. En 1805, con la Paz de Presburgo, Venecia formó parte del Reino de Italia.

Tras la caída del imperio de Napoleón, el Congreso de Viena restableció el orden geopolítico precedente a la Revolución Francesa. Venecia siguió siendo parte del Reino Lombardo-Véneto de los austríacos hasta que, poco después, se separó de Lombardía, que había optado por unirse al resto de Italia. El sentimiento patriótico ya era imparable y nacían por doquier las sociedades secretas revolucionarias, como la de «Giovine Italia» de Mazzini. A continuación de los enfrentamientos con los austríacos, fue creada una asamblea que anexionaba Venecia a Italia. Los austríacos destruyeron gran parte de la ciudad, que se rindió el 22 de agosto de 1849.

Estallaba un gran conflicto: la guerra entre Italia y Austria. Los duques, el Papa y el Rey de Nápoles enviaron sendas fuerzas armadas para disputarse el territorio veneciano mientras los austríacos se aliaron con Prusia y Rusia (Santa Alianza). Fue con el Tratado de Viena, en 1866, cuando se restableció la paz entre Italia y Austria y esta última renunció a Venecia a cambio de una indemnización. Tras la firma del Tratado de Venecia, Austria cedió Venecia a Francia y esta, a su vez, a Italia. Con el Plebiscito de 1866, Venecia entró a tomar parte definitivamente de Italia.

Ya en la Italia unificada, se deliberó la institución de una Exposición Bienal de Arte, que fue inaugurada en 1895, una de las citas más importantes de la agenda cultural internacional. Aunque en la posguerra se registró un éxodo de gran parte de su población, Mestre, ciudad metropolitana del mismo municipio, tuvo un fuerte crecimiento demográfico, en especial tras la inundación de 1966, que demostraba la vulnerabilidad de las plantas bajas de Venecia.

Actualmente, la ciudad de las lagunas confirma su papel de centro cultural italiano, gracias a la presencia de la Bienal de Arte y de Arquitectura, de la Mostra del Cine y de instituciones universitarias ilustres como la Ca’Foscari. Sin embargo, la Serenísima sigue registrando una irrefrenable migración de sus habitantes hacia el interior debido principalmente a dos motivos: el impacto negativo del turismo de masas (hablamos de antes de la última altísima marea que inundó los bajos de la ciudad museo) y las dificultades que exige el día a día de la vida lagunar.

Recordando la milenaria tradición de libertad y operosidad de la ciudad, el alcalde hizo hincapié en cómo «este 1600° aniversario debe ser la ocasión para iniciar una nueva narración de la ‘Venecia Serenísima’, donde el ingenio vuelva a ser protagonista y demuestre el impulso que la ciudad está demostrando para construirse un futuro de sostenibilidad, de salvaguardia del ambiente, de oportunidades de trabajo y de centralidades a nivel internacional».

Para confirmar la celebrada fecha de nacimiento, según el citado Chronicon Altinate, una de las fuentes más antiguas para la historia de Venecia: «En el año 421 el día 25 del mes de marzo en medio de la festividad del Lunes Santo, a esta ilustrísima y Excelsa Ciudad Cristiana y maravillosa, le fue dado principio encontrándose a la hora el Cielo en singular disposición...» Los relativos manuscritos más antiguos se remontan al siglo XIII, aunque sus componentes son anteriores. Cabe indicar que no se puede considerar una verdadera crónica, sino más bien una colección de documentos y leyendas sobre el surgir de Venecia y sobre el origen de los venecianos.

Más tarde, el médico Jacopo Dondi, en la Crónica aliquorum gestorum Padue, cita un antiguo documento, custodiado en los archivos del Palacio de la Ragione de Padua, que atribuía la fundación de Venecia a los paduanos para defenderse de los godos, construyendo en la zona de Rivo Alto una ciudad portuaria y de refugio, indicada como Rialto, cuyo primer cimiento fue echado aquel 25 de marzo hacia el mediodía. Desgraciadamente, como explica el profesor de Historia y autor de Venecia inventada, Gerardo Ortalli: «con el incendio del Palacio de la Razón de Padua de 1420 también su archivo acabó en cenizas», arrasando el importante testimonio.

Pero como sostiene el autor de Venecia antes de Venecia, Giorgio Ravegnani:

Los orígenes de Venecia constituyen un capítulo oscuro en la historia del Medievo. Las fuentes narrativas no abundan, hasta ahora poco nos ha dicho la arqueología y totalmente carentes se demuestran otros testimonios materiales útiles para definir un panorama general. En la alta Edad Media se escribe poco, siendo tiempos muy difíciles, y lo poco que se produce resulta a menudo nebuloso, así como frecuentemente mezcla con facilidad lo verdadero y lo fantástico.

Que sea una hipotética fecha de nacimiento para la ciudad-museo, no deja de constituir una importante referencia de la que arranca un renovado sentir, una naciente responsabilidad a cargo de los residentes y de los visitantes de Venecia que, tras los recientes azotes a los que ha sido sometida —la altísima marea de noviembre de 2019, la pandemia a partir de marzo de 2020, además de las incursiones de cruceros hasta la plaza de San Marcos—, con proyectos ya en marcha y nuevas disposiciones, sabrán mantener y proteger esta joya única en el mundo, delicada y frágil.