Doctor, si me deja tomarme este tequila, le prometo no beber en mi funeral.

(Frida Kahlo)

En la sociedad que le correspondió vivir a Frida Kahlo, donde el predominio masculino guiaba el sentido común y la mujer jugaba un papel secundario, ella se mostró autosuficiente y fuerte, representándose en su obra con características sexuales andróginas, exagerando sus cejas y su incipiente bigote, expresando desde su propia óptica, la identidad femenina y su propio dolor. Su arte invoca al surrealismo, a pesar que ella siempre lo negó: «No pinto sueños, sino mi propia vida». Se podría decir que los cuadros de Frida son sujeto y objeto, no obstante, ella lo rebatiera, su arte tiene una influencia surrealista (no todos son sueños, también está la magia, los mitos y el inconsciente que se respira en México). Tuvo la originalidad en usar pantalones en público, así como también fue la primera mexicana en exponer en el museo del Louvre de París. Con una sensualidad que la acompañó siempre, fue una apasionada de la vida que dio rienda suelta a sus fantasías. Tuvo amantes de ambos sexos y reivindicó la libertad sexual de la mujer en los años 30 y 40, rompiendo tabús sobre el cuerpo y la sexualidad femenina, convirtiéndose en un símbolo del feminismo en el arte y en su actividad política.

Nació en el seno de una familia de artistas, bajo el nombre de Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, el 6 de julio de 1907, en Coyoacán, entonces un suburbio de la Ciudad de México, en la muy conocida Casa Azul, actualmente el Museo Frida Kahlo. Su padre, Carl Wilhelm Kahlo (1872-1941), inmigrante alemán y fotógrafo, se embarcó en Hamburgo y llegó a Veracruz en 1890 con 18 años de edad para, posteriormente, obtener la nacionalidad mexicana. Enviudó de su primera esposa y se casó con la oriunda de Oaxaca, Matilde Calderón y González (1874-1932). Tuvieron cuatro hijas y un hijo que no sobrevivió. Once meses después del nacimiento de Frida, nació su hermana Cristina quien fuera su cómplice y amiga durante su vida.

Las enfermedades y desgracias fueron las eternas acompañantes de Frida. De pequeña padeció una complicada poliomielitis que la mantuvo nueve meses postrada y le dejó como secuela la pierna derecha mucho más delgada que la izquierda. Pero lo más grave sucedió en 1925, cuando Frida tenía 18 años y sufrió un accidente escalofriante: el autobús en que viajaba fue embestido por un tranvía y Frida terminó con fractura de la columna vertebral en tres partes, con dos costillas rotas, la clavícula aplastada, rotura en el hueso pélvico, como si fuera poco, su pierna derecha quedó destrozada en once partes y un pasamano la atravesó por la cadera para salir por la vagina. No se sabe cómo sobrevivió a aquella catástrofe que la persiguió hasta el fin de sus días y de donde desentierra el origen de su estética, viéndose a sí misma mutilada, apresada por fierros y clavos.

Hasta esa edad, Frida no había mostrado mayor interés por el mundo del arte. Pero tres meses tendida en su lecho, con treinta operaciones encima, la llevaron hacia la pintura, principalmente autorretratos, gracias a un espejo colocado en la parte superior de la cama, el cual le permitía verse a sí misma. «Paso mucho tiempo sola y soy el motivo que mejor conozco». Su creación artística gira en torno a su existencia y a su propio padecimiento. En 150 pinturas donde ella es la modelo, plasmó la tragedia que debía afrontar para sobrevivir. Nadie imaginaba que esta muchacha minusválida terminaría convirtiéndose en una de las pintoras más famosas de la historia y un referente social y cultural, no solo de México, sino en todo el mundo. Pero sus sueños, pasiones y obstinaciones iban más allá del arte, era política, luchadora por los derechos humanos y una voz enérgica para las mujeres. Las obras de Frida, muestran su recorrido por la vida, sus ilusiones y la tradición popular mexicana influida por el nacionalismo revolucionario. Frida vestía largas faldas mexicanas, moño trenzado con cintas de colores y collares precolombinos, buscando sus raíces mestizas a pesar de tener sangre española, india y alemana.

A los quince años, Frida vio por primera vez al archiconocido pintor, Diego Rivera, cuyo nombre completo es Diego María de la Concepción Juan Nepomuceno Estanislao de la Rivera y Barrientos Acosta y Rodríguez (1886- 1957). Rivera terminaba los detalles de un mural que realizó en la Escuela Nacional Preparatoria, donde ella perdió el habla a causa de la extraña fascinación que le producía ese hombre obeso y seductor que venía de regreso en la vida. Bien podía ser su padre, pero terminó siendo su gran amor. «Mi ambición es tener un hijo de Diego Rivera, y se lo voy a decir un día», comentaba con sus compañeras de la escuela. «Ya verás, panzón, ahora no me haces caso, pero algún día tendré un hijo tuyo». Diego Rivera comenta en sus memorias: «No me imaginé que un día llegaría a ser mi esposa». Algo de razón tenía.

Cuando ella nació, Diego Rivera, partía a España con 21 años de edad, para después, radicarse en París, donde conoce a su primera esposa, la pintora rusa Angelina Petrovna Belovna, conocida en el mundo artístico como Angelina Beloff, con quien tuvo un hijo, que lamentablemente murió antes de cumplir un año. Durante el matrimonio con la Beloff, Rivera sostuvo varios amoríos, entre ellos, con otra pintora rusa, Marevna Vorobe-Stebelska, con quien tuvo una hija, Marika. A su regreso a México, en 1921, también se involucra con la fotógrafa italiana, activista y luchadora social, Tina Modotti, quien aparece en varios de sus murales (La tierra dormida, Germinación y Los frutos de la tierra, entre otros). Mantuvieron una relación esporádica, de «amigos con derechos», que perduró hasta 1927. Para simplificar, Diego Rivera era el prototipo del macho mexicano: siempre con amantes, tequila y pistolas. Se casó cuatro veces, pero la cantidad de mujeres con las que estuvo ligado sexual y sentimentalmente es mucho mayor.

Otra de las pasiones de Diego Rivera fue la política; comunista activo desde 1922, su ideología protagoniza sus obras, tal es el caso del fresco Hombre en la Encrucijada (1933) que pintó en el Rockefeller Center de Nueva York, el que fue destruido porque incluía un retrato de Lenin. Después reprodujo en México esa obra que está en el Palacio de Bellas Artes.

Diego Rivera fue un hombre que no sabía estar solo e inmediatamente después de su segundo divorcio, se casa con Frida Kahlo, el 21 de agosto de 1929, cuando ella tenía 22 años y él 43. Se decía que el suyo era el amor entre un elefante y una paloma. La madre de Frida no aprobaba el matrimonio pues opinaba que Diego era muy viejo, demasiado gordo y lo peor, comunista y ateo. La relación que acordaron Frida y Diego fue de plena libertad, un vínculo abierto que, sin duda, tuvo sus altas y bajas. Frida sabía de las amantes de su marido, pero no se quedaba en el típico lamento de mujer despechada, pues hizo lo mismo que su esposo, pero ampliando la categoría amatoria a hombres y mujeres, con la diferencia de que ella era más selectiva que su marido. Las relaciones de Frida eran, generalmente, breves, clandestinas y pasionales, donde ponía el ojo ponía los labios. Entre los escogidos por Frida, se encuentran varias personalidades de diversas actividades como el renombrado cirujano Leo Eloesser que conoció en San Francisco y León Trotsky, líder fundador del Ejército Rojo Bolchevique y un teórico privilegiado cuya inteligencia y postura política cautivó a Frida.

Con mujeres tuvo relaciones que se comentan todavía hoy, entre otras, con la cantante Chavela Vargas, con la cual tuvo un romance de muchos años. Al conocerla escribió «hoy conocí a Chavela Vargas. Extraordinaria, lesbiana, es más se me antojó eróticamente. No sé si ella sintió lo que yo. Pero creo que es una mujer lo bastante liberal que, si me lo pide, no dudaría un segundo en desnudarme ante ella». Tuvo una relación con Jacqueline Lamba, pintora y esposa de André Bretón, líder del movimiento surrealista, quienes huyeron de la ocupación nazi para refugiarse en la casa de Diego y Frida.

Diego le presentó a Frida a Heinz Berggrugen, coleccionista y comerciante de arte con quien se fugó a Nueva York, donde vivieron un mes de intenso romance en el Hotel Barbizon Plaza. Otro amante fue el fotógrafo húngaro-americano, Nicolás Muray, a quien conoció en México y con quien se reencontró en repetidas ocasiones en San Francisco y Nueva York, mientras que, en México, Diego cae a los pies de la pintora húngara Irene Bohus y la bella actriz norteamericana Paulette Goddard. Otro romance de Frida fue con el escultor Isamu Noguchi, con quien vivió una apasionada aventura. Diego los descubrió en su departamento y, empuñando una pistola, le exigió a la pareja terminar la «chingadera». En Estados Unidos conoció al pintor catalán Josep Bartolí, un republicano español con el que sostuvo un ardiente romance que incluye varias cartas de amor: «Te quiero como eres, me enamora tu voz, todo lo que dices, lo que haces…». La fotógrafa Tina Modotti, que fue amante de Diego, también está entre los romances de Frida. Con ella compartió la militancia en el Partido Comunista de México.

La vida amorosa de Frida causó revuelo aún entre los intelectuales, sin embargo, fascina la naturalidad y absoluta libertad con que la pintora vivió sus muchas aventuras. Nunca intentó ocultar sus amores emocionales o platónicos que representaban la afirmación de su diversidad y de su autodeterminación. Sin embargo, algo que Frida no pudo soportar fue el romance de Rivera con su hermana y confidente, Cristina. En esa ocasión abandonó el hogar y se divorció de él. Este mazazo emocional lo dejó plasmado en una obra (Unos cuantos piquetitos) en que aparece una mujer con múltiples puñaladas sobre una cama. Pero un año más tarde, después del asesinato de Trotsky, ocurrido en 1940, se reconciliaron y volvieron a contraer matrimonio. «Yo sufrí dos accidentes graves en mi vida, uno en el que un autobús me tumbó al suelo… El otro accidente es Diego»., declaró en una ocasión. No obstante, su matrimonio duró hasta la muerte de ella, el 13 de julio de 1954, un año después de que le cortaran la pierna derecha.

Una semana antes de su fallecimiento fue su cumpleaños número 47, la despertaron con Las Mañanitas, llevaron su cama al centro de la sala para recibir a los más de cien invitados que celebró con mole de pavo, tamales con atole y una buena cantidad de tequila. Frida ya anticipaba su muerte y por eso celebró como nunca. «Espero alegre la salida y espero no volver jamás», decía riendo. La madrugada del 13 de julio se quejó de dolores y se quedó dormida. A las seis de la mañana tenía los ojos abiertos y fijos en su imagen del espejo sobre la cama. Su cuerpo estaba frío. El acta de defunción dice que su muerte se debió a una embolia pulmonar, pero muchos sospecharon que fue un suicidio a causa de una sobredosis.

Le pusieron un vestido de tehuana, huipil blanco de Yalalag, un collar de Tehuantepec y anillos en todos los dedos de las manos. El cuerpo de Frida fue colocado en un ataúd y llevado al Palacio de Bellas Artes en donde permaneció hasta la mañana siguiente. Al homenaje asistieron renombrados artistas y el expresidente de México, Lázaro Cárdenas. También estaban los familiares de Frida y Diego, estudiantes, representantes de la Embajada Soviética y miembros del Partido Comunista. Las autoridades del Palacio de Bellas Artes le pidieron a Diego: «Por favor, nada de tintes políticos», pero uno de los alumnos de Frida, Arturo García Bustos, se acercó al ataúd y depositó encima una bandera roja con el martillo y la hoz, estandarte que Diego Rivera se negó a retirar ante las súplicas de funcionarios del Palacio. La carroza fúnebre llevó a Frida hacia el crematorio del Panteón Civil de Dolores por la Avenida Juárez, como era su deseo. Los presentes, dirigidos por la compositora comunista, Concha Michel, entonaron La Internacional y canciones revolucionarias, junto con la mayoría de la concurrencia. El Corrido de Cananea, ciudad considerada cuna de la Revolución Mexicana, acompañó la entrada del cuerpo al horno.

Y así fue como «La Catrina» se llevó a esta hermosa mujer que gozó de la admiración de destacados pintores e intelectuales de su época, como Pablo Picasso, Vasili Kandinski, André Breton, Marcel Duchamp, Tina Modotti, Concha Michel y el pintor David Alfaro Siqueiros, pero, como les sucede a los grandes artistas, su obra alcanzó fama y verdadero reconocimiento internacional después de su muerte, especialmente desde finales de los años de 1970.

Agradecimientos por sus aportes y observaciones a la pintora y diseñadora croata, Duška Markotić, desde Ciudad de México, al historiador y periodista Mario Dujšin desde Lisboa, a la compositora Verónica Garay desde Puerto Aventuras, México y al escritor y periodista Humberto Musacchio, también autor del Diccionario Enciclopédico de México.