El orden internacional surgido en 1989 dejó a Estados Unidos como única potencia a nivel global y ha hecho sentir el peso de esta realidad haciendo valer el poder duro, es decir político, económico y militar. Sin embargo, el actual escenario internacional y la complejidad de los intereses de las grandes potencias, así como de las llamadas «potencias regionales», están provocado un proceso de mutación o de reordenamiento de la escena internacional influido por nuevas amenazas a la seguridad que han despertado el temor global de los habitantes de las grandes ciudades. Las zonas de conflicto son los lugares donde se cruzan estos intereses y los organismos internacionales donde se libran las batallas diplomáticas.

La irrupción de Trump

La Administración del Presidente Donald Trump ha inaugurado una suerte de nueva política exterior estadounidense que ha dejado perplejo al mundo diplomático e internacional al anunciar medidas contrarias a lo que ha sido la vocación globalizadora de su país. Inició su gobierno indicando que no se sumaba al TPP o Trans Pacific Partnership, que se venía negociando y abría muchas expectativas para profundizar o liberalizar el comercio y las inversiones en la cuenca del Pacífico, considerada la zona de mayor dinamismo para el presente siglo.

Posteriormente procedió a abandonar la Conferencia sobre Cambio Climático conocida como COP-15 o Acuerdo de París y firmada por 195 países en 2015, insinuando o negando más bien el calentamiento global que afecta al planeta1. A lo anterior prosiguió el anunció del retiro de los Estados Unidos de la Unesco, que fue seguido de inmediato por Israel, lo que contribuye a debilitar el sistema multilateral, en especial en lo relativo a las agendas de carácter social. Asimismo el presidente Trump continúa adelante con el proyecto de levantar un muro con México y amenaza con poner término al NAFTA o acuerdo de libre comercio vigente desde 1994 entre Estados Unidos, México y Canadá.

El mismo mandatario ha ido más allá de lo imaginable al anunciar recientemente que trasladará su embajada desde Tel Aviv a Jerusalén encendiendo la protesta de prácticamente todo el mundo musulmán y el rechazo a esta medida de sus más estrechos aliados, como son el Reino Unido y la mayoría de los países de la UE, los cuales en bloque se oponen a ello.

El nuevo zar

La Federación Rusia, de la mano de Vladímir Putin, logró estabilizarse y recuperar su fuerte sentimiento nacional que le ha permitido volver a ocupar un espacio importante en el escenario internacional, tal como lo hemos visto a raíz de la crisis en Siria. La instalación progresiva de bases de la OTAN en sus fronteras y la invitación permanente a que las antiguas repúblicas soviéticas se sumen al pacto militar occidental, pareciera haber contribuido a reforzar el nacionalismo ruso. Moscú ha logrado poner bajo control el terrorismo checheno estimulado por el wahabismo y también ha logrado apaciguar el rechazo a la anexión de Crimea, la cual parece ser irreversible.

Putin, de acuerdo a los sondeos de opinión pública, goza de un alto apoyo popular2 y pese a que el país no logra un desarrollo económico potente, ha estimulado el sentimiento de orgullo por Rusia a raíz de las sanciones que Estados Unidos y la UE han aplicado. Los rusos se sienten victoriosos de la Segunda Guerra Mundial y de hazañas como haber sido los primeros en poner un ser humano en el espacio, entre varias otras. Además, para un país que perdió 26 millones de habitantes en la guerra –de los cuales casi 9 millones eran militares- es difícil pensar que va a ser doblegado con este tipo de medidas y, por el contrario, Putin se prepara para un nuevo mandato por lo que podría gobernar hasta el año 2024.

El despertar del dragón asiático

La República Popular China se consolida cada día como una fuerza global por la potencia de su economía y de su poder militar que crece sin contratiempos mientras que el presidente Xi Jinping, luego del XIX congreso del Partido Comunista, lo ha elevado al nivel mítico de Mao Zedong. Nadie hubiese imaginado hace un par de décadas que ese país pobre, atrasado y sobrepoblado, estaría disputando prácticamente la supremacía a los Estados Unidos. La fuerza de su economía, que entre el 2000 y el 2016 ha crecido a una tasa promedio de alrededor del 10% anual, ha logrado desarrollar un mercado interno que no para de crecer al igual que la inversión extranjera directa, que en 2015 alcanzó su máximo con 135.000 millones dólares invertidos. Naturalmente que éstas corresponden mayoritariamente a empresas occidentales que acumulan centenares de billones de dólares y que generan miles de puestos de trabajo y estimulan el flujo comercial a nivel mundial. Los intereses comprometidos parecen ser el mejor aval para frenar cualquier amenaza exterior a su seguridad. O, como decían los romanos: El comercio trae la paz.

Europa en su laberinto

Por su parte la Unión Europea, tradicionalmente alineada en el plano multilateral y militar a los Estados Unidos, progresivamente ha perdido fuerza debido a las crecientes divergencias entre sus miembros y su imposibilidad de ser un actor de primer orden en momentos de crisis3. Su mayor logro ha sido, en los últimos años el acuerdo nuclear con Irán y que Estados Unidos ya ha amenazado con romper. De los 27 países que conforman la UE solo 6 tienen más de 20 millones de habitantes y la hegemonía está dada por el papel que juegan Alemania y Francia principalmente. El Reino Unido está en proceso de retirarse y el grupo llamado de Višegrad, formado por la República Checa, Polonia, Hungría y Eslovaquia, se aleja cada vez más de Bruselas. A ello podemos agregar, entre varios otros, las tensiones entre Polonia y Alemania, la llegada al Gobierno de la derecha dura en Austria, el separatismo catalán4 o las controversias limítrofes de Croacia con Eslovenia.

La idea de la integración europea está amenazada por la asimetría existente entre sus miembros, principalmente en el plano económico junto a las diferencias culturales. La UE ha reconocido a países como Kosovo, cuyo futuro es totalmente incierto y su subsistencia depende del ingreso a la UE donde esperan hacerlo también Serbia, Turquía, Albania, Montenegro, Bosnia, Macedonia y otros de la ex órbita soviética.

La existencia de una moneda única, con todas sus ventajas, sigue jugando en contra de las economías más débiles al no existir una política monetaria común y por ello se habla que podría establecerse una UE a «dos velocidades». Todo lo anterior contribuye a la pérdida de fuerza en su pretensión de ser un actor de primer orden en la crisis.

Tensiones locales, efectos globales

Las potencias regionales como India, Pakistán, Israel, Turquía, Irán, o Arabia Saudita, ocupan un espacio geopolítico de primer orden debido a que potencialmente son los ‘gatilladores’ de eventuales crisis como por ejemplo Corea del Norte, que ha logrado demostrar la fuerza de su poder nuclear y amenaza con poner en jaque la estabilidad mundial. El Medio Oriente sigue siendo la zona más ‘caliente’ y aparentemente con mayores posibilidades de que se desaten escaramuzas o conflictos armados.

De hecho, a la guerra en Siria hay que sumar la de Yemen, donde la población sufre desde hace años una guerra civil iniciada en 2014 que ha dejado miles de muertos. Es un enfrentamiento con elementos religiosos detrás de los cuales se enfrentan Irán y Arabia Saudita. No podemos olvidar la situación de Palestina e Israel, donde la imposibilidad de lograr un acuerdo para establecer dos Estados independientes ha debilitado por sobre todo la legitimidad del sistema internacional al no respetarse la legalidad ni las resoluciones de Naciones Unidas. El derecho a veto de los Estados Unidos en el Consejo de Seguridad ha dado fuerza, entre otras cosas, a la expansión de asentamientos en territorios considerados por la comunidad internacional como pertenecientes a la nación palestina5.

Esta mutante realidad internacional y las acciones de sus actores han dado espacio para que muchos países tengan que examinar y adecuar sus relaciones con Washington debido a las crecientes amenazas al orden internacional. En particular , esto es más evidente en la Unión Europea debido a las amenazas a la seguridad de su población por el terrorismo que ha golpeado a varias ciudades, la inmigración, el peligro nuclear y la crisis económica que se ha prologado en el tiempo en la mayoría de los países miembros. Las divisiones internas de la UE y las diferentes percepciones de la realidad internacional, así como el interés nacional de cada uno de ellos, les está dificultando la construcción de una agenda única.

La larga negociación para el retiro del Reino Unido abre espacio a países como Francia, de la mano del presidente Emmanuel Macron, para buscar ejercer un liderazgo junto a Alemania, donde la misma crisis migratoria ha debilitado al Gobierno de la Canciller Federal, Angela Merkel. Es más, transcurridos ya tres meses desde las elecciones, aún no hay acuerdo para la formación de un gobierno, lo que no deja de asombrar a sus propios ciudadanos y a la opinión pública europea. Además Alemania, siendo el país europeo más fuerte en el plano económico, solo tiene la fuerza negociadora de su economía. No ser miembro del Consejo de Seguridad, ni poseer arsenal nuclear, la deja al margen de muchas de las grandes decisiones.

Un nuevo orden

Por tanto, el mundo está sufriendo un reordenamiento a nivel global marcado por viejos fantasmas que se vuelven a instalar como es el populismo y el nacionalismo, especialmente en Europa, donde se han originado las dos guerras mundiales que ha conocido la humanidad. La crisis de la política en general y de la social democracia en particular, ha cedido espacio a las fuerzas conservadoras y ha fortalecido a los movimientos xenófobos, racistas y populistas, que progresivamente aumentan su presencia en la vida política de la mayoría de los países europeos. Las agendas nacionales deben enfrentar estos nuevos desafíos y confrontarlas en el campo multilateral que es el lugar donde se libran importantes batallas para el futuro de la humanidad.

Desgraciadamente, la legitimidad del sistema internacional expresado en la conducta de los principales actores en los organismos de Naciones Unidas, parece perder fuerza ante el cuestionamiento ciudadano por su incapacidad de resolver las crisis humanitarias a las cuales parece ser que nos hemos acostumbrado. Naciones Unidas es el principal escenario para las negociaciones y donde se debe buscar respetar la legalidad internacional creada por los propios miembros que la conforman. La actual estructura y distribución de poder han hecho que esto último se transforme en una quimera.

La importancia del fortalecimiento del sistema internacional es esencial para lograr los 17 Objetivos de Desarrollo Sustentable acordados en 2015 por Naciones Unidas en la llamada Agenda 2030. El cambio climático ha llegado para quedarse y si no se adoptan medidas eficaces en el corto y mediano plazo, podemos poner en peligro la existencia humana debido a que al calentamiento global se suma el crecimiento demográfico, la falta de agua, la pobreza y el hambre. Pese a que el ser humano ha logrado un desarrollo extraordinario en ciencia y tecnología expandiendo las fronteras del conocimiento, hoy 2.100 millones de personas viven en la pobreza y más de 815 millones de personas en el mundo pasan hambre6. Por ello la eliminación de ambos flagelos son los primeros dos objetivos de la agenda 2030.

Más dramático y desolador es el panorama si vemos cómo será el mundo para el año 2050, si es que nada cambia. Algunas cifras: seremos 9.730 millones de seres humanos, dos tercios de la humanidad vivirá en áreas urbanas, alrededor del 50% de los bosques habrán desaparecido, las fuentes de agua subterránea disminuirán considerablemente, la agricultura necesitará producir un 50% más de lo que producía en 2012 para satisfacer la demanda, aumentará la escases de tierras cultivables, agua, bosques, pesca y biodiversidad, aumentarán los efectos del cambio climático, entre otras cosas.

La humanidad necesita fortalecer el sistema multilateral dado que es el único espacio donde los países ricos y pobres, grandes y pequeños, pueden debatir los problemas. Democratizar las instituciones y respetar la legalidad internacional a través del cumplimiento de las resoluciones de Naciones Unidas debiera ser el deber de todos. Desgraciadamente la realidad es diferente y los países poderosos hacen ejercer su fuerza en el espacio que se reservaron al crear Naciones Unidas: el Consejo de Seguridad. Los cinco miembros con derecho a veto son finalmente los controladores del orden internacional respondiendo a un mundo que emergió al término de la segunda Guerra Mundial y que cesó de existir con la caída del Muro de Berlín.

Notas

1 Véase El País. El presidente Trump señaló en 2012 que «el concepto de calentamiento global fue creado por y para los chinos para hacer no competitiva a la manufactura de EE UU».

2 El 82,1% de los rusos aprueba la gestión de Putin en mayo pasado, según el Centro de Investigación de Opinión Pública de Rusia. De éstos, un 55,8% apoya al Gobierno y un 32% se mostraban críticos.

3 En la celebración por los 70 años de la creación de la hoy Unión Europea sus líderes resaltaron haber tenido 70 años de paz en Europa. Se olvidaron de mencionar la guerra civil yugoslava de inicio de los años 90 que dejó, se estima, alrededor de 200.000 los muertos en todo el territorio de la antigua Yugoslavia y 2,7 millones los desplazados. La población musulmana de Bosnia fue la más afectada.

4 Interesante es observar la reacción de la UE a la declaración unilateral de independencia del Parlamento catalán. Con alguna diferencias, el Parlamento de Kosovo hizo lo mismo en 2008 siendo de inmediato reconocido por Estados Unidos y la UE.

5 El pasado 16 de diciembre, 14 de los 15 miembros del Consejo de Seguridad votaron favorablemente la resolución sobre Jerusalén respecto a la decisión de Estados Unidos de trasladar su embajada a esta ciudad. Desde hace 7 años que Washington no usaba su derecho a veto y su embajadora indicó que su país no olvidaría el accionar de estos países. Incluso el Reino Unido, el más fiel aliado de Estados Unidos, se sumó a esta condena. Por su parte, el presidente Trump declaró: «Toman nuestro dinero y luego votan en nuestra contra. Estaremos observando esos votos. Que voten en nuestra contra, ahorraremos mucho. Nos da igual». Véase: El País.

6 Source: Intended Nationally Determined Contribution (INDC) of Chile to the Paris Agreement on Climate Change, 2015 National Strategy on Water Resources 2012-2025.