En Costa Rica, a partir de hoy, cualquiera de nosotros puede ser encarcelado por emitir opiniones que sean acusadas de falsas o porque se interpreten dañinas para cualquiera. Esta es conocida como la ley mordaza y palidece con lo que pasa en Nicaragua. Si esta ley hubiera sido proclamada hace unos pocos años, nadie se hubiera atrevido a desenmascarar los hurtos de nuestros padres de la patria. Obviamente, pocos se atreverán a hacerlo ahora con los que, en este momento, se deben estar fraguando.

Si uno no tiene una foto o un video de un político o banquero o burócrata en pleno acto de corrupción, está en problemas. Esto es lo mismo que la acusación del adulterio en algunos países islámicos. Para probarlo, en caso de un hombre, se necesitan tres testigos presenciales. Pero esto ya no es solo en Costa Rica. En Nicaragua, no necesitan una ley mordaza. Con solo escribir contra Ortega, estás preso. Y ni qué hablar de Venezuela. Ahí estás ya en la cárcel antes de siquiera escribirlo. En Cuba, los disidentes nacen en el calabozo. En México, no existe una ley que te prevenga vociferar contra la corrupción, pero cuando lo haces, estás muerto. Y aunque Estados Unidos es el país en que se puede decir de todo gracias a la libertad de información, en realidad si escribes algo a favor de Trump, estás socialmente fallecido. Es posible que próximamente en Brasil si te atreves a decir que las niñas no nacen con la predilección por el color rosa (en el siglo XIX este era más bien el color de los niños) es de esperar que sea tu último artículo.

De ahora en adelante, los latinos vamos a tener que inventar una forma de expresar nuestras opiniones a la usanza de la antigua Unión Soviética. El Camarada Stalin estaba empeñado en que su dictadura fuera siempre vista como una democracia. Para hacer la mampara, reunía a todos los camaradas para que expresaran sus ideas y sus críticas al gobierno. Cuando un iluso se levantaba y acusaba al camarada Stalin de haberse equivocado con las purgas en Ucrania, Stalin lo oía sin inmutarse. Seguidamente, otro camarada irrumpía y acusaba al primero de criticar al mero Padre de la patria: «¿Camarada, ¿cómo se le ocurre hablar mal de nuestro líder, no se da cuenta que esto no se hace en la Unión Soviética?». Obviamente, el segundo iría primero al paredón. Era más peligroso decir que la Unión Soviética no era una democracia que hablar mal de Stalin. No es necesario señalar que el primer camarada, unos minutos después, también iría al paredón.

¿Qué podemos hacer? Una alternativa es desarrollar un código para que no nos atrapen. Digamos que usted trabaja en un Ministerio del Estado y no quiere decir que la dirección es incompetente. Pues para no verse en problemas, les dice a sus compañeros que todo lo que no es verdad se escriba en tinta azul. Todo lo que es cierto, se debe hacer con tinta roja. De esta manera, podrán contarse, sin que los jefes se enteren, cómo están las cosas de verdad.

María, la secretaria, le envía la primera nota a Rosita, la abogada, en tinta azul:

«Querida compañera:

En esta institución estamos felices con la nueva Ministra contra la pobreza. La mujer es súper competente y tiene una maestría en trabajo social. Su tesis sobre los mejores cruceros en el Caribe, ha sido citada por el New York Times como una obra maestra para los viajes de lujo. Su maestría se puede equiparar en Estados Unidos con un doctorado en física cuántica. Vieras que ya recibí mi salario completo que no me llegaba desde hace dos años y hasta me pagaron los intereses. Todas las demás compañeras han recibido su pago y están felices. Los pobres aún no reciben sus remesas, las becas y los alimentos que este Ministerio les debe dar pero saben que es un problema temporal y que nuestra Ministra, para que los desempleados reciban los alimentos, hasta se ha encadenado a un farol enfrente de la Casa Presidencial. Vieras que la gente está consciente que tenemos a la mujer adecuada y nadie se ha quejado. Más bien nos han dicho que la falta de alimentos les ha permitido bajar los kilos de más de diciembre.

Con respecto a los materiales de trabajo, textos escolares, lapiceros y tinta, los hemos recibido casi todos.

Lo único que no nos mandaron es la tinta roja.

Un abrazo,

Rosita».