Hay muchos modos de evitar hablar de lo que verdaderamente importa. Una consiste en saturar los noticieros con el coronavirus. No es que a mí el bicho me valga madre. Pasa que todo esto fue debidamente anunciado, entre otros durante la última campaña presidencial francesa.

En el 2017 Jean-Luc Mélenchon decía literalmente:

Entre los bienes comunes hay uno que merece una atención muy particular (…) se trata de la Salud (…). Estamos amenazados de un verdadero crack sanitario. Un crack es un hundimiento. Sería el producto de tres factores. El primero, desafíos sanitarios totalmente nuevos. El segundo, un sistema de cuidados médicos en vías de dislocación. Y el tercero, el más grave, el más importante, el más decisivo: lo que hay en la cabeza de quienes deciden. Una visión absolutamente absurda, mercantil, «empresarial» como dicen para gargarizarse con palabras de las cuales no saben muy bien lo que quieren decir (…). Esta visión de la Salud nos hace incapaces de responder a lo que vemos levantarse ante nosotros. Primeramente, el desencadenamiento de nuevas epidemias… ¿Cómo vamos a soportar ese choque?

La respuesta del mundo político, de la prensa y de la TV fue la burla. Los mismos que hoy «están en guerra» –¡Ah… el lenguaje marcial!– contra un virus que les sorprendió con los calzoncillos abajo.

Francia solía tener un stock de mascarillas sanitarias: 950 millones. Cuando llegó el coronavirus –razones de economía y ahorro en plan Andrés Velasco– solo había 150 millones. El consumo semanal de mascarillas es de 25 millones: saca la cuenta. No hay mascarillas ni para los enfermeros ni para los médicos que están en primera línea. Ahora Macron le pasó un pedido de mil millones de mascarillas a… China: el país de Airbus y Ariane, de Renault y el TGV, no sabe fabricar textiles.

La masacre que tiene lugar en España le debe mucho a la privatización de los servicios médicos (hospitales, consultorios…) y de las «casas de reposo» en las que aparcan a los viejos.

Los viejos: una variable de ajuste.

Dan Patrick, vicegobernador de Texas, declaró literalmente: «Los abuelos deberían sacrificarse y dejarse morir para salvar la economía en bien de sus nietos y no paralizar el país».

Danny, –¿puedo llamarle Danny?–, no precisó si comenzaría dando el ejemplo, él, que ya tiene 69 años de edad.

Lo cierto es que el Covid-19 está siendo y será una masacre, una gigantesca eutanasia de personas de la tercera edad. Las AFP deben estar frotándose las manos. En Francia –perdón que insista con esta «gran» potencia, conozco esta realidad mejor que otras– los EHPAD (establecimiento-hogar de personas adultas dependientes) son «la quinta rueda del coche». Las prioridades van por otro lado, justificadas por el déficit de material, equipamiento, personal y elementos consumibles (delantales, mascarillas, guantes, etc.) provocado por las medidas de ahorro del gasto público. Todo ello previsible… para nuestros grandes previsores que se pasan lo mejor del día previendo la economía de mañana. Los muy «proactivo»...

Jean-Luc Mélenchon tenía razón: la vida de nuestros conciudadanos importa un cuesco.

La organización patronal francesa protestó cuando el muy neoliberal gobierno de Macron aconsejó no distribuir dividendos para utilizar esos ingentes recursos en mantener la capacidad productiva y pagarle a los asalariados. La respuesta de los patrones fue de antología:

¡¿Qué?! Los accionistas son los que corren todos los riesgos, ¿cómo podrían no recibir la justa remuneración del inmenso riesgo que corren? (sic).

No pudiendo impedirse ir hasta el fondo de la pinche teoría neoliberal, agregaron:

No es el caso de los (cobardes) asalariados, que siempre tienen segura su remuneración…1

Nótese que Francia es el país de la UE que más dividendos distribuye: el año pasado más de 42.000 millones de euros fueron a parar a las faltriqueras de los «inversionistas» por esa vía. Y no se conforman: son insaciables. La pandemia es una oportunidad de negocio… ¿porqué desaprovecharla?

En el medio de este mambo, –como dice Eladia Blázquez en el tango Primer Mundo–, algunas almas sensibles ya comenzaron a pensar en El día después, en el mundo que viene, «que desde luego será muy diferente, algo aprenderemos de esta crisis, las cosas no quedarán así como están…».

Lo que indudablemente me llena de pavor, vista la abundancia de referencias del pasado que nos ofrecieron el inimitable espectáculo de desastres aún mayores en plazos extraordinariamente breves.

Cada crisis, dice el dogma neoliberal, es una oportunidad de negocio. Esta vez no será la excepción, ni siquiera la que confirma la regla. Países en los cuales –declaradamente– no había dinero ni para la Salud, ni para la Educación, ni para los servicios públicos… acaban de emitir dos billones de dólares (EEUU) y un billón de euros (UE) para salvar… al empresariado. Adivina quién va a pagar la cuenta…

En Chile –el modelo del modelo– la Dirección del Trabajo emitió una circular (esta gente es redonda…) que dice:

en el caso c) respecto de los trabajadores que, con ocasión de dicha orden de autoridad o toque de queda, no ingresaron a prestar servicios, corresponde concluir que no habiendo estado a disposición del empleador, éste no se encuentra obligado al pago de las respectivas remuneraciones, por cuanto la circunstancia de la fuerza mayor ha impedido los efectos normales del contrato de trabajo, según lo expresado precedentemente, lo que no obsta a que las partes pacten, de común acuerdo, la recuperación del turno o tiempo no laborado.

Firma: Camila Jordán Lapostol – Directora del Trabajo (S) 26 de marzo 2020

Esta magnífica obra digna de la literatura orwelliana provocó una declaración, –que amerita ditirámbicos elogios y apologéticos panegíricos–, de la parte de la vocera de gobierno, la inenarrable Karla Rubilar, de marmóreo rostro:

En algunas empresas existe una relación simétrica, de cariño, entre trabajadores y empleador2

Esto no se inventa, o bien habría que tener la imaginación de un Jules Verne o de un Isaac Asimov, con la penosa diferencia de que se trata de la realidad, no de ficción literaria. Entre esta lumbrera y Mañalich, el tipo que espera que el virus se ponga «buena gente», para no hablar del patético tatán, la tenemos clara.

Horacio apunta –a mi modo de ver muy justamente–, que el coronavirus de los cojones pasará, pero que lamentablemente la boludez es inmortal.

Yo agrego a la larga lista de las plagas inmortales las ansias de lucro. Esa convicción es la que me lleva a pensar que, aun muriéndose sentados en cómodos sillones instalados en sus lujosos palacios, los grandes empresarios apostarán a darle más vueltas de tuerca al garrote vil de la explotación del ser humano y a la tragedia de la extinción de la Naturaleza como la conocimos alguna vez.

Dueños de un mundo inviable, morirán repletos de oro como un pijotero Creso contemporáneo, llevándose la Humanidad por delante.

Esa plaga, –las ansias de lucro–, al lado de la cual el pinche coronavirus es un simple catarro de pacotilla, trajo guerras mundiales que aun no terminan. Y traerá otras guerras al salir de esta «crisis», y no pocas insurrecciones contra el hambre, la desigualdad y la precariedad erigidas en una condena digna de un moderno Sísifo.

Mientras tanto, salvar el capitalismo –modo de producción que nos trajo a esta situación– tomará lo que deba tomar: Whatever it takes, como dice mi «experto financiero» preferido, el cada vez más cassandrico John Mauldin (pido excusas por el barbarismo).

Johnny escribe –se ve que está pasablemente acojonado, aislado en su lujosa mansión de Puerto Rico–, lo que sigue:

Con su actividad reciente, el Balance de la Reserva Federal (FED) explotó a más de US$ 5 billones (te recuerdo que el PIB yanqui es de unos US$ 20 billones). Mi amigo Peter Boockvar piensa que los activos (que la FED compra en los mercados para aliviar a las multinacionales) podrían llegar fácilmente a US$ 10 billones, y los problemas comenzarán cuando la FED intente deshacerse de ellos. Personalmente no estoy seguro de que siquiera lo intente. Pienso que esta vez retomará una lección de la Gran Depresión y simplemente ni siquiera se preocupará de deshacerse de ellos.

Déjenme ir más lejos. Los años 2020 serán la década de «Whatever it takes». Ya dije que antes de que termine la década, el Balance de la FED será de US$ 20 billones y alcance probablemente incluso los US$ 30 billones. Y sigo pensando lo mismo.

Siendo números abrumadores, no son mayores a los del Japón de hoy. Tenemos que pensar más tarde qué hacer con el valor del dólar. Ya escucho a los economistas de la Escuela austríaca chillando que tendrá que ser devaluado. Pero ese no es el caso de Japón, y solo muy ligeramente el de Europa por razones diferentes. Cada país tiene sus propias características cuando se trata de expandir su base monetaria.

Dicho en cristiano… esto quiere decir que los EEUU no pagarán un maravedí de su deuda, y que emitirán los dólares que haga falta para comprar lo que necesiten. Moneda de Monopoly. Mientras el resto del mundo acepte challa como moneda…

La cuenta –sé que me estoy repitiendo– la pagaremos los pringaos.

Esos cuyos fondos de pensiones fundirán como nieve al sol, los que no recibiremos salarios por no llegar a trabajar en tiempos de toque de queda, los muertos anticipadamente que no cobrarán nunca más sus pensiones (la vieja no pasó: la palmó…), aquellos que trabajaremos 60 horas semanales (en Francia el gobierno de Macron propone instaurar ese horario laboral, primero como medida extraordinaria, luego como norma…), en fin… los asalariados del mundo que nunca se unieron como soñaba un tal Karl Marx en el siglo XIX.

El coronavirus es una suerte de poderosa lupa que muestra el sistema tal cual es, hasta en sus detalles más ínfimos. En estos días el sistema se pasea desnudo.

Y el día después, definitivamente en pelotas.

Notas

1 Véase el libro No hay vacantes, de este pechito, donde describo las alucinantes teorías neoliberales del desempleo, paro o cesantía según se prefiera:

El ocio del currante la teoría económica lo denomina «utilidad». Como queda dicho, la «utilidad» más apreciada por el currante consiste en el ejercicio recurrente de friccionarse el escroto. Para arrancarlo –a duras penas– del morbo que en «lingua franca» pudiésemos llamar «Gaudium ipsius scroti» (la alegría del escroto), el esforzado empresario le ofrece un salario. De ese modo, arbitrando entre su «utilidad» preferida y lo que pudiese procurarse con el salario, el ocioso se resigna a cambiar algunas horas de su pasatiempo favorito por el generoso estipendio que recibe a cambio de algunas horas de cómoda y edificante labor. Muy a pesar suyo, el empresario hace la felicidad del currante. (LC. Gaudium ipsius scroti)

2 Se ve que Karla no asistió al curso de teorías del desempleo que imparte la Adolfo Ibáñez, ni leyó mi obra maestra No hay vacantes, capítulo del trabajador infiel…