No soy un ángel ni una talla grande

De los planteamientos de las firmas de moda al comportamiento de las consumidoras

7 MAYO 2015,
La firma Lane Bryant lanza la campaña #ImNoAngel cuyas protagonistas son mujeres con "cuerpos reales"
La firma Lane Bryant lanza la campaña #ImNoAngel cuyas protagonistas son mujeres con "cuerpos reales"

La nueva campaña de la firma Lane Bryant ha desatado la polémica en las redes sociales y se ha ganado el respeto y la visibilidad de un sector importante de la población femenina, consumidoras de moda por excelencia. Aprovechando este tirón, y como no podía ser de otra manera si se sigue una estrategia de marketing inteligente, la revista Vogue se ha hecho eco de esta nueva tendencia y se ha posicionado como firme defensora de los “cuerpos reales”.

#ImNoAngel es el potente eslogan de esta campaña que aboga por la defensa de las mujeres de “cuerpos reales” que ven minada su autoestima por féminas como los Ángeles de Victoria’s Secret, o eso dicen. Se trata de una campaña abanderada por modelos de tallas grandes, mujeres voluminosas de grandes y bonitas curvas, que afirman con orgullo en ropa interior de la talla 48 que se sienten guapas y sexys y que no querrían ser de otra manera.

Pues bien, lo que quiero resaltar en este artículo es que yo estoy de parte de los ángeles, al fin y al cabo alguien tiene que estarlo. Si bien es cierto que estas modelos (Alessandra Ambrosio o Adriana Lima) cuentan con una genética prodigiosa, son mujeres que viven de su cuerpo, su imagen es su profesión y se sacrifican durante todo el año por conseguir el físico que las consumidoras vemos durante unos segundos o a lo sumo minutos en el popular desfile de lencería y que envidiamos secretamente en los catálogos de la marca.

La ley del mínimo esfuerzo: Falta de determinación, sacrificio, valor y constancia

Reales son estas mujeres a las que Lane Bryant menosprecia, como real es el sacrificio que hacen: una alimentación hipercontrolada y estricta, hábitos horarios muy ajustados, las horas de sueño suficiente y sesiones de ejercicio físico mínimo diario mucho mayores que las que hace la supuesta “mujer real” media durante toda la semana.

Por no hablar de las aspiraciones y anhelos, también reales, de la mujer moderna. Solo hay que ver que los gimnasios están llenos de “mujeres reales” que abogan por su cuerpo y se matan a correr en la cinta o empalman clases de step con bodycombat e incluso spinning, hasta tres horas seguidas e ininterrumpidas de “cardio”, lo que sea para conseguir estar delgadas de cara al verano. Muchas de estas mujeres no tienen una talla 48, algunas tienen la talla 38 pero ninguna de ellas afirmaría lo que las increíbles modelos de tallas grandes: que no se cambiaban por ninguna. (Yo me cambiaba por un ángel, sí, pero también por una de esas increíbles mujeres de tallas grandes).

Por otro lado, casi ninguna mujer de las que defienden la campaña contra los Ángeles de Victoria sacrificaría unas cañas con los amigos o un café con leche, mucho menos saldrían a correr en ayunas a las 05:48h de la mañana (por poner un ejemplo) si un médico deportivo les dijera que según su biotipo y sus ritmos vitales es esa la hora idónea para realizar ejercicio cardiovascular. Ninguna dejaría de ver su serie favorita por dormir ocho horas al día, ni desayunaría 75 gramos de pescado blanco cocido con jugo de limón ni se tomaría tres espárragos blancos a media mañana. Pero todas quieren tener los cuerpos del ángel y, si no es posible, entonces digamos que no son mujeres reales.

“No tengo tiempo de cocinar”, “cuando llego a casa estoy demasiado cansada para salir a correr” o “no tengo dinero para pagarme un gimnasio” son algunas de las excusas más comunes de estas mujeres que desearían que los ángeles de Victoria estuvieran prohibidos por ley.

La gordura no es bella

La salud es bella. Lo sano nos parece bonito, lo enfermo o defectuoso nos parece feo. No se trata de ser cruel, sino de ser realista, es biología. Así ha sido a lo largo de la historia. Durante las distintas épocas el hombre ha encontrado bello lo que en aquel contexto histórico representaría abundancia, fertilidad y la posibilidad de mantener la especie. Así, en la Edad Media lo hermoso eran las mujeres robustas, corpulentas o entradas en carnes (dejo estos tres términos para no herir ninguna sensibilidad que, con la primavera y en lo que a belleza se refiere, parecen estar a flor de piel) pues se suponía que eran estas Venus bien alimentadas y sanas quienes darían a luz hijos fuertes a los que podrían amamantar.

Actualmente, en Asia y países predominantemente agrícolas lo hermoso son mujeres de piel blanca y fina, pues eso significa que tienen un gran poder adquisitivo. Las mujeres del campo están morenas, todo el día expuestas al sol, mientras que las clases más acomodadas permanecen a cubierto manteniendo su tez pálida.

Siguiendo con esta línea, en la sociedad moderna occidental, donde abunda la comida y las actividades del hombre son en un 75% de los casos sedentarias -incluyendo el ocio, gracias a las tecnologías-, la principal enfermedad de la sociedad es la obesidad. Sí, lo diré más claro para que no haya dudas: estar gordo es una enfermedad y se puede diagnosticar.

La obesidad es una patología que acarrea consigo muchas otras: hígado graso, hipertensión, colesterol, diabetes, problemas articulares y de huesos, asma y otras dificultades respiratorias, problemas de piel y un largo etcétera de enfermedades mentales como depresión, ansiedad, inseguridad, baja autoestima…

Soy consciente de que lo que en las líneas anteriores relato con crudeza puede herir al lector más delicado, pero no es esa la intención. Pido al lector que no personalice y que en su lugar abra los ojos a una realidad que los mass media y la dinámica de la sociedad actual le impiden ver: no es cierto que toda mujer sea hermosa sin importar su peso o su talla. Toda persona es hermosa en cuanto a ser humano y merece un respeto y una consideración. Pero en el momento en que se cruza la línea de la obesidad, y por tanto de la salud, se deja de ser hermoso y se pasa a estar enfermo.

La reivindicación de los cuerpos reales o el oportunismo de las marcas

Bajo esta piel de cordero, esta campaña con apariencia humana esconde un auténtico lobo: una guerra de marketing, una lucha encarnizada entre las marcas por hacerse con la hegemonía de un sector del mercado cada vez más importante.

Aquí hay dos cuestiones, una es económica, la otra es social. La económica consiste en que “los cuerpos reales” son un nicho de mercado vacío, una oportunidad recientemente descubierta por las marcas y que entre ellas pelean con uñas y dientes. Algunas no han querido, o no han sabido cómo, acercarse a este mercado; otras lo explotan sin piedad.

Hasta ahora, el tallaje de la ropa femenina variaba según el país pero siempre siguiendo unos patrones estéticos que distan en gran medida de la realidad. Lejos de las perchas con patas que se ven en las pasarelas de mayor prestigio y los dientes separados que tan de moda están en las revistas y que no son sino un síntoma de anorexia, las marcas han decidido escuchar los gritos de la consumidora media que no responde a estos patrones y ofrecer tallajes más acordes a la realidad actual.

Esto no está mal y es tan inteligente desde el punto de vista empresarial como admirable desde el punto de vista ético y moral. Sin embargo, y como suele pasar, esta campaña o tendencia lleva al extremo y ahora parece lícito atacar indiscriminadamente a toda aquella que no tenga una talla grande.

Más hipócrita aún resulta el hecho de que una publicación como Vogue, que vive y disfruta de las publicidades de estas anoréxicas marcas de belleza, moda y cosmética, y que sugiere y propone looks a sus lectoras donde un complemento como un bolso puede alcanzar los 1.500 euros, abandere la defensa de la mujer real: ¿qué mujer real puede permitirse un bolso de 1.500 euros? Si ustedes conocen a alguna, por favor pregúntenle cómo lo hace…

La segunda cuestión que habría que analizar detrás de esta tendencia es el machismo. Sí, es machista que se critique a Victoria’s Secret y no a marcas de ropa masculinas que utilizan como imagen a deportistas de élite y modelos que más bien parecen dioses griegos. ¿Por qué no surge una campaña contra Emidio Tucci o Dolce&Gabanna? ¿Quién abanderaría una protesta social cuyo eslogan fuese #MnotaHotMan? ¿Por qué un hombre delgado en bañador está bien y una mujer tiene que cumplir medidas casi irreales para lucir bikini?

Estas son algunas de las cuestiones que deberían preocupar a la “mujer real” y no si utiliza una talla 38 o 42 o cómo de diferente es su cuerpo en comparación con el de las modelos de una lujosa marca de lencería. Al fin y al cabo, no hay comparación posible entre una persona, sea hombre o mujer, que se dedica a su cuerpo y que vive de él, que lo cultiva, lo cuida, pero que también lo sufre y se sacrifica por él, con una persona que disfruta de los placeres de la vida y exige y por tanto dedica mucho menos a su físico.

En definitiva, detrás de esta aparente oda a la feminidad natural lo que hay es un hipócrita oportunismo que se aprovecha del sinsentido de la “mujer real” para vaciarle los bolsillos con ropa “real” y realmente cara, mientras esta no hace nada por cuidar su cuerpo y su salud. Y para aquellos que opinen que estas modelos incitan a la anorexia a las adolescentes, porque ese también es un argumento recurrente, es hora de hacer un ejercicio de autocrítica, pues la educación, la orientación y la protección de los hijos es responsabilidad de los padres y no de los medios de comunicación. Aunque este sería otro debate que también daría para varios párrafos, por lo que me lo guardaré, con su permiso, para más adelante.