Montevideo, 2012

Pierda el miedo, abrace el caos.

(Pintado en un muro, en la esquina de las calles Maldonado y Minas).

Helena detuvo el auto en la confluencia del bulevar Artigas y la Rambla. Podía haber girado y dirigido sus pasos hacia la oficina, pero súbitamente se acordó de Ramón y prefirió estacionar para tomar unos mates. Todos llamaban mar a ese estuario de río marrón que la seducía en su vastedad e imperfección. A esa hora mucha gente caminaba por el paseo marítimo aprovechando el inicio de la primavera: los cuerpos todavía flácidos y blanquecinos. Descendió entre las piedras hasta encontrar un lugar propicio para volcar el agua del termo. La luz de la mañana rompía los ojos. Aquel era uno de los rincones preferidos de la ciudad, que también compartió en su día con Ramón. Como tantas otras veces pensó en escribirle para preguntarle cómo se encontraba, en realidad solo una excusa para saber de él, de sus momentos y etapas. Echaba de menos su amistad. Sabía que había cambiado mucho su vida desde que dejó Montevideo, aunque no menos que la suya. El mar parecía eterno. Nadie imprime sus huellas en las olas, pero sus ondulaciones dejan espacio para que cada una imagine lo que quiere ver. Tampoco las huellas en el cuerpo de Ramón podían advertirse y, pese a todo, ella fue testigo de la metamorfosis que se fue fraguando y que se materializó después, cuando él ya se había ido.

Los planes del reencuentro en Madrid se complicaron por el traslado de Helena a Bogotá. Esa dulce amenaza pervivía en la promesa que cada inicio de año le hacía por correo electrónico. Las ganas por conocer la capital española habían aumentado al saberla ahora una ciudad revuelta en un país herido, en crisis social, que —como le escribió Ramón— cuestionaba las certezas impuestas por unas elites que hicieron alargada la sombra de cuarenta años de franquismo. Las clases dirigentes no entendían que la sociedad había cambiado; regían los mismos códigos ancestrales, adornados de coronas y peinetas. Las respuestas tímidas no saciaban la sed de los más exigentes. La codicia contagiosa había producido el desmantelamiento de los avances sociales. Tanto costaba dar pasos hacia adelante y tan poco volver varias décadas atrás… Helena, que había sido testigo del estallido de la crisis de inicios de milenio en Uruguay, sabía de las llagas que todavía molestaban diez años después, pese a la engañosa estabilidad y bonanza económica.

Habían transcurrido casi quince años. Un tiempo que no cabía en un reloj de arena por más grande que fuera. Quiso imaginar que Ramón estaba allí, junto a ella, compartiendo el mate y las confidencias. En aquella época, como en esta, tenía fobia a pisar sobre un suelo firme. Miedo a que se escapasen otras oportunidades encontradas por caminar en la cuerda floja. El cosquilleo del riesgo, el vértigo, el asombro ante un nuevo descubrimiento. Se sentía en la lanzadera, a punto de salir hacia algún lugar diferente, ya cerrando una etapa, blandiendo las espadas que se mantuvieron en alto. Se negaba a que la estabilidad le encontrara en una habitación fija. La llave de la puerta de la entrada de su casa le empezaba a pesar. Quería seguir dando espacio a la duda, dejar que fluyeran las interrogaciones por ríos de silencio. Desandar lo andado, cambiar el camino. La maldición de necesitar arenas movedizas, el vendaval que da la vuelta a lo conocido. Penetrar en bosques de lengas y llegar hasta un pico de nieve, tocar con a la punta de los dedos glaciales de grietas azules, mojarse los pies, remar con la marea en contra para después dejarse llevar por la corriente de un río.

La Helena de entonces necesitaba tener penínsulas por deshacer, islas donde arribar.

La primera vez que compartieron ese trozo de la Rambla fue por un encuentro fortuito. Se habían conocido hacía unas semanas, en un cóctel servido en la Embajada española. El Frente Amplio encabezaba ya la Intendencia capitalina. A pesar de todos los cambios que el país había sufrido, si se miraba desde la Rambla, Montevideo parecía el mismo: el azul intenso, la luminosidad cegadora, el agua chocolate que algunos días mutaba sus tonalidades a un color más parecido al mar. En aquella época, Helena solía salir a correr antes de entrar al trabajo. Eran poco más de las ocho de la mañana. Intercambiaron saludos y muletillas educadas, pero cuando estaban a punto de despedirse, Ramón le comentó que la noche anterior había asistido a la representación de una obra de teatro en el Solís sobre los desaparecidos durante la dictadura. Helena se mostró interesada porque no le parecía que esas obras fueran de la sensibilidad de un empleado de la banca. La encontró desprevenida cuando un poco después le preguntó cómo había vivido ella aquellos años. Con un poco de desconcierto inicial, ella le invitó a sentarse mirando al Río de la Plata. Tuvo que dar marcha atrás a su máquina del tiempo y elegir un momento que expresara alguna de sus sensaciones: querer abarcar todo lo que le ocurrió en ese instante sería condenar su relato a vagas generalidades. El pasado no era algo por lo que la gente preguntara tan a la ligera, pero quiso regalarle el momento. Desde que habló con él por vez primera supo que era un buen tipo, quizás algo pedante y obstinado, de modales exquisitos que delataban su procedencia de una familia acomodada. Aunque lo que más le gustó fue su transparencia, que emanaba de los destellos de sus ojos oscuros, contrapunto de su mirada azul.

Helena eligió el domingo de las elecciones. Por aquel entonces solo tenía dieciocho años y militaba en política desde los catorce. Le contó lo mayor que se sentía con esa edad, las responsabilidades que asumió en el partido. Sus compañeros varones no se lo ponían nada fácil y como mujer tuvo que demostrar cada una de sus capacidades. La sede, situada en la calle Colonia, fue el lugar para festejar la victoria, aunque conforme la euforia prendía en la llama de la ciudadanía montevideana, que ya desbordaba la 18 de julio, su desolación iba en aumento. Una podía sentirse en el momento más feliz e infeliz de su vida al mismo tiempo. Somos seres contradictorios y esa es la realidad.

La infancia de Helena había sido dura después de la muerte de su padre: tan solo tenía siete años, su hermano doce. Nunca supieron cómo murió. Ejercía de tipógrafo en el Palacio Legislativo y estaba planeando irse a Washington con su familia tras recibir una oferta para trabajar en un organismo internacional. No llegó a salir de Uruguay ni pudo ver el final de esa pesadilla. Le explotó el bazo después de una consulta rutinaria a un médico que resultó ser un torturador de la dictadura. Durante muchos años, nadie le contó a Helena esa segunda parte de la historia. Se enteró por casualidad al encontrar a un compañero de su padre del Partido Comunista en la clandestinidad. No podía odiar a su madre, pero le reprochó la acumulación de tantos silencios. En parte, y ahora lo sabía, aquel domingo de gozo lloraba por su pérdida, por lo que su padre no llegaría a ver jamás. Y así siguió, sentada en una acera, cuando los enfrentamientos entre frenteamplistas y pachequistas convirtieron en peligroso el festejo. Sentía su cuerpo demasiado revuelto, su piel volteada. Visualizó las imágenes grises de las chanchitas esperando enfrente de su casa mientras sus padres trataban de mantener la calma. Ya había identificado a qué se debían sus entonaciones y gestos desmedidos: tenían que disimular el miedo que aquella vigilancia les provocaba. Los recuerdos familiares se mezclaban con el color del festejo. Hasta entonces no había percibido el frío, pero un temblor le llegó de golpe. Era noviembre: primavera de días soleados y noches frescas. Se salió del cuadro del presente ante la incomprensión de la pelea, siempre tan de machos, como lo eran las barras del Peñarol y el Nacional. Claro que había sido dura la infancia después de la muerte de su padre. Su madre perdió la brújula, las coordenadas de tiempo y espacio. Dejó de ocuparse de sus hijos. Al menos la pensión de su progenitor dio para sustituir con trabajadoras domésticas la labor que sus predecesores ya no podían realizar. Pasó muchas tardes en el jardín, contando las piedras y viendo florecer los cartuchos en primavera. Esas flores seguían siendo el nexo entre demasiadas cosas y por eso ahora, cuando llegaba septiembre, solía comprar ramos a los vendedores callejeros. Suplió la soledad familiar con las múltiples visitas de las amigas del barrio que iban a su misma escuela. Una de ellas había sido bautizada con el nombre de la vecina que murió en un accidente de tráfico y sentía escalofríos cuando la llamaba. La muerte entonces era un laberinto negro lleno de dolor y tabúes que tuvo que aprender a transitar. Echaba de menos la casa de Malvín, en lo que ahora era la calle Zum Felde. Cuando pasaba por allí, la veía pequeña y cambiada: las rejas habían cercenado lo que en su infancia fue un espacio de libertad. Lo único que reconocía era el olivo, que seguía ocupando el centro del jardín, imponiéndose a los avatares de la degradación. Aquello había sido un paraíso sin reglas y, cuando querían ampliar sus horizontes, solo tenían que cruzar un par de manzanas hasta el parque Rivera, donde trepaban a los árboles y soñaban que vivían en una gran selva.

Las risas y llantos con los que despuntó el final de la dictadura no impidieron poco después que a Helena le picara el desencanto. El líder colorado terminaría fallando a casi todas sus promesas, a todos los consensos a los que habían llegado los partidos. Ella también se sintió apartada de su formación política democratacristiana, a la que se afilió animada por una tía monja que fue represaliada durante la dictadura. Su opción política le acabaría hincando muchas lanzas en el corazón y no tardó en desvincularse. Desde la Rambla hacía recuento de cómo sus antiguos compañeros se habían opuesto a la tramitación de la ley de salud sexual y reproductiva y a la de despenalización del aborto. A esa mayoría de hombres le costaba poco sacrificar los derechos de las mujeres y de las personas con menos recursos. Eso era fundamentalismo y no quería pertenecer a ningún club que lo llevara en sus señas de identidad. No creía que tuviera un lugar en ese sistema de partidos políticos, quizás nunca tuvo un lugar a medida en ningún sitio. Había otros huecos para poder hacer y era un sinsentido permanecer por pura inercia.

Sí, echaba de menos la compañía de Ramón, a pesar de la fugacidad de su encuentro en el mundo. Tal vez porque habiendo nacido uno tan lejos del otro, y vivido vidas tan diferentes, un hueco del tiempo les había dado cobijo en el espacio del entendimiento; un mérito difícil en medio de un paradigma que santificaba el individualismo en nombre del consumo. Ellos lo desafiaban dando poder a su relación humana, sin importar la procedencia. Si Ramón volviese alguna vez, pensó Helena, quizás ya no podría reconocer algunos lugares de la ciudad. A ella misma, a su regreso de Bogotá, le había llamado la atención la proliferación de restaurantes que llenaban sus terrazas por las noches. Montevideo había seguido creciendo durante su ausencia, sin parecerse más a la ciudad necesitada de tiempos de crisis. El tráfico se había multiplicado considerablemente y, al aire con olor a nafta de las calles, se unía la ausencia de lógicas favorables a los peatones, quienes tenían la obligación de ceder el paso en todo momento a las máquinas contaminantes.

Mirando todavía al río, Helena pensó que no dejaría pasar un día más sin escribir a Ramón. Le contaría que había estado allí, cerca del faro de Punta Carretas, tomando un mate y recordando sus mañanas de complicidad. Le mencionaría aquella ocasión en que charlaron con los pescadores. Los minutos transcurrían lentos, el día nacía. El perfil de esa punta de tierra se adivinaba como una sombra fantasmal tras las hebras demasiado potentes de la luz. Algunos cormoranes descansaban sobre las rocas. El río brillaba y el resplandor suavizaba su intensidad. Las barcas habían tocado puerto cargadas con corvinas. Sus tripulantes sabían disfrutar de cada amanecer y que, si iban un poco más lejos, podían encontrar también cazón, anchoeta, merluza. El estuario del río de la Plata era generoso con ellos porque lo respetaban, sobre todo en sus sacudidas de tormenta, y se conformaban con aquello que este tenía para darles cada día. La embarcación, de un rojo que contrastaba con el azul del mar y del cielo, permanecía amarrada a la playa el resto de la jornada. Helena le contó a Ramón que cuando se construyó la Rambla, algunos sectores criticaron el proyecto porque lo consideraban una obra de burgueses. «Curioso —le comentó él—, a mí me parece un lugar para ser disfrutado por cualquiera, que no cuesta dinero, donde se puede pasear y fundirse en el horizonte azul». Mencionó las distancias y el valor del tiempo, pero no quiso profundizar más.

Todos aquellos encuentros tenían como propósito conocerse un poco más, con el agravante de curiosidad que suponía haber crecido a ambos márgenes del Atlántico. Helena le relató el abandono materno, la necesidad de reconciliarse con su infancia, que aún sangraba a borbotones en el interior de quien era. También le habló de sus primeros trabajos como formadora de líderes barriales para una oenegé fundada por el cura de un barrio muy humilde, en uno de los perfiles más duros de la ciudad: Pando, Canelones, Las Piedras, Camino Carrasco…; de su hermano, cinco años mayor que ella, que hacía años se había marchado a Artigas, y de sus amigas de la infancia, a quiénes todavía veía en alguna ocasión. Cuando Ramón le pidió que le enseñara a colar el mate, Helena le dejó hacer sin desconocer el riesgo de que le aguara la yerba. A pesar de su voluntad, los gestos mecánicos revelaban su impostura. El clima era agradable, la luz perfecta. Se hubiera quedado en aquella mañana toda la vida, aunque no podría explicar por qué exactamente, quizás la suavidad de todo el decorado y la redondez de lo que empieza y es breve. La redondez sin aristas del entendimiento mutuo: del necesitar saber del otro sin tener prisa.

Helena observó ese fragmento de mañana sabiendo que ese rincón ya no era suyo ni podría ser de nadie más, era de ambos y para siempre. Esos rituales matinales, aunque esporádicos, unieron la claridad del instante con la fuerza de un torbellino, los borbotones de la vida, los grumos de emociones a flor de piel. La blackberry, que hasta entonces había reposado silenciosa en su bolsillo, sonó para recordarle que era un día laborable. Como mujer de ceremonias, decidió disfrutar de un paseo lento hasta su auto. Antes de arrancar se miró al espejo: las arrugas y canas no hacían de esa imagen una mujer diferente. Después condujo del lado de la Rambla, observando muy despacio a través de la ventanilla, como si fuera la primera vez que contemplaba la ciudad.

Cuando aparcó en el edificio gris de Naciones Unidas le pareció que la jornada que le esperaba era una broma de mal gusto. Recordó que el día que hizo la entrevista para ese trabajo miró al mar antes de subir y se dijo para sí misma: «Solo quería ser feliz». Una sensación que se desvaneció nada más cruzar el umbral, aunque había momentos en los que los ritmos lentos de los procesos la inundaban de pesimismo y Samsa salía a flote para mostrarle la aporía. Un ejercicio que acababa desembocando en dicha y privilegio porque, pese a todo, dedicaba su jornada laboral a cuestiones que le motivaban. Esas tareas le ayudaban a conocer más la sociedad y el funcionamiento del mundo. Había gente ahí afuera por quien trabajar y con ello también se ponía al servicio de sí misma, para pertenecer a un pedazo de tierra que le agradara más. La burocracia favorecía el inmovilismo, la servidumbre a los poderes, pero de momento había decidido, lanza en ristre, someterse a todas las pruebas que los designios terrenales le imponían, ya fuera contra los planes de la minería de gran porte de un gobierno de izquierdas, ya fuera argumentando la debilidad y locura de un crecimiento económico sostenido por el precio de la soja transgénica que se vendía a China. Seguiría empujando la construcción de lo público y abrazando todas las causas que mantuvieran un poco más verde el planeta, aunque estuviera apuntalando aquello que todavía quedaba en pie.

Había transcurrido mucho tiempo y, pese a todo, sus señas de identidad seguían siendo las mismas. Guardó un último pensamiento para Ramón y después decidió que, si el tiempo acompañaba, al día siguiente iría a trabajar en bicicleta.