Estoy finalizando la lectura del libro de Alejandro Zambra, Formas de volver a casa. La verdad es que, más tarde lo acabo. En cualquier caso, el hecho de empezar a leerlo se convierte muy pronto en un estímulo para hablar del libro… y de mí, de nosotros, para hablar de tantas cosas.

La primera impresión no es buena, no me acaba de gustar el libro en un primer contacto. Demasiado intimista, me digo; se parece demasiado al resto de la literatura posdictadura que conozco.

Sin embargo, sobre la marcha, voy sintiendo que difiero, postergo, alejo, impido el momento de llegar a la última página. Lo que se me presentan son paisajes que reconozco, nombres de carreteras diría que familiares, me veo representado por los pensamientos, los gestos, los paseos que hace el protagonista, Zambra en persona, queriendo salir de sí mismo y entrar en nosotros. Una historia que se desarrolla así a través de sus paisajes, en la que encontramos la melancolía, la alegría, el amor y la pasión. Como si fuese un diario, con frecuencia la escritura se muestra confidente, pero también dramática y animada, similar al efecto que provoca una cortina que se desliza apenas un instante y descubre una luz, una sombra, un amanecer.

El hombre siempre supo recurrir a los libros cuando quiso representar mitos, ritos, tradiciones de todo tipo. El libro es un símbolo de ciencia, pero también de sabiduría. Un libro cerrado contiene el significado de la materia virgen. Si está abierto, la materia se vuelve fecunda. Cerrado, el libro conserva su secreto; abierto, libera su contenido, un contenido que puede ser captado por todo aquel que ose hojearlo, aun cuando sea muy de vez en cuando. El corazón se equipara así a un libro abierto, el corazón ofrece sus pensamientos y sentimientos. Cuando se cierra, los esconde, o simplemente los protege y preserva.

Es necesario aprender a leer lo que subyace bajo la polvareda, allí donde el material experimenta y pasa por una determinada operación. Esa transformación permite crear una visión.

El sorprendente viaje de descubrimiento de una ciudad de flujos y el itinerario de redescubrimiento que es el reinventarse; pero solo a través de los ojos de quien se tuvo que marchar, se puede reconocer esa emoción. La emoción de salir fuera de uno mismo.

Se descubre que, por mucho que se explore o recorra el universo, siempre se lleva al universo algo de uno mismo, algo que uno es, dando forma tangible a los estados del alma. Me acuerdo ahora de El Principito, de Saint-Exupéry. El mundo externo expresa un paisaje interior y las emociones implican un movimiento real. Somos una topografía rebosante de rutas e itinerarios impredecibles. Centrarse en lo que no es visible, significa capturar la realidad en sus partes ocultas, contemplar los colores en la oscuridad, descubrir lugares que no viven en su funcionalidad predeterminada, grabar en la memoria espacios que solo cobran sentido en tanto que destruidos, descuidados, abandonados.

Encontrar el color donde solo existen sombras; la vida, donde hay únicamente destrucción o guerra.

Nos separan décadas vividas en la distancia, pero nos unen años compartidos que narran una historia nacional a la que pertenecemos todos y en la cual, cada uno de nosotros y de los personajes de la novela, halla una razón de ser, a pesar de que la razón de ser fuese escrita ya en otra parte.

Tarea difícil resulta corroborarlo. Más difícil todavía es ser consciente de ello.

Hoy, de repente, siento que soy la contradicción personificada y la culpa de esto la tiene un escritor al que no le gusta una escritora y para decírselo recurre a las palabras de su madre, para poder decirle que no me gustas en absoluto.

De una vez por todas, estoy convencido de que no deseo terminar esta lectura, seguir adelante disfrutando de cada momento, pero debo terminarla. No quiero, pero lo hago.

El laboratorio literario «Maruri» de Roma

El 10 de junio de 1980 es una fecha importante para nosotros, chilenos aspirantes a poetas por aquel entonces. Los jueves literarios de Roma empiezan a ser una cita a tener muy en cuenta. Eugenio Llona, Castellano Girón y yo mismo participamos en todos, como las muchachas del grupo Odette Smith y Carmen Guastavino. Además estaban Eduardo Banderas y Marcos Cáceres, a veces aparecía también Jorge Coulón, uno de los fundadores de los míticos Inti-Illimani, conjunto musical chileno formado en 1967. Nos movíamos alrededor del vate del grupo, el poeta Hernán Castellano Girón. Oriundo de Coquimbo, verdadero alquimista del verso, fue capaz de transmitirnos su gran experiencia tras años formando parte de distintos grupos de teatro, pero también como exbaterista jazz, realizador de cortometrajes o profesor en la escuela de veterinaria. Al mismo tiempo, escribía relatos y se dedicaba a la poesía.

Nuestros primeros encuentros romanos tuvieron lugar en la sede de Italia/Chile, en el entorno de Torre Argentina, una oficina de solidaridad con el pueblo chileno que se encontraba al lado de la sede de Chile Democrático, lugar donde se reunían los líderes de los partidos chilenos en el exilio.

Atravesábamos el Corso Vittorio Emanuele y allí se producía nuestro primer homenaje, a los pies de la estatua de Giordano Bruno en Campo de' Fiori.

Más tarde nos refugiamos en un emplazamiento prestigioso, el de una de las librerías más añejas e importantes de Roma, la librería Croce, en Corso Vittorio, una calle central de la ciudad. Luego cambiamos nuevamente de ubicación y trasladamos nuestras citas literarias a la aristocrática Piazza Farnese.

Todo esto tiene una explicación.

Quienes vivían a fines de los años setenta en la capital de Italia, fuesen nativos o romanos de adopción, descartaban por completo establecerse fuera del centro histórico. Residir en la periferia no era vivir en Roma. Los tiempos eran, sin duda, diferentes: la opción podía convertirse en una condición y así sucedió.

En la Piazza Farnese residía nuestro punto de unión y conversión, el poeta Eugenio Llona. Eugenio había llegado a la ciudad acompañando a la famosa escritora Marcela Serrano, pero por entonces convivía ya con una periodista estadounidense, la cual, amablemente, cedía su casa una vez a la semana a esta congregación de chilenos que se encerraban en su salón para hablar de vinos, pasta y poesía, que componían un sano encuentro creativo, en el fondo más nostálgico que formativo, sin dejar al mismo tiempo de ser liberador.

Lo de «Maruri» era por Los crepúsculos de Maruri, de Pablo Neruda. Evocábamos aquellos años en los que un Neruda poco más que adolescente llegó a la capital chilena. Maruri, en definitiva, porque nos gustaba pensar que la bohemia de su juventud pasaba por ese camino de Recoleta a Santiago y que como nosotros llegaba a este mundo, demasiado grande, demasiado extraño.

El sorprendente viaje de descubrimiento de una ciudad de flujos y el itinerario de redescubrimiento que es el reinventarse; pero solo a través de los ojos de quien se tuvo que marchar, se puede reconocer esa emoción. La emoción de salir fuera de uno mismo.

Araucanía: poetas chilenos en el extranjero

La presentación del libro Araucania, el cual, en su primera edición, comprendía poemas de siete jóvenes autores chilenos de la generación del 80, todos ellos residentes en el extranjero, se desarrolló en la librería Altamira, en Santiago de Chile, acogidos por el asimismo joven librero Jorge Edwards Jr. El acto incluyó lectura de poemas y música.

Antonio Arévalo, Luis Alberto Cociña, Mauricio Electorat, Andrés Morales, Bruno Montané, Cristóbal Santa Cruz y Felipe Tupper. Todos tenían algo en común, más allá del hecho de vivir muy lejos de su patria. Se trataba de un tipo de lectura lo que los unía.

Los encargados de leer los poemas fueron compatriotas, compañeros de generación, Arturo Fontaine, Diamela Eltit, Gonzalo Muñoz, Santiago Elordi, Leonardo Gallero, Diego Maqueira, Cristian Warnken. El auditorio asistió con entusiasmo al recital. En la prensa se dijo (Santiago, 27/01/1988): «Entre el público destaca la presencia de Enrique Lihn y Miguel Serrano».

Guardo una preciosa descripción en el cuaderno negro en el que escribo desde la época del laboratorio de Roma y que malamente apenas si llego a comprender yo mismo. ¿Qué dirían tras la primera lectura? Dirían todo de inmediato porque lo más factible es que no haya más lecturas, porque no tienen tiempo. Dirían, no tenemos tiempo en absoluto.

Tal vez sucedería que yo, con dificultad, acabaría la primera.

Los lugares recogen nuestros recuerdos y nuestros deseos profundos, podríamos afirmar que se viaja para descubrir la propia geografía interior. Atmósferas en perpetuo desorden que evidencian y resaltan las páginas de una novela que no queremos olvidar, tanto como se enfatiza un verso que deseamos conservar en nuestra memoria.

Lo construido se mezcla con lo denso y lo que permanece es una fuerte memoria del pasado. Nos colocan de frente a un silencio sagrado: nuestra soledad se refleja en una imagen pura, cuidada en cada detalle, al punto de mostrarse a la vez aséptica y suntuosa.

Apenas tenemos un instante para disfrutar de la infinitud del tiempo, si capturamos la visión de belleza de un mundo que, sin la mediación de un filtro artístico, mostraría en sí escasa belleza: las noches permanecerían en sus sombras, las ruinas en sus escombros y nosotros, sin dudas ni misterios.

Hipótesis

Cada libro, palabra, coma (que si no da vida a la frase, la asesina), cada pensamiento, metáfora, chiste, palabrota (en el normal ejercicio de sus funciones), durante el desarrollo de su actividad, y salvaguardándose ese elemento en función de su valor de testimonio y protección de un interés determinado (un motivo de las acciones humanas, la tensión que empuja al hombre hacia un bien, encaminándolo a su logro o a su conservación): que puede ser sinónimo de «olvidar», «dejar de lado», «enterrar».

Y no es que ya no me persiga, es que ni siquiera ya está, probablemente, detrás de mí, como dice Sanguinetti.

Encerrado en su torre de Babel enciende una gramola, con un rayo láser traza en el cielo una línea fosforescente, piensa: «quisiera escribir un poema que no acabase nunca». «¿Épico?», le digo. Extravía su mirada entre las nubes: «no río y nunca lloro», me responde.

Todo es tan distinto para mí que no me interesa narrar el detalle que se narra, me interesa la crónica, la noticia que me ve a mí, y no a un personaje de una historia.

A menudo me pregunto por qué realmente estoy aquí, pero mis propias respuestas pueden causarme zozobra o exaltación. Sea como fuere, después pienso en mi simplicidad y entonces deseo tan solo despertarme y tomar un café mientras el sol ilumina toda la estancia, me decía mi amigo Fabrizio hace algún tiempo.

Jugar con las nociones de vida y muerte, adelgazando la frontera entre repulsión y atracción, tales son los movimientos tácticos que definen esta búsqueda, esta investigación, la construcción de un alfabeto de la forma, que esconde en su seno un lenguaje arcano, génesis, orígenes recogidos en una escritura que de ello ha hecho su vehículo privilegiado de expresión.

Vuelven a la luz, como despertados de un letargo de un día, un mes, un año, para luego vestirse y pasar a formar parte de un encantamiento, un hechizo entre blanco y color, entre vida y muerte. Adquiriendo una nueva existencia por medio de tramas ligerísimas y sutiles que la persona o su personaje lleva a cabo. Una combinación extremadamente sugerente que insinúa la naturaleza vibrante del ser humano, así como su caducidad.

Una metáfora, vida y tránsito, esplendor y decadencia, elegancia y desnudez. Una llamada a la inquietud presente construida indagando en el pasado. Las diversas partes de un todo disperso en sus elementos más esenciales como instrumento de elaboración de la memoria, recubre las desnudeces inertes, las ennoblece, las colorea, las anima, restituyendo un latido a estas huellas olvidadas y gastadas, restaurando una dignidad de aspecto y contenido.

El universo es un libro, un inmenso libro. Si el universo es un libro, el libro es la revelación y —por extensión— su manifestación. El Liber Mundi es al mismo tiempo el mensaje divino, cuyo arquetipo, los diversos libros que se derivan de él, no son sino especificaciones, traducciones en un lenguaje inteligible, casi como ciertos poetas del siglo XIX que con sus propios ojos vieron poblarse un paisaje entero que luego se desvaneció.

Un viaje que tiene un comienzo, que explora caminos que ya existían e inventa otros, como todas las historias personales, aquellas que llegan con el viento.

Me hace recordar la representación del propio retrato realizado por Bacon.