Rocha (Uruguay), 2012

Antes de morir quiero. (Grabado en el Cementerio central, varias veces, en diferentes tamaños. Barrio Sur, Montevideo)

La emoción era el motor del mundo. Helena la había vuelto a sentir en el abismo del año mientras rescataba tortugas en las playas de Rocha. Llegaban enfermas a la orilla. Era inusual que salieran del mar por la costa uruguaya, lo hacían más al norte, en las aguas cálidas de Brasil y aquella aparición le pareció otro síntoma de que algo iba mal. Las tortugas comían bolsas de nailon que confundían con medusas, tapones de botella y otras porquerías de plástico o metal producidas en factorías y lanzadas al mar por negligencia. Era la imagen de la manía adquirida y dirigida por acaparar cosas que teníamos los humanos. Esos cuerpos diseccionados mostraban la irresponsabilidad de una especie que parecía no querer permanecer. ¿Qué vomitaba el océano?, ¿qué dejaba en la arena?, ¿qué devolvía a los seres de la tierra para que comprendieran el valor de su inmundicia? La desolación era una palabra cargada de impotencia. A veces había participado en la limpieza de playas de Carrasco, y había sido testigo de cómo a los pocos días volvían a llenarse de envases de refresco y otros restos de la dejadez. De boca de un hombre escuchó con estupor que sin suciedad no se justificarían los salarios de los limpiadores. En las playas de Malvín, muy populares, era descorazonador ver lo que el final del día iba dejando consigo. Las reglas más elementales del respeto a los otros, a la naturaleza, a las humanas que estaban por venir parecían haberse olvidado.

Pasó la noche en vela. En la oscuridad volvió a girar sobre su cintura y respiró. El kundalini era un bálsamo para su ansiedad, relajaba su cuerpo y masajeaba su mente. Los sonidos naturales se sucedían componiendo una nana tan desigual que lejos de calmarla la mantuvieron en vilo toda la noche, aferrada a las sábanas, paralizada en su asombro. Hubo un tiempo en el que se acostumbró a ese mar, pero a su regreso de Colombia era como si escuchara las olas por vez primera. También le parecieron nuevas las melodías que brotaban de las grietas del suelo de madera, donde bullía un ecosistema de grillos, arañas, hormigas e insectos que prefería no nombrar. El baile del faro se filtraba por las rendijas de la pared e iluminaba los detalles de la casa: el perfil de la lámpara de queroseno, la percha de madera rústica con forma de mariposa... Pasaron las horas, a veces durmiendo, a ratos en vilo hasta que, con la primera luz del alba, los aullidos de los murciélagos, buscando refugio en algún espacio hueco de la techumbre, silenciaron cualquier otro sonido. Su lamento era capaz de conmover y espantar al mismo tiempo. Helena fijó su vista en el techo, mitad asustada mitad conmovida por el milagro del amanecer. Así era la naturaleza: no todo lo que en ella acontecía se podía ver.

Salió de la cabaña. Había dejado de llover. Sobre el periódico que sujetaba entre sus manos cayó una gota de agua desde el tejado del porche. Caminó con el papel mojado en dirección al océano. Tampoco las relaciones humanas eran simples. Una vida no cabía en tres columnas, los hechos dolían, las personas no podían convertirse en una sarta de especulaciones. Miró la arena, cubierta con conchas y restos de moluscos. Volteó la cabeza para ver las marcas que sus pies dejaban tras la lluvia, menos efímeras que aquellas otras en la arena blanca. Las olas arrullaban sus pensamientos y le llamaban, bravas, invitándole a acercarse. Conforme avanzaba sintió la necesidad de enmudecer esa tinta y permitir que, al menos, desde ese ejemplar, aquel hombre de carne y hueso que fue, ahora hecho cenizas, pudiera descansar. Un mártir más de un espacio de ficción. Se acercó al mar y dejó que las olas voltearan la textura frágil del papel, que fue haciéndose más flexible. Pese a la rapidez de la inmersión, alcanzó a ver cómo se deshacía en varios pedazos antes de desaparecer.

El océano era el mismo. Los seis años que pasó alejada de Uruguay no mutaron la percepción que siempre tuvo de esa orilla. Desconocía el mar adentro, pero había imaginado muchas veces a dónde podía conducirla. Naturaleza líquida: demasiado a menudo se pasaba por alto lo inabarcable de su otredad. Había gastado decenas de veranos mecida por sus olas y sabía distinguir ese perfil tan solo por el olor; lo diferenciaba del Caribe y Pacífico que disfrutó en sus años colombianos. Mucho había cambiado su vida desde entonces. La decisión de marcharse de Uruguay también trajo consecuencias imprevistas, como la separación de Hugo. Él quería permanecer en Montevideo y Helena no podía renunciar a crecer vitalmente. Ese amor se había oscurecido de repente. Cualquier detalle se aferraba a una melodía cotidiana que envilecía los milagros anteriores. Oyó esa canción de nuevo y volvió a sentirse fuera de la situación, como si le pasara a otra que estuviera muy lejos, como si la aguja imantada de su brújula ya nunca funcionara. Todo lo desencadenó un detalle simple, un motivo que podría estrangularse con la punta de los dedos. Esa ruptura jugaría en contra de su comodidad. Enfrentar el derrumbe sería como deshabitar los espacios conocidos, como vaciar la despensa o desatender un jardín que se va secando y muriendo de a poquito, por descuido o dejadez. Podría haber habido más palabras, pero se agotaron y los cuadros se llenaron de enigmas indescifrables. Los pasillos de la casa compartida comenzaron a helarse y ella no pudo quitarse por meses ese frío que volvía rígidas sus articulaciones. Envidió los rostros que estaban presenciando el milagro de la felicidad pasajera y, sin darse cuenta, un día ya había tomado la decisión de marcharse, de sentirse dueña de su destino, reservado para quien sabía arriesgar y salirse de la inercia de esperar que todo condujera a lo mismo. Buscó un barco con una enorme quilla para navegar lejos. Su profesión era una excusa que le permitiría hallar lugares donde saciar su curiosidad, donde abrir perspectivas y rajar en dos sus certezas. Necesitaba combinar aires, retorcer las atmósferas y Montevideo empezaba a parecerle demasiado endogámico y previsible. Amaba a esa ciudad y amaba a Hugo, pero precisamente por eso sabía que su decisión era acertada.

Desde la torre de Ernesto se divisaba el piélago de arena blanca que separaba el océano de la laguna, el mismo donde hacía unos minutos había visto las huellas de una garza. Helena lo escuchaba, su voz era un susurro que contrastaba con el sentido poderoso de sus palabras: aquel empeño desesperado para articular al vecindario de los alrededores. Querían impedir que Rocha acabara convertida en un parque de recreo sucio y lleno de ladrillos, con playas inundadas de centros comerciales como ya habían ocurrido en La Barra de Maldonado. Ernesto seguía informándole de los planes de futuro, la presión de inversores que edificarían y crearían puestos de trabajo para los lugareños que, supuestamente, mejorarían sus condiciones de vida. O que tal vez los volvieran más esclavos en su propio pedazo de tierra invadida. Existían otras alternativas que también consideraban al ser humano, que eran viables y más coherentes con el discurso del desarrollo sostenible del que hablaban los organismos internacionales. Aquel espacio era el hogar de más de doscientas especies de aves que sobrevolaban la laguna, de reptiles como las tortugas de siete quillas y de otros animales que vivían allí desde siempre. El invierno pasado, Ernesto había avistado una ballena franca muy cerca de la orilla y esos cinco segundos fueron los más largos de su vida: «Emergió y sentí que me miraba, después se hundió de nuevo en el mar para volver a salir un poco más lejos, junto a un ballenato», le narró. Helena sabía que, con el tiempo, ese paraíso no sobreviviría a la codicia. Aunque no tenían más remedio que dar la batalla para que se retrasara o aminorara el impacto ambiental. Se enfrentaban desnudos y con un cuchillo a cientos de soldados bien avituallados, montados en tanques y cazabombarderos. Había que convencer a otras personas de que esa era también su guerra. Seguir usando la inteligencia para preservar los milagros cotidianos de cada día, porque ese empeño de ir a contracorriente de los designios de la avaricia era una de sus manifestaciones más claras.

El sol ya caía en la laguna cuando decidieron dejar la torre para ir a La Pedrera, donde se encontrarían con otros compañeros que abanderaban la causa de la conservación en el Departamento de Rocha. El tren del progreso producía monstruos, condenaba a la naturaleza y con ella la biodiversidad, la paz, la calma. Se había dado luz verde: el puente sobre la laguna Garzón y al mineroducto de más de doscientos kilómetros que permitiría transportar una mezcla de concentrado de hierro y agua hasta un puerto exclusivo. Pasos forzados hacia un objetivo ajeno. Se negaban a canjear sus atardeceres con dragón por baratijas cortoplacistas, a asumir como única opción ese desarrollo sin desarrollo que amenazaba con llevarse por delante la naturaleza, el valor infinito de un paisaje sin rascacielos, de caminos sin olor a nafta. Querían defenderse de la entrada de grandes inversores y de su avidez por las rentabilidades rápidas: atarse al mástil para no sucumbir a sus cantos de sirena. Era difícil resistirse cuando ponían sobre la mesa las promesas de ingresos para las intendencias, puestos de trabajo, llegada masiva de turismo. El reloj de arena ya había empezado a correr. El optimismo se mezclaba con una lógica antigua, como del pleistoceno: había que crecer. Ese era el primer mandamiento de una religión que no distinguía fronteras. Dejar diseccionar la tierra para explotar la riqueza geológica, para la siembra sin límites de soja transgénica o la expansión de ganado vacuno y su emisión de metano. Ernesto buscó a Helena para coordinar acciones con otros grupos ecologistas de la región, del país y del mundo. Si había que transformarse, no deseaban que la laguna se convirtiera en un gran balneario como Punta del Este. Antes de partir se entretuvieron recogiendo los desechos que los visitantes habían dejado a la orilla de la laguna: botellas, goma espuma, bolsas de nailon. Después de quedaron allí unos instantes, saciándose de océano. Ya en la camioneta observaron cómo el horizonte ardía en el mar. A sus espaldas otro incendio resucitaba: el de la luna llena, que los acompañaría aportando luz a la oscuridad.

Héctor, el guardabosque, quien presumía de disponer de una oficina de miles de hectáreas, hizo de anfitrión de la reunión. Vivía en una casa grisácea con un ancla roja que antes había pertenecido a un escultor de la Paloma. También estaba el turco, un viejo conocido de Cabo Polonio, encargado de sensibilizar a los turistas y recoger sus testimonios. Les mostraba los toninos y leones marinos cerca de la playa, poniéndoles al corriente de lo que significaba que aquellos animales se fueran para siempre. Negarse a sustituir la arena por asfalto, el mercadillo de artesanos por un centro comercial con productos que se fabricaban muy lejos. Había recibido más de mil mensajes de personas de distintas procedencias. A la reunión también acudieron Mariana y Rafael, copropietarios de un ranchito en la playa de las Calaveras, quienes propusieron la elaboración de una estrategia en las redes sociales. Helena podría ayudarles con una campaña de sensibilización desde Naciones Unidas, aunque no tenía la certeza de que sus superiores la respaldaran. La cooperación internacional también acompañaba al Estado en su búsqueda de diversificación productiva y parecía dudar cuando había que poner los límites de lo que era y no era desarrollo sostenible. Concluyeron la reunión con un plan de acción preliminar que intentarían poner en práctica en las próximas semanas. Quizás le pidiera a Ramón que le sirviera de enlace para coordinar sus propósitos con causas parecidas en otros países europeos.

A la mañana siguiente, Helena se sacó sus chanclas y estuvo caminando por el Cabo con la libertad de disfrutar de la brisa, ensimismada en su ser, ya sin las preocupaciones del día anterior, que seguían ahí, pero de las que necesitaba descansar. Se acercó a la playa de los pescadores y luego anduvo paseando por los puestos de artesanías. Una chica elaboraba pulseras de macramé para el tobillo y mariposas multicolores para prender en chaquetas oscuras, poco propicias para la revolución de las mentes. Eligió una morada para llevarle a Lilián, con la esperanza de que pronto la volvería a ver.

—¿Nunca luces tus creaciones? —le preguntó Helena a la artesana que entretejía los hilos.

—No, prefiero no tener apego por nada. Esa mariposa que estás comprando se tenía que ir hoy. Lo sabía. Empezaba a atormentarme, me atraía mucho. Pero ya he aprendido que, si la poseía, yo acabaría poseída por ella.

—¿Y qué pasa si alguien compra una y te la regala? —volvió a preguntar Helena.

—No quiero que me regalen algo hecho por mí. Preferiría que alguien me obsequiara algo que creó con sus manos.

Helena se quedó pensativa, pero también frustrada. Podía hablar en público, elaborar informes, reconocer las plantas y aves de la laguna, predecir el tiempo mirando a las nubes con un margen de error aceptable... ¡Pero sus manos! Ni siquiera las dos o tres canciones que rasgaba en la guitarra eran buenas. Nada de mariposas con hilos o universos holísticos con alambres, como hacía el chico ecuatoriano que, al lado del puesto de macramé, componía estructuras multiformes. Helena se miró las palmas mientras se alejaba caminando, todavía sin saber qué podría regalarle. Tuvo que ponerse las sandalias porque la arena había empezado a arder. Se detuvo en el almacén a comprar fruta, pan con pasas y una botella de vino para la noche. Abrió la puerta con una idea todavía vaga y se impacientó en la búsqueda de su cuaderno, escondido tras una bolsa de tela. Ella, que era amiga de la palabra escrita cuando las sensaciones no podían verbalizarse, experimentó en el porche el movimiento de su muñeca y de sus dedos gráciles. Y así emborronó la página para la maga de los hilos:

Te dejo una sensación

Hasta hoy no supe lo que necesitaba estas playas. Recorrerlas cada día, ver cada atardecer, respirar lo que acontece… Presentir cada rincón antes de escuchar como suenan sus pisadas, y aun así mantener la capacidad de asombro con cada nuevo sonido, cada nuevo matiz. Trozos de concha y mejillones, restos de moluscos que el mar deja en la orilla para después acariciar, creando nuevas músicas, diferentes al día anterior en matices y tonalidades. Las plantas que nos rodean, que crecen sobre dunas de arena, despliegan su olor al atardecer, cuando el fuego quiere pintar de anaranjado el mar. Al final siempre termina ganando la oscuridad.

Y un pensamiento sobre lo que el mal llamado progreso nos puede arrebatar:

El cielo. Mirando la Vía Láctea, su Cruz del sur. Desde una esquina, luces que nos inquietan ante un espacio que no manejamos, un tiempo que nos desborda, que se vierte en un ayer y un mañana infinitos.

El océano. Toda la fuerza del mar contenida en una ola que te empuja a las dunas de la orilla y luego te absorbe. Así continúa moldeando las lindes que nos separan.

La arena. Blanca e interminable para dejar huellas imprecisas que no perdurarán.

La lluvia. Precipitada en torrente, capaz de limpiar el cielo de estrellas, de romper la línea del horizonte.

El horizonte. Mitad arena, un cuarto de dos colores distintos de azul del mar y otro de azul celeste y blanco de nube.

Noche. Canto de las cigarras, luz de luciérnaga infatigable, vuelo de murciélagos que dominan la oscuridad, quietud no silenciosa, océano arrullando el cansancio del día. El abrazo caliente.

Ser bicho, bicho, bicho.