¿Mejor solos que mal acompañados?

Reflexiones a medianoche

Padecer la soledad
Padecer la soledad
7 ABR 2015
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El hombre es un ser social, un animal de manada. El hombre está hecho para estar en pareja, así lo hizo la naturaleza, así lo quiso el creador. La cuestión es que preferimos estar mal acompañados a estar solos y por desgracia las cifras de maltrato de género y de muertes violentas de mujeres (y hombres) a manos de sus respectivas parejas son lo suficientemente abrumadoras para no poder negar la evidencia. En España en 2014 murieron 54 mujeres a manos de sus parejas, según datos del Ministerio de Sanidad, Servicios Sociales e Igualdad. Una cifra que se ha vuelto preocupantemente estable en los dos últimos años. La mayoría de ellas eran jóvenes, de entre 21 y 40 años ¬–aunque las estadísticas muestran que hay víctimas menores de 16-, y más de la mitad mantenía una relación estable con el agresor en el momento de su muerte. Tan solo una mínima parte estaba en proceso de ruptura o había puesto fin al romance, lo que quiere decir que, lamentablemente, estas mujeres prefirieron vivir bajo el yugo de un agresor a quedarse solas.

Pero… ¿por qué? Los psicólogos coinciden: miedo. Miedo al agresor sí, pero también miedo a quedarse solas, miedo a no tener a nadie, a que nadie las quiera, miedo a enfrentarse solas al mundo.

Lo que, francamente, no tiene sentido, pues hoy en día vivimos en una sociedad moderna donde tener hijos es más un problema que una bendición (sobre todo a ciertas edades) y donde “lo normal” es que una mujer menor de 30 años ni esté casada, ni mucho menos sea madre. A según qué edades quedarse embaraza es más para dar el pésame que la enhorabuena… Entonces, ¿por qué seguimos empeñados en encontrar a ese alguien que las historias de amor llaman nuestra “media naranja”?

La respuesta es simple, porque necesitamos estar en pareja, es un impulso biológico, animal si así lo prefieren, hemos de mantener la especie. No se trata de una necesidad consciente. Ellas quieren un macho alfa capaz de cuidar la manada, ellos buscan una hembra que los admire e idolatre, una mujer que se quede con ellos, a veces incluso por comodidad. Qué poco romántico suena esto, qué diferente a los cuentos de hadas, incluso a los más morbosos como 50 Sombras de Grey.

La jungla de asfalto

Este es un comportamiento que se manifiesta claramente desde la pubertad. Los niños, adolescentes imberbes con complejo de soprano transitorio se esfuerzan por demostrar que son los más malos del patio del recreo: gorras a un lado, pantalones caídos, la música en el móvil como reclamo cual pájaro carpintero... Ellas por su parte acortan las faldas y se atusan la melena aromatizada con olor a vainilla queriendo atraer al chico duro, al repetidor del último curso, en definitiva, al macho alfa.

¿Por qué no se fijan en ese chico sensible que escribe poesías o en el friki que juega a los Pokemon en su PSP en el patio? O, mejor aún, en un acto inteligente con vistas a futuro, ¿por qué no fijan objetivo en el empollón de la clase, el gafapasta que siempre saca dieces en matemáticas y está destinado a ser un importante ingeniero en IBM?... Es un impulso animal. La biología y su instinto de hembras en edad fértil les dice que seleccionen al macho alfa, al que pueda darle cachorros sanos y sea capaz de defender el “nido” frente a posibles amenazas.

Pero nosotros no somos animales cualesquiera, somos animales racionales, estamos por encima de nuestros instintos, pensarán ustedes. Sí, somos seres racionales, somos capaces de racionalizar esos instintos y reprimirlos, lo que no quita que los tengamos y si he escogido el ejemplo de un patio de instituto es porque es un mar de hormonas y feromonas, de mensajes provocativos, de insinuaciones y amenazas, de luchas de poder dentro de una manada.

Y volviendo al tema de 50 Sombras de Grey, ¿por qué ha tenido tanto éxito una novela erótica con una calidad literaria tan pobre como gráfica? ¿Habría tenido el mismo éxito si fuera la joven Anastasia quien llevara el látigo y el apuesto Christian Grey quien permaneciera maniatado?

Ella, joven, inocente, femenina hasta acomplejar a Bar Rafaeli, dependiente de un hombre apuesto, posesivo y dominante, rico por supuesto, que la abruma con coches de lujo, ordenadores de alta gama y ropa de diseño. ¿Resultaría igual de erótico si fuera Grey quien recibiera una entrada para un Madrid-Barça o una Play Station 4 después de haber aguantado una sesión de sado? No lo sería, pues tanto ellos como ellas se guían por el mismo principio animal según el cual el macho ha de ser el dominante y la hembra la sumisa. De hecho, en la subcultura sadomasoquista los amos son en su gran mayoría hombres y las sumisas mujeres.

La discoteca, coto de caza

Muchas veces hemos oído que cuando se tiene pareja ya no se va a la discoteca. La música, la noche, el alcohol… son cosa de solteros. Una vez encontramos pareja dejamos (o debemos dejar) de frecuentar esos sitios. ¿Por qué? Pues porque el hombre es cazador nocturno y las discotecas su coto de caza. Cuántas veces hemos oído al salir de fiesta que “los hombres no van a lo mismo”. ¿Qué quiere decir esto? Que las mujeres pueden salir a una discoteca realmente sólo a bailar y a charlar con las amigas, a tomar una copa y pasarlo bien pero… ¿y ellos? Si no salen “a cazar” para qué van a salir. Por anticuado y obsoleto que pueda parecer este razonamiento, a nivel primario es igual de lógico pues se entiende que, como en el reino animal, el macho es quien debe cortejar a la hembra, la cual simplemente espera sentada o en su nido a que un macho la lleve los presentes necesarios o muestre su valía con una deslumbrante danza del cortejo. Es decir, que ellas esperan con su copa en la barra a que ellos se acerquen, fuertes y bravos, a cortejarlas. Y de ellas dependerá que salgan triunfantes o no. Luego si ya están emparejados para qué van a ir a cortejar o ser cortejados… Esta es, por muy simple que parezca, la lógica detrás de las típicas discusiones de pareja.

Y es que por simple o básico que resulte, a menudo nuestras decisiones están basadas en impulsos irracionales, consecuencia de los vestigios animales que aún marcan nuestro ADN sin que seamos conscientes de ello. Y de la misma manera que ocurre con la legalidad, el desconocimiento de la ley no exime de su cumplimiento, ni el desconocimiento de nuestros impulsos animales nos libra de ellos.