El gato de Schrödinger y Macron

O cómo la política francesa se hizo cuántica

Este gato se escapó de la caja vivito y coleando
Este gato se escapó de la caja vivito y coleando
17 MAY 2017
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La televisión francesa se ha hecho un placer en mostrar declaraciones contradictorias de responsables políticos que, en el plazo de un par de semanas, cambiaron de opinión con la frecuencia que, uno supone, cambian de calcetines.

Emmanuel Macron, el flamante presidente, no es el peor, pero no es una excepción. Así, primero le escuchamos declarar «Yo soy socialista», para luego, –con motivo de su visita en calidad de ministro de Economía a Philippe de Villiers, un ‘noble’ soberanista, cristiano integrista y ultraderechista empedernido–, asegurar con un aplomo increíble: «Yo no soy socialista».

Cuando el socialista no socialista, impulsado por su ambición dicen unos, por algunos hombres de negocios dicen otros, decidió abandonar el Gobierno de Hollande y anunciar su candidatura al Eliseo, su primera movida consistió en crear un movimiento, según sus propias palabras, «que no será ni de izquierda ni de derecha».

Poco después las cosas se precisaron, si oso escribir, cuando Macron declaró que su Gobierno sería «y de izquierda y de derecha». De ahí lo del gato de Schrödinger. A quienes el nombre de Schrödinger les dice menos que el de Salvador Sobral (Amar pelos dois) tengo que precisarles que Erwin fue uno de los pilares de la mecánica cuántica, que también llaman física estadística o probabilística.

La mecánica cuántica es tan rara que Richard Feynman, una de sus figuras más célebres, solía decir: «Si Ud. cree comprender la mecánica cuántica, quiere decir que no ha comprendido nada». En su libro QED: The Strange Theory of Light and Matter, Feynman explica modestamente que para saber cómo se desplaza un fotón los científicos se ven obligados a calcular probabilidades usando herramientas matemáticas que no van más allá de las cuatro operaciones.

Lo simpático es que el comportamiento de lo infinitamente pequeño, materia que estudia la mecánica cuántica, desafía el entendimiento. Así, un fotón lanzado hacia una superficie en la que se ha practicado un cierto número de aberturas, –unas cuantas pequeñas ventanas–, pasa por todas al mismo tiempo. Mi amigo Giorgio Ciucci, profesor de física en el Politécnico de Milán, me lo explicaba mientras devorábamos unas suculentas fiorentine abundantemente regadas con unos vinos Brunello di Montalcino: «Tu debbi capire che le particelle si comportano come particelle».

Contrariamente a lo que ocurre en el mundo que nos es familiar, una partícula microscópica no se comporta como una pelota de fútbol, de la cual podemos conocer la masa, la velocidad, la energía y la posición en un instante dado. Un electrón, por ejemplo, puede poseer dos velocidades al mismo tiempo, o estar en dos lugares diferentes a la vez, e incluso en más de dos. Es lo que en física estadística, o probabilística, se llama el principio de superposición.

Para facilitar la comprensiva, Erwin Schrödinger imaginó una curiosa experiencia cuyo laboratorio es la imaginación: encerrar un gato en una caja cerrada. La caja contiene un dispositivo que mata al gato apenas detecta la desintegración de un átomo de un cuerpo radioactivo. Desde afuera es imposible saber lo que ocurre dentro de la caja. El gato puede estar vivo o muerto, sin que quien “observa” la experiencia desde afuera, lo sepa.

Como en el caso de la ecuación que define la posición de un electrón en un momento dado (o describe el desplazamiento de un fotón), los científicos entran el ámbito de las probabilidades. El gato tiene n % de probabilidades de estar muerto, y m % de probabilidades de estar vivo. O lo que es la misma cosa, el gato está vivo y muerto al mismo tiempo. Es lo que se conoce como superposición cuántica.

Al ser «y de izquierda y de derecha», Emmanuel Macron es como el gato de Schrödinger. Lo que no debiese sorprender, si uno repara en que los conservadores franceses presentan sus opciones a las elecciones legislativas como «los candidatos de la derecha y el centro». En plan mecánica cuántica, esos candidatos poseen el don de la ubicuidad. Están a la derecha, y al mismo tiempo en una posición equidistante de la izquierda y de la derecha, que es la definición política del centro.

Max Planck, Niels Bohr y Erwin Schrödinger, así como mi amigo Giorgio Ciucci, desconocían la tremenda capacidad pedagógica y el potencial explicativo que se ocultan en la política gala.

Quienes, oliendo ganancias, se precipitan a sumarse al macronismo, comulgan con Deng Xiaoping, brillante precursor de la política cuántica. Deng fue el fundador del socialismo de mercado, también llamado socialismo con características chinas, que no es sino puro capitalismo pero escrito con ideogramas, la escritura del Imperio del Medio.

El 12 de octubre de 2015, intentando mostrar que en políticas de desarrollo económico no hay diferencias entre la izquierda y la derecha, Macron citó a Mao Zedong: «Poco importa que el gato sea negro o blanco, lo que importa es que cace ratones». Lo que prueba que su cultura política está p’al gato: quien pronunció esas palabras para el bronce fue Deng Xiaoping, en 1962, lo que le valió algunos años a la sombra antes de acceder al poder en 1978.

En cuanto a Emmanuel Macron, queda por verificar si se revelará como un gato mojado, un gato de campo, o un gato camaleón que de noche siempre es negro. Nosotros, el personal, sospechamos que hay gato encerrado. Para mí que nos pasaron gato por liebre. A partir de una reunión de cuatro gatos.