96 estadounidenses son asesinados con armas de fuego como promedio cada día en la tierra de la «libertad» y la «democracia». 13,000 estadounidenses mueren cada año como promedio por homicidios con armas de fuego. 2 personas son heridas por cada 1 asesinada. 7 niños y adolescentes son asesinados como promedio cada día por armas de fuego. 50 mujeres son asesinadas a tiros por sus parejas como promedio cada mes. 13 veces más probabilidades tienen los ciudadanos negros de ser tiroteados y asesinados que los blancos. 5 veces más riesgo tiene una mujer de ser asesinada en un episodio de violencia doméstica cuando en su hogar hay presencia de armas de fuego. 42% de las armas en poder de civiles en el mundo están en manos de estadounidenses, a pesar de que ese país sólo tiene el 4.4% de la población mundial. Por lo pronto existen ahí más armas en manos de civiles (350 millones de ellas) que población (334 millones). En el medio de todo eso, no paran las masacres de civiles desarmados perpetradas por otro civil (luego diagnosticado como desequilibrado psíquico) en circunstancias no bélicas: una escuela, una discoteca, una iglesia o un supermercado. En general los perpetradores son jóvenes varones. ¿Rambos?

Hoy ya no resulta raro eso: la comisión de una nueva matanza con algún arma de fuego realizada por una persona (civil) que luego se suicida o cae muerta por la policía; esto parece haberse incorporado a la «normalidad» del país, así como tantas otras lacras sociales (uso abusivo de drogas, por ejemplo, o la invasión impune de otra nación). Si esas masacres ocurrieran, digamos, en África o Centroamérica, servirían para aumentar su estigmatización como «regiones pobres y violentas». En el Sur, la violencia y la muerte cotidiana adquieren otras formas: no hay «locos» que produzcan esas matanzas; la muerte violenta es «natural», está incorporada al paisaje cotidiano. Pero ¿acaso Estados Unidos puede hablar de derechos humanos, respeto a la vida y culto a la democracia con esta casi cotidiana demostración de apología de la muerte? ¿Por qué no para de aparecer un nuevo «loco», casi semanalmente, que realiza estos actos criminales?

Explicar todo eso solo en función de explosiones psicopatológicas individuales puede ser una primera vía de abordaje, pero no termina de dar cuenta de la complejidad del fenómeno. Sin duda que quienes cometen estas «locuras», quienes terminan suicidándose en muchos casos, pueden ser personalidades desestructuradas, psicópatas o psicóticos graves; simplemente «locos» para el sentido común, que realizan sus actos depredatorios siguiendo «una voz» que se los ordena. ¿Pero por qué no ocurren también en los países del Sur plagados de guerras internas y armas de fuego, donde la cultura de violencia está siempre presente y las violaciones a los derechos humanos son el pan nuestro de cada día? ¿Por qué se repiten con tanta frecuencia en la gran potencia? Ello habla de climas culturales que no se pueden dejar de considerar. La violencia no es patrimonio de las «repúblicas bananeras», de los «países de mierda», como dijera el expresidente Donald Trump (¿no es esa expresión una demostración de la más brutal violencia?). No, en absoluto es patrimonio de la pobreza, aunque cierta versión peliculesca —estadounidense, por cierto— nos intente acostumbrar a esa visión. Las guerras no se deciden en los campos de batalla del Sur global; allí se pelean, pero se deciden en lujosos penthouse o despampanantes lobbies entre pocos encorbatados multimillonarios.

Sin dudas quien puede cometer estos «actos locos», demenciales, desde todo punto de vista «insanos» en términos psicológicos, son personas con severos trastornos psíquicos. Pero para entender en su cabalidad el fenómeno hay que introducir dos elementos más: 1) el sentir nacional de Estados Unidos como potencia impune con su «destino manifiesto» de conducir al resto de la humanidad, y 2) la industria de las armas, de las más importantes dentro de su economía, y vital en su cultura cotidiana.

En el imaginario cotidiano de cualquier ciudadano estadounidense, desde hace ya más de un siglo, está la idea de «ganador absoluto». Nadie se les opone, y su impunidad es proverbial. Rambo, ese veterano de la guerra de Vietnam prácticamente invencible, «hombre de acero», «macho» por antonomasia, es el representante más acabado de esa fantasía. La cultura de la violencia está absolutamente normalizada ahí; Hollywood se encarga a cada instante de recordarlo, desde el cowboy matando indios al soldado yanki invencible que puede contra todos.

En Estados Unidos la guerra sigue siendo un eje fundamental en torno al cual gira buena parte de la sociedad, su economía, su política, su cultura. Es el único país del mundo que prácticamente ha participado en todas las guerras habidas en los siglos XX y XXI; posee las fuerzas armadas más grandes del planeta, y los gastos militares de su presupuesto son colosales: de hecho, representan la mitad de todos los gastos mundiales invertidos en ese ámbito. País que no dudó en usar armas atómicas contra población civil no combatiente (las dos innecesarias —reprobables e inmorales, pero que no recibieron juicios de Nuremberg— bombas en Japón sobre el final de la Segunda Guerra Mundial), que ha desarrollado los más pérfidos y sanguinarios métodos de guerra, utilizándolos de hecho y enseñándolos a sus ejércitos subordinados (de Latinoamérica especialmente), poseedor de alrededor de 800 bases militares diseminadas por toda la geografía planetaria. De más está decir que su agresividad es monumental.

En ese marco, teniendo la violencia, o la guerra —o, dicho de otro modo: la adoración de la muerte— como insignia dominante, el llamado complejo militar-industrial es la rama comercial más pujante de toda su economía. Su influencia política es enorme; de hecho, es quien fija la estrategia nacional de política externa (léase: empresas como Lockheed Martin, Boeing, Northrop Grumman, Raytheon, General Dynamics, Honeywell, BAE System). Según datos confiables, en su cabildeo con las esferas del poder político este complejo gasta no menos de 100 millones de dólares al año, con lo que consigue establecer siempre sus negocios por sobre cualquier otra prioridad nacional. Y su negocio es… ¡¡la muerte!! —siempre de otros, no de estadounidenses—. Por tanto, la apología de las armas constituye en Estados Unidos un emblema distintivo. Es la población civil más armada del mundo: en cada tienda puede comprarse sin mayores problemas un fusil de asalto y sus municiones. Cualquier «loco» puede adquirirla, con la que luego producirá una masacre.

«El derecho a poseer y portar armas no será infringido», establece tajante la segunda enmienda de su Constitución. Para salvaguardar este derecho y «promover y fomentar el tiro con rifle con una base científica», en 1871 se fundó la Asociación Nacional del Rifle, hoy día la asociación civil más vieja del país, con cuatro millones de miembros y treinta millones de allegados y simpatizantes, gastando alrededor de 8 millones de dólares al año en cabildeo para lograr sus propósitos. Por lo que puede apreciarse, la pasión por las armas (¿por la muerte?) no es nueva. Las masacres son parte fundamental de la historia de Estados Unidos: indígenas aborígenes en su territorio durante la conquista (confinando hoy a los pocos sobrevivientes en reservas), luego la de pueblos latinoamericanos amparándose en la Doctrina Monroe («América para los (norte)americanos»), cualquier pueblo en cualquier punto del planeta cuando ya fueron potencia global.

Dicho de otro modo: cualquiera en este país puede comprar un arma de fuego de altísimo poder y matar a mansalva a civiles. Eso es lo que cada vez sucede más frecuentemente, y sin dudas seguirá sucediendo, porque 1) la fantasía de sentirse Rambos no está en vías de desaparecer y 2) el negocio de las armas no da señales de agotamiento. Si bien es cierto que quienes cometen esas masacres son civiles desequilibrados mentalmente, es interesante observar lo siguiente: los delirios de los «desequilibrados» (psicóticos esquizofrénicos habría que decir hoy) se nutren de la cultura dominante, del momento histórico en que se vive. En el Medioevo europeo se alucinaba con vírgenes y demonios; en el tecnológico siglo XX los delirios tenían que ver con alienígenas y platos voladores. En esa línea: un «loco» estadounidense ¿fantasea con ser Rambo? El mortífero cóctel de apología de la violencia y disponibilidad total de armas letales está servido: alguien, algún «loco», lo va a tomar.