Estimulado por varias tazas de café y con los consiguientes altos niveles de cafeína produciendo un flujo rápido de pensamientos, eliminada mi somnolencia y mi aparente fatiga, recordé de repente un artículo escrito hace algunos meses por mi amigo, el biólogo venezolano, Clemente Balladares. En dicho artículo, Clemente hablaba sobre algunos locales donde tomarse un buen café en Caracas. Sin duda, el espacio limitado del articulo le impedía nombrar más lugares. En la Caracas, y, sin duda, en la Venezuela de mis recuerdos, numerosos locales existían (¿existieron?, ¿existen?) donde era siempre gratificante comenzar el día, terminar alguna faena, pasar por casualidad, o simplemente esperar para tomar un carrito por puesto o un autobús, tomándose (en mi caso) un buen «marrón», con muy poca leche, sin azúcar, recién salido de alguna máquina de café expreso.

Pero yo no soy excepción, cada día, cada mañana, cada tarde, casi cualquier venezolano, donde quiera que esté, reafirma su amor incondicional por un buen café. ¡Raro es quien no lo haga! No hay nada más estimulante que disfrutar del aroma de un café recién colado, o recién salido de una máquina de expreso e inmediatamente degustar tan deliciosa bebida. Pero… ¿de dónde hemos sacado los venezolanos esa pasión por un buen café?

Por lo que recuerdo de mis clases de Cultivos Tropicales y algunas charlas impartidas por el profesor Jaime Henao Jaramillo, tanto en nuestra Facultad de Agronomía de la Universidad Central de Venezuela como en la estación experimental El Laurel, el origen exacto del café no está muy claro. Es altamente posible que los primeros en apreciar las propiedades energizantes del café fueran los habitantes de aquella región conocida como el Reino de Kaffa, en el suroeste de la actual Etiopia, antes Abisinia, donde la planta crece naturalmente y de donde pareciera haberse originado también la palabra coffee. Kaffa es, a su vez, un vocablo aparentemente originado de la palabra árabe Yemenita qahwah que significa algo así como «café, brebaje de bayas». Esta palabra, a su vez, pudo originarse de qahiya, «a falta de hambre» basada en la reputación de la bebida como un supresor del apetito.

De esa región etíope, la planta y sus semillas comenzaron a distribuirse hasta llegar a diversos lugares de Arabia, donde comenzarían a ser muy apreciadas. El primer reporte sobre el tostado de las semillas para molerlas y mezclarlas con agua caliente, como lo hacemos hoy, ha sido encontrado en textos escritos durante el siglo XV en monasterios Sufí de Yemen.

El café continuaría su expansión luego de ser aceptado sin ambages en el Medio Oriente, a pesar de ser visto por algunos como un vicio similar al tabaco o al alcohol. Una vez en Europa, tal brebaje fue recibido con numerosas críticas y debido a su asociación con el mundo islámico se le denominaba «la bebida de Satanás». Igualmente, numerosos sacerdotes católicos temían que sustituyera al vino.

Pero luego de 1592, durante el papado de Clemente VIII (1536-1605), miembros del clero le pidieron denunciar a la bebida e impedir que la feligresía se «enviciara» con tan nefasto «bebistrajo». El Papa, curioso, insistió en probarla antes de emitir alguna sentencia. Luego de disfrutar de tan estimulante cocción, Clemente VIII anunciaría:

Esta bebida de Satanás es tan deliciosa que sería una lástima que los infieles tuvieran un uso exclusivo de ella.

La leyenda cuenta que, entonces, bendeciría y bautizaría los granos de café para eliminarles cualquier influencia diabólica. A partir de aquel momento, los católicos aceptaron el uso y consumo de café, siguiéndole las comunidades protestantes. La venta del grano y las tiendas especializadas en expender la bebida se propagaron por toda Europa. La Ilustración, movimiento cultural e intelectual europeo, nacido a mediados del siglo XVIII y que duró hasta principios del XIX, parece haber sido posible gracias al aumento de cafés al aire libre donde se reunían los pensadores a discutir sus ideas filosóficas y revolucionarias.

Pero volvamos atrás un poco y ubiquémonos en Suramérica. Los primeros cafetos que llegaron a Venezuela fueron sembrados en las misiones españolas asentadas en el Rio Caroní. Se estima que los trajo el padre Joseph Gumilla (1686-1750), quien también establecería cultivos en otras misiones a lo largo del Orinoco. Provenían dichos cafetos de Brasil y estos, a su vez, habían llegado desde Guayana Francesa o Surinam, cuyos primeros arbustos fueron traídos desde Martinica y Guadalupe. Estos primeros cafetos «venezolanos» comenzaron a sembrarse allá por el año 1732 para ser cultivados por los jesuitas de la congregación de Gumilla a orillas del Caroní. El propio Gumilla en su obra El Orinoco Ilustrado y defendido… presenta detalles diversos del «soberbio» río y varios de sus tributarios, así como de las costumbres y actividades de los pueblos indígenas que poblaban las zonas aledañas. De su puño y letra leemos:

El café, fruto tan apreciable, yo mismo hice la prueba: lo sembré, y creció de modo que se vio ser aquella tierra muy a propósito para dar copiosas cosechas de este fruto.

Las siembras prosperaron en la región y, para 1740, ya se habían extendido a la Gobernación de Caracas y hasta se producía un poco en la provincia de Coro. Ya a mediados del siglo XVIII, varias familias pudientes de Caracas tenían haciendas o estancias al pie del Ávila, en los alrededores de la pequeña población de Chacao. Siembras y algo de ganado ocupaban toda la zona comprendida entre los ríos Tócome y Anauco, áreas que hoy van desde San Bernardino hasta la entrada de Petare.

Desde mediados de ese siglo, arbustos de café eran plantados como curiosidad ornamental, pero entonces unos seis mil cafetos sembrados en 1784 por el presbítero José Antonio García Mohedano (1741-1804) (mejor conocido como el Padre Mohedano o el cura de Chacao) perecen. Se reúne así con los también presbíteros José Antonio Hurtado y Pedro Palacios y Sojo (1739-1799), con Miguel José Sanz (1756-1814) y Bartolomé Blandin (1745-1835), todos propietarios de terrenos fértiles en Chacao y sus alrededores. Estos emprendedores, junto con otros más, decidieron preparar almácigos para sembrar luego los pequeños arbustos a la usanza de regiones agrícolas que ya lo cultivaban en varias islas caribeñas.

Este muy serio intento tuvo un notable éxito, obteniéndose la primera cosecha de unas 50 mil plantas, distribuidas en varias estancias que incluían a Blandin, San Felipe y La Floresta.

Por dos ocasiones, antes de florecer el café, los bucares perdieron sus hojas, y aparecieron sobre las peladas copas macetas de flores color escarlata que hacían aparecer las arboledas como un mar de fuego. ¡Cuánta alegría se apodero de los agricultores, cuando en cierta manan, al cabo de dos años, brotaron los capullos que en las jóvenes ramas de los cafetales anunciaban la deseada flor! A poco, todos los árboles aparecieron materialmente cubiertos de jazmines blancos que embalsamaban el aire. Parecía que sobre los árboles hubiese caído una nevada.

En vista del éxito de tal empresa, los afortunados emprendedores decidieron celebrar junto a amistades y representantes diversos de la sociedad caraqueña, un «día festivo» en el cual degustarían una comida comunal acompañada de las primeras tazas de café cultivado en el valle de Caracas. Las crónicas relatadas por Arístides Rojas (1826-1894), basadas en sus conversaciones con la señora Dolores Báez de Supervie y manuscritos facilitados por los descendientes de los Blandin, indican que tal ceremonia se efectuó a fines de 1786, aunque no precisa la fecha exacta. Tan alegre y multitudinaria tertulia tuvo lugar en los terrenos de la hacienda Blandin, en lo que conocemos hoy como el Caracas Country Club (la casa de los Blandin fue eventualmente remplazada por la actual sede del Club). Además de las autoridades civiles y eclesiásticas, las familias notables de Caracas hicieron presencia.

Numerosas mesas, muebles y vajillas importadas de China y Japón, recaudadas entre los familiares y amigos de los convidantes, se dispusieron en los alrededores de la casa de los Blandin, en un enorme comedor improvisado bajo la sombra de frutales y otras plantas.

Los alegres y emocionados invitados fueron paseados entre los cafetales para que admiraran las ramas cargadas de rojos frutos. Una vez que la concurrencia regresa de la plantación, son recibidos por música. Luego de un prolongado tiempo lleno de danzas y cantos, llegó la hora del almuerzo. Este, una vez concluido, es preámbulo de una transformación del arbolado recinto. Todas las mesas son retiradas, excepto la central, adornada con arbustos de café. Había llegado el momento de servir y degustar las primeras tazas de café cultivado en el Valle de Caracas.

Aparece entonces el anfitrión, Don Bartolomé Blandin, seguido de su hermano el canónigo doctoral, don Domingo Blandin, racionero de la Catedral de Caracas y los muy respetados padres Sojo y Mohedano. Llegan todos a la mesa central donde una primera cafetera ha sido vaciada sobre las tazas de porcelana. La primera de estas se le presenta al padre Mohedano, quien la degusta. Acto seguido del emocionado aplauso de la concurrencia y un posterior silencio. Mohedano, emocionado dirige entonces un improvisado discurso:

Bendiga Dios al hombre de los campos sostenidos por la constancia y la fe. Bendiga Dios el fruto fecundo, don de la sabia Naturaleza a los hombres de buena voluntad. Dice San Agustín que cuando el agricultor, al conducir el arado, confía la semilla al campo, no teme ni la lluvia que cae ni el cierzo que sopla, porque los rigores de la estación desaparecen ante las esperanzas de la cosecha. Así nosotros, a pesar del invierno de esta vida mortal, debemos sembrar, acompañados de lágrimas, la semilla que Dios ama: la de nuestra voluntad y de nuestras obras, y pensar en las dichas que nos proporcionara abundante cosecha.

La producción de café de la Gobernación de Venezuela comenzaría a crecer cada vez más en referencia a cada año inmediatamente anterior, estimulándose el desarrollo del cultivo por todo el valle y las montañas de Caracas. El dinero obtenido por las ventas del café producido en las primeras cosechas en las tierras de la familia del Padre Mohedano seria destinado a la construcción del templo de Chacao.

Morir después de haber levantado un templo y de haber sido útil a mis semejantes será mi más dulce recompensa…

Es a partir de entonces que, en Venezuela, comienza a degustarse el café en establecimientos del mismo nombre que se convirtieron en lugares de encuentro para no solo disfrutar de tan gustosa bebida, sino para discutir los eventos del momento.

Al mismo tiempo, entre los venezolanos, saborear el café se convierte en rutina. En cada hogar, con seguridad había una «media» para colar el guayoyo mañanero y una Greca, para el café más fuerte, el «expreso» casero obligatorio luego del almuerzo o a media tarde.

Eventualmente, diversos cafés y salones para familias serian abiertos no solo en Caracas, sino en el resto del país. Con la llegada de la inmigración europea luego de la Segunda Guerra Mundial, estos locales proliferarían aún más, especialmente luego de los años 50, cuando las máquinas de expresos Gaggia, Faema y muy posteriormente las Rancilio, se convertirían en objetos indispensables en cualquier café, panadería o pastelería del país, donde, con frecuencia, pudimos disfrutar de un buen «negrito», algún «con leche» o un gustoso «marrón».

Desde principios de los años cincuenta la máquina de café expreso llegó a Venezuela y no se fue nunca más… nos acostumbramos a tomar «café de máquina», a disfrutar de un café fatto alla italiana, e hicimos nuestra esa costumbre y ese modo de apreciar el café.

Notas

Decán Gambús, I. (2017). Más allá de la pasta: historias sobre una sensibilidad gastronómica. En: Arráiz Lucca, R. (coord.) Italia y Venezuela: inmigración y gastronomía. Caracas: Fundavag Ediciones. pp. 57-88.
Fundación Polar (ed.). (1997). Diccionario de Historia de Venezuela. 2a ed. Tomo 1. Caracas: Fundación Empresas Polar.
Gumilla, J. (1745). El Orinoco ilustrado y defendido: historia natural, civil, y geographica de este gran rio y de sus caudalosas vertientes: govierno, usos, y costumbres de los indios sus habitadores, con nuevas, y utiles noticias de animales, arboles, frutos, aceytes, resinas, yervas, y raices medicinales… Madrid: Manuel Fernández.
Henao Jaramillo, J. (1992). La Magia del Café. Caracas: Fundación Fama de America–Editorial ExLibris.
Rojas, A. (1999). Crónica de Caracas. Caracas: Los libros de El Nacional, Colección Ares no. 9.