A Isabel.

En general, el color azul representa libertad, lealtad, armonía, verdad y seriedad, pero también se asocia, desde el Romanticismo, con todos aquellos sentimientos y sensaciones que tienen que ver con la pasividad, entre ellas la tristeza y otras cualidades similares, como la melancolía y la nostalgia. En países de lengua inglesa es frecuente utilizar la expresión feeling blue o blue para aludir a sentimientos cercanos al pesimismo, la depresión y la falta de motivación. Incluso, en algunas culturas orientales se considera al color azul el color del luto.

Azul,
no veo nada azul,
rebuscando en la huesera
pero prenderé una hoguera
con madera de ataúd
por si vinieras tú
y no morir quisieras.2

Lo había logrado. A pesar del esfuerzo, había conseguido sacar fuerzas de donde no había y ponerse al volante del «dos caballos» del abuelo para, por primera vez en mucho tiempo, dirigirse a la capital.

Las lágrimas la sorprendieron recorriendo su cara. Desde que su abuelo se había ido era incapaz no solo de ver su coche, sino cualquiera de la misma marca y modelo. Era tan emocional, con esa sensibilidad tan especial, que el mero hecho de recordar cualquier cosa de los que ya no estaban la llenaba de una inmensa melancolía.

Ahora estaba segura de que nadie se daría cuenta porque nadie lo esperaba. Así que, sosegándose al volante, su rictus fue mudando y adquiriendo una expresión de satisfacción que hizo que sus ojos brillaran aún más. ¡Cuánto le gustaba conducir!

Desde El Rebollar en una hora llegaría, pero lo quería hacer apaciblemente, disfrutando del viaje. Conocía la ruta como las palmas de sus manos, una sucesión de pueblos que desembocarían en tierras mirobrigenses y de ahí a su destino. «¡Chupado, la carretera es buena!».

Desde siempre le había gustado conducir, disfrutando de lo que los márgenes de la carretera le pudieran ofrecer, aunque tuviera que aminorar su marcha. En ese día tan azul observaba con una mirada nueva los inmensos robledales, las vetustas encinas y de repente reparaba en lo alto, «uy, unos buitres, ¡que monos!». Desde siempre extraía el néctar sensitivo de las cosas que para los demás eran despectivamente normales y hasta mediocres.

Como tantas veces, decidió aparcar a las afueras del centro. Así podría comenzar su jornada como una aventura para, tras cruzar el puente romano, ir sumergiéndose en la ciudad para, como si fuese algo novedoso, ir descubriéndola. En cierto modo, lo era.

Antes de salir del coche, permaneció unos instantes en su interior con el motor parado. Aunque habían pasado bastantes años, le parecía que permanecía el olor del abuelo o de algo familiar. Aquellas largas procesiones de coches desde Francia para pasar unas semanas entre los suyos y sus raíces. Aquellas hileras en viajes cansadamente interminables. Aun así, llegaban con ganas de ver cómo el pueblo iba mudando, cómo estaban sus paisanos y cómo iba transcurriendo la vida desde que no se veían. Siempre decía, «no sabes lo duro que es ser emigrante por muy bien que te vaya, no sabes lo que es».

Eran tiempos de intercambio. «Hemos traído estos quesos que son muy buenos, además aquí no los hay. No veas como huelen a pie». «¿Has catado ese queso azul?». «Mira este chocolate, pruébalo, ya verás, te va a encantar», «si aquí le tenemos igual», «ya, pero no es lo mismo, se nota un montón». «Tienes que decirle al de Bodón que te prepare unos jamones y unos lomos para cuando regresemos a Tornan. Se van a chupar los dedos los gabachos». «El día que puedas, nos bajamos a Perales a por aceite, allí no saben ni lo que es, cocinan con mantequilla los pobres».

Parece mentira lo que acarreaban esos coches cruzando de un país a otro. «Y luego dicen que los de ahora son mejores. Si tienen todo de plástico, ¡vaya guarrería! Mira, yo este ‘dos caballos’ le tengo desde el año que vinimos al pueblo por primera vez y ya ves cómo me ha salido. Mira que son chulitos los franceses con sus cosas, allí solo compran coches de los de ellos, pero la verdad es que son buenos. Mi ‘dos caballos’, si Dios quiere, lo heredara mi nieta».

Y así fue, aunque solo fuese para este viaje, tras poner en ello una parte de coraje, otra de sensibilidad y el deseo tierno de rememorar su pasado. Quería a demasiadas personas como para olvidarlas, así como así, aunque ellas no supieran de su viaje.

Finalmente, abandonó el coche, cruzó el puente y se adentró en la ciudad. De Tentenecio hasta la calle Toro, como si el azul paseo errático fuera planificado, tomando desvíos, atajos, llevando a cabo circunvalaciones irreflexivas para hacer lo que quería hacer. «Estoy deseando tomarme una cervecita y una Paloma en el Bambú, pero solo una que tengo que reservarme para la tortilla rellena de Las Caballerizas».

Y así hizo. Aunque supiese que había cosas que no podía dejar de hacer, se dejaba arrastrar por las calles y los recuerdos para perderse en unos rincones tan conocidos y que tanto necesitaba reencontrar. Como si tuviese que verificar que todo permanecía en orden, que la belleza seguía allí, que los detalles que la admiraban seguían estando presentes.

Recorrió transversalmente su memoria, de las Dueñas a Anayita, de las Escuelas Menores a la Clerecía. Quod natura non dat, Salmantica non præstat. Ella misma no sabía en qué punto comenzó a sentir que las lágrimas brotaban nuevamente de sus ojos, pero no eran lágrimas de tristeza. «¡Que tonta soy, siempre lloro por nada!, encima se me va a correr el rímel y la gente va a pensar que soy imbécil».

Hay personas que apenas tienen fundas que resguarden sus sentidos, por eso tienen más sensibilidad para mirar con ojos desprovistos de juicio, para escuchar a la vida con sus sonidos reales, para paladearla con sabores intensos, para saber que las flores sin olor también huelen, para acariciar la vida sin otro afán que el de sentir, para que todo lo negro se transmute en azul…

Observar los detalles, escuchar el silencio, degustar lo sencillo, oler la pasión y llegar a percibir los afectos. Apreciar la existencia. Ese sabía que era el verdadero sentido de la vida o, al menos, el de la suya. Y a ello se encomendaba.

«Voy a ver a don Miguel. Iré a su casa y luego a su universidad». Se plantó delante de la fachada dando la espalda a una estatua, «como decíamos ayer, perdóneme, Fray Luis, en unos minutos estoy con usted». Al rato cumplió su palabra y se volvió a hacerse la pregunta que tantas veces se había hecho, «¿cuántos ‘Vítor’ habrá grafiteados en estas paredes? Algún día los contaré».

Decidió tomar la Rúa para llegar a la Plaza Mayor, «y que haya gente que diga que hay plazas más bonitas que esta, ¡no me fastidies!». Dio un par de vueltas muy despacio, observando arcos y relieves parsimoniosamente como si estuviera analizando lo que cada gesto esculpido quería decir, «ese tipo seguro que era mala persona. Ese no, tiene pinta de buena gente. ¡Ay, un pajarito!, ¡que mono!».

Escapó de la plaza por la calle Toro viendo librerías, perfumerías, tiendas de decoración, joyerías… «bueno, no me voy a comprar más charras porque tengo demasiadas y tampoco sabría a quién regalársela». No quería alejarse demasiado, así que volvió sobre sus pasos para, una vez que estuviera otra vez en la plaza, retornar por la Rúa.

Qué rápido pasaba el tiempo, no se había dado cuenta. Los bares y restaurantes casi estaban preparando ya sus terrazas para la cena. Cómo se pasa el tiempo y, sobre todo, esa sensación de que llegamos tarde a todo, de que son demasiadas cosas las que deseamos hacer, demasiada la gente a la que queremos querer, demasiado… todo y, cuando te has dado cuenta, alguien está echando el cierre. «¡No es justo!».

Se sentó en un portal. No estaba cansada, pero quería estar a solas un momento con ella misma, con su mismísima mismidad, sin intercambiar miradas, olores o sonidos con nadie. Pensó un rato en la gente a la que quería. Seguro que ellos también la querían, pero eso no era lo importante. Lo importante es el calor que sale de uno hacia los demás, aunque no lo sepan y, aunque no te vean, siempre estar. Es una cuestión de presencia, estar siempre para las personas queridas, aunque no sean conscientes de ello. Para evitar de nuevo las lágrimas, decidió levantarse y seguir. Aunque en cierto modo, seguía llorando a su manera, ¿se puede llorar de ternura?

Llegó a la esquina de los tres coños. «¡Coño, qué bonito!, ¡coño, qué alto!, ¡coño, qué frío!». Pero, aunque había olvidado su «chala», ese día no tenía frío. La gente iba abrigándose a medida que se ponía el sol, todo mudaba a un tono azul oscuro e iba a ir siendo necesario que se encendiera el alumbrado público.

Tampoco tenía hambre, así que, tras repasar las fachadas catedralicias, decidió dirigiese al Patio Chico, allí se sentó en la escalinata. Estaba ya anocheciendo. «No, lo he decidido. No voy a regresar». Mejor, así no tenía que volver a ver el «dos caballos» rojo del abuelo.

Desde que su abuelo se había ido era incapaz, no solo de ver su coche, sino cualquiera de la misma marca y modelo. Era tan emocional, con esa sensibilidad tan especial, que el mero hecho de recordar cualquier cosa de los que ya no estaban la llenaba de una inmensa melancolía.

Ella no sabía que, de hecho, el coche del abuelo no estaba donde lo dejó. En realidad, nunca estuvo allí, hace muchos años que ese coche no existía. Así que acertó cuando reafirmó, «me voy a quedar aquí, no voy a volver». Sabía que su decisión era la correcta, mejor tener siempre el mundo de frente, dejando atrás a los que hablan en voz baja, a los que duermen en las piedras y, además, nadie la echaría en falta porque se había esmerado en dejar bien colocada la lápida.

El día languidece,
la tarde es tan cobarde
que no se atreve a perecer.
Y nuestra fosa
vomita mariposas
tan bellas y furiosas
como un amanecer.
Se fue la luz
y entonces lo vi todo,
brillando desde el lodo
y te ofrecí mi canto de avestruz.
Y un vendaval
de besos desmedidos,
que nada está prohibido
cuando oscurece y apareces tú.3

En las vacaciones de cada año en su pueblo salmantino, a caballo entre julio y agosto, siempre dedicábamos un día a hacer un viaje como el relatado. Desde su casa paterna a Salamanca. Nos perdíamos en sus vetustas calles, calles que siempre serán suyas y donde sé que siempre permanecerá vigilante, protectora, tierna, azul...

Notas

1 El subtítulo de este texto está tomado de «Te voy a decir la verdad». Marea, del álbum Los potros del tiempo. 2022.
2 «Buena muerte». Marea, del álbum Los potros del tiempo. 2022.
3 «Nuestra fosa». Marea, del álbum Los potros del tiempo. 2022.