La niña de pelo rubio, semioculto por un gran sombrero redondo de color café claro, de ojos muy azules, con apenas cuatro años gustaba de corretear por el jardín de su casa en el pequeño pueblo de Snug, en los alrededores de Hobart y muy cercano al mar. Gustaba de recoger hormigas y, en la playa, peces de pequeño tamaño. Apenas comenzaba un interés muy fuerte en la naturaleza que la rodeaba, especialmente en especímenes animales. La biología, sin saberlo por supuesto a tan corta edad, llamaba a su imaginación y ese eco resonaría con fuerza a través de toda su existencia.

Esos idílicos primeros años muy pronto finalizarían cuando llegó la hora en que ella y su hermana mayor debían entrar a la escuela. La familia entera se mudó entonces a Launceston situada en el norte de Tasmania. La ciudad era la segunda más grande de toda la isla, solamente superada por la capital Hobart. La nueva casa en que vivirían era típica de los suburbios australianos, de un piso y con una gran terraza. Pronto ya comenzó a asistir al jardín de niños de la escuela Broadland House Girls, acompañada de su hermana. La familia luego se mudó a una casa más grande que tenía un jardín hermoso y un desván en donde podía colocar los animales que encontraba. Así, con el tiempo fue siendo poseedora de renacuajos, periquitos, canarios, pececitos de colores, gallinas, pollos, conejos, gatos y por supuesto un perro. La niña adoraba los animales y por supuesto, la naturaleza agreste y salvaje de la isla de Tasmania en donde había crecido.

Continuó sus estudios en la misma escuela, obteniendo una magnífica educación, que incluía clases de piano con una extraordinaria profesora. Sin embargo, algo le faltaba. La niña deseaba conocer más sobre ciencias físicas y biológicas. Quería encontrar respuestas a las innumerables preguntas que se hacía al tener cada día más contacto con la naturaleza que la rodeaba y en especial, sobre el pequeño zoológico que tenía en su casa. De manera tal que se las ingenió para que sus padres le permitieran tomar clases de dichas materias, que por la tarde ofrecía la escuela secundaria de Launceston. Su afición y gusto por la biología se fue incrementando por la lectura de textos de ciencia para niños, así como de algunas biografías de personajes famosos en ese campo. Particularmente, le fascinó la biografía de Madame Curie, la científica polaco-francesa ganadora del premio Nobel dos veces, en química y física.

Pasaron los años y la niña se convirtió en una adolescente. Fue cuando la familia decidió trasladarse a Melbourne, Australia, para que la ahora, joven señorita, terminara el bachillerato en una institución educativa superior. Logrado este objetivo, se inscribió en la universidad de Melbourne en donde al cabo de cuatro años de intensos estudios, se graduó con honores en bioquímica. En ese inicial trajinar, tomó gusto a la investigación científica y sus tutores de tesis, conociendo la gran calidad de esta, así como su magnífico desempeño como estudiante, le aconsejaron realizar un doctorado en el exterior. La ocasión llegó cuando Fred Sanger, reputado científico del Laboratorio de Biología Molecular de la universidad de Cambridge visitó Melbourne y su tutor Frank Hird, que le conocía por haber estado investigando en su laboratorio, se lo presentó. Elizabeth H. Blackburn iba a iniciar así, su ascenso al más alto pico de la investigación científica, cuando fue aceptada como postulante al doctorado en el famoso centro británico de formación universitaria (Les Prix Nobel).

Aspectos personales

Elizabeth nació el 26 de noviembre de 1948, siendo la segunda de los siete hijos que tuvieron la pareja de médicos Marcia Constance Jack y Harold Stewart Blackburn. Esta singularidad fue también uno de los motivantes de la pasión que la niña siempre sintió por la biología. Su abuelo y bisabuelo por parte materna fueron geólogos mientras que, por ese mismo lado, su tío era médico de familia. Por su padre, una tía era también médico, en tanto su bisabuelo llegó a Australia procedente de Inglaterra, como ministro de la iglesia anglicana, quien llegó a tener una gran colección de insectos, dado que era muy amante de la naturaleza. Evidentemente, por herencia de ambos progenitores, la joven Elizabeth H. Blackburn tenía el impulso suficiente para dedicarse con pasión desbordante al estudio de las ciencias de la naturaleza, en especial la medicina.

Su vida profesional

Pero antes de estar en Cambridge requería tener al menos un año de experiencia en el laboratorio, requisito que cumplió con Frank Hird, quien acostumbraba, no solamente a enseñar las técnicas usuales en la investigación a su grupo de alumnos, sino que insistía en que sintieran el gozo y la estética de participar en ese proceso. En su autobiografía, Elizabeth comenta que «Hird les decía que cada experimento debía tener la belleza y la simplicidad de una sonata de Mozart».

Cumplido el requisito, llegó a Inglaterra para integrarse al famoso laboratorio de Biología Molecular de Cambridge. El ambiente le cautivó de inmediato. Para su tesis de doctorado, escogió la secuenciación de las regiones del bacteriófago «phiX 174», logrando trascribir fragmentos del ADN fago dentro del ARN, utilizando el método descubierto por Fred Sanger. Así logró la primera secuenciación de los 48 fragmentos de nucleótidos del genoma del bacteriófago utilizado. Había llegado la hora de realizar un postdoctorado en Estados Unidos.

Pero antes le llegó el amor y la llevó al matrimonio con John Sedat, científico a quien había conocido en el laboratorio de Cambridge. Como John iba a continuar estudios en Yale, Elizabeth, que ya había logrado una beca para hacer lo mismo en la Universidad de San Francisco, California (UCSF, siglas en inglés), cambió sus planes y con mucho empeño, logró ser aceptada en el reputado laboratorio de Joe Gall, de Yale. Allí continuó sus estudios de secuenciación del ADN encontrado en las regiones terminales de los cortos y lineales ribosomas del protozoario Tetrahymena thermophila, un diminuto organismo, recién descubierto por Gall, siendo sumamente apto para el análisis cromosómico, dado su rápido crecimiento y al gran número de mini cromosomas lineales que contiene (López de Oliveira, D.).

Luego de esta etapa, el matrimonio Sedat-Blackwell se dirigió a San Francisco California en donde John trabajaría en la UCSF como profesor asistente. Elizabeth consiguió una beca de los Institutos Nacionales de Salud (NIH) con la cual pudo continuar con éxito sus estudios sobre los telómeros de la Tetrahymena en los laboratorios de la UCSF). La palabra telómeros proviene del griego, telos que significa «fin» y meros «parte» o «porción». Es decir, los telómeros son la parte final de los cromosomas. «Se trata de estructuras cromosómicas formadas por secuencias nucleotídicas repetidas que se encargan de la protección del ADN, evitando la perdida de la información genética y la unión de los extremos finales de las moléculas de ADN» (Megía González, R). Los telómeros se van perdiendo conforme se producen las divisiones celulares. Este proceso va a depender de los estilos de vida de las personas y está relacionado con el envejecimiento.

Al cabo de poco tiempo, Elizabeth recibió una oferta de trabajo como profesora asociada del Departamento de Biología Molecular en la universidad de Berkeley, California, que por supuesto aceptó de inmediato. En una conferencia sobre ácidos nucleicos, conoció a Jack Szostack, un reputado científico experto en genética de levaduras, perteneciente a la universidad de Harvard. De esta manera, decidieron extender los estudios realizados con la Tetrahymena, a las levaduras que constituyen organismos más complejos.

A continuación, ambos investigadores predijeron la existencia de la telomerasa, la enzima que participa en la replicación de los telómeros. Estos últimos protegían a los cromosomas de levadura y mantenían su integridad.

Los investigadores identificaron más tarde que las secuencias de DNA que se unían a los cromosomas de levaduras y los protegían eran repeticiones cortas de DNA. Además, observaron que los telómeros no actuaban como plantillas para la producción de secuencias teloméricas adicionales. Ello, junto con la variada cantidad de repeticiones, llevó a Blackburn y Szostak a especular que una enzima especial añadía secuencias a los telómeros (López de Oliveira, D).

Otro gran acontecimiento que tendría Elizabeth en Berkeley y que sería transcendental para ella en los próximos años, sucedió cuando conoció a Carol Greider, una joven bióloga (a quien dedicaremos el próximo artículo) que aspiraba hacer con ella el postgrado, lo cual consiguió, siendo asignada a trabajar en su laboratorio. La tarea que Elizabeth le encomendó fue la de ampliar los estudios de la telomerasa de la Tetrahymena, una enzima que en su interior presentaba una pequeña cadena de ARN, imprescindible para la preservación de los telómeros. Apenas seis meses después, ambas científicas descubrieron que la enzima responsable del alargamiento de los telómeros era la telomerasa (Mujeres Nobel). Este acontecimiento tuvo particular importancia en el mundo científico, lo que les valió a ellas, junto a Jack Szostack años después, ser merecedoras del premio Nobel de medicina.

La telomerasa en los tejidos adultos está inhibida no así en las células madre y la línea germinal. No puede aplicarse dicha enzima para evitar el envejecimiento puesto que la misma Elizabeth Blackburn observó que las células cancerosas tenían mucha telomerasa activa, pudiendo dar origen a células inmortales (tumores malignos). Pero en cambio sí es posible utilizarla como marcador de la malignidad tumoral. También en los últimos tiempos se ha empleado en una forma de tratamiento anticanceroso, por ejemplo, en el tratamiento de cáncer de pulmón, provocando una deficiencia de telomerasa y una disfunción telomérica que ha dado como resultado una disminución de la progresión tumoral. En este sentido, se puede considerar a la telomerasa como un objetivo anticanceroso (Piñero-Hermida, S. et al).

La doctora María Cascales Angosto, de la Real Academia de Doctores de España, escribe que los estudios sobre telómeros y la telomerasa son:

De gran utilidad a la hora de encontrar nuevas terapias para el cáncer o de comprender mejor la forma en que pueden funcionar las células madre. Pero, sin duda, el más importante avance derivado de estos descubrimientos se relaciona con el envejecimiento. Blackburn, ha descubierto, entre otras cosas, que la edad y estrés contribuyen a que los telómeros se acorten. Esto produce una degeneración celular que, además de los achaques propios de la edad, determinará el momento de la muerte. Conocer exactamente la forma en que funciona este mecanismo, hace posible vislumbrar algún tratamiento que evite el deterioro que acompaña a la vejez.

Otras consideraciones

Elizabeth Blackburn reconoció que, en 1986, en una misma semana acontecieron dos hechos que considera los más memorables de su existencia. Se le informó que había sido promovida a catedrática de la universidad de Berkeley y luego supo que iba a ser madre por vez primera. Ya llevaba once años de casada con John Sedat y la llegada de su hijo Benjamín, les llenó de gozo. Su rol de madre no representó ningún obstáculo para continuar su labor científica. En 1990, debido a la larga distancia que debía recorrer diariamente de su hogar a la universidad de Berkeley, se trasladó con parte de su equipo de colaboradores a San Francisco, para dirigir los departamentos de microbiología e inmunología y bioquímica y física de la UCSF. Era la primera mujer que ocupaba este cargo. En su haber figura una larga lista de artículos científicos publicados en las mejores revistas médicas y varios libros, entre ellos una colección de ensayos sobre telómeros que dirigió junto a Carol Greider. Ha continuado su labor de investigación y dirección de su cátedra y ha tenido tiempo además de dar conferencia sobre telómeros y cáncer en muchos de los principales centros académicos del mundo (López de Oliveira, D).

Ha realizado también una labor muy meritoria en defensa de los derechos de la mujer a ejercer cualquier profesión sin temor a ser discriminada por la maternidad y la lactancia. Se le ha reconocido igualmente como una autoridad en el campo de la bioética, tanto así que formó parte del Consejo de Bioética del presidente de los Estados Unidos. En 2007, fue incluida por la revista Time entre las cien personas más importantes del mundo. Aparte del Nobel, ha recibido casi todos los premios científicos más importantes, entre ellos el Lasker. Pertenece a muchas sociedades científicas de altísimo prestigio, como la Academia Nacional de Ciencia de Estados Unidos, la Asociación Nacional de Medicina y la Royal Society de Londres (Instituto Salk).

Notas

Blackburn, E. H. (2009). Autobiographical. En: Les Prix Nobel. The Nobel Prizes.
Cascales Angosto, M. (2010). Telómeros y telomerasa. Anales de la Real Academia de Doctores de España.
Instituto Salk. Elizabeth Blackburn.
López de Oliveira, D. (2007).Elizabeth Helen Blackburn: el camino al telómero.
Megía González, R. (2018). Figuras de la genética: tras los telómeros. Genotipia.
Mujeres Nobel. Elizabeth Blackburn.
Piñeiro-Hermida, S., Bosso, G., Sánchez-Vázquez, R., Martínez, P. y Blasco, M. A. Telomerase deficiency and dysfunctional telomeres in the lung tumor microenvironment impair tumor progression in NSCLC mouse models and patient-derived xenografts. Nature.