Meditaciones estivales

La felicidad de la soledad

2 AGOSTO 2017,
«El paseo» (1870), Pierre-Auguste Renoir
«El paseo» (1870), Pierre-Auguste Renoir

Pasan los días, entre soles y sombras, entre borrascas, nubarrones y cielos despejados, y cada vez tengo más claro que a todos nos falta algo.

No sé si es tranquilidad, no sé si es paz o quietud. No sé si es oxígeno limpio, de campo; no sé si tenemos necesidad de espiritualidad.

Realmente nos cuestionamos qué nos falta, sin pensar, a lo mejor, en lo mucho que nos sobra. Vamos cargando las espaldas con proyectos y problemas que se amontonan, exigencias, responsabilidades. Y todo, al final, cansa.

¿Nos exigimos en exceso? A veces sí. El mayor exigente con uno mismo suele ser uno mismo.

Cuanto más nos cargamos, más posibilidades tenemos de equivocarnos o de concluir a medias las cosas.

Uno sabe las veces que se equivoca porque equivocarse es algo innato al hombre. No conozco nadie perfecto y me siento el más imperfecto de los hombres.

No es bueno hacerse el listo para intentar que otros no vean o noten tus deficiencias. Es en ese momento cuando más vulnerable y estúpido eres.

De nuestras equivocaciones viven otros y de nuestras equivocaciones nos martirizamos nosotros.

A veces, cuando discutes, cuando tratas de defender ciertos razonamientos, alguno te suelta eso de que al final, con tus argumentos te quedarás solo.

«Te vas a quedar solo...» es una frase recurrente que a lo largo de mi vida he escuchado muchas veces. Cuando alguien me dice algo así, normalmente le contesto con una pregunta: ¿por qué?

Jamás obtengo una respuesta lógica o racional.

¿Solo? ¿Por defender lo que uno cree, por un carácter determinado? ¿Por la forma de ser, por decir lo que uno piensa, por no seguir el juego a los demás?

¿Quedarse solo por ser 'raro'?

Y sí, es en esos momentos, en los que se busca la soledad, porque apetece, y reflexiona sobre ¿qué es estar solo? o, sinceramente, ¿por qué para muchos el hecho de estar solo debe se convierte en algo negativo?

¿Qué significa eso de estar solo?
¿Que nadie te apoye?
¿Que nadie te siga?
¿Que nadie te quiera?
¿Que nadie te ame?
¿No tener a nadie?

¿Estar solo es no ser como los demás?
¿No querer ser como los demás quieren que seas?
¿Qué coño quiere decir ese «vas a estar solo»?

La filosofía nos hace preguntas pero no nos ofrece respuestas. Las respuestas solo son nuestras y cada uno es dueño de las suyas.

Respuestas tenemos todos aunque a veces no queramos respondernos o nos cueste mucho hacerlo.

Tenemos necesidad de descargar. Necesidad de caminar por el campo. Necesidad de que nuestros actos no empeoren la vida de los demás. Necesidad de poesía y paz.

Normalmente disfruto de la soledad acompañada, esa soledad del silencio en la que te sumerges para encontrarte contigo y meditar. Meditar de tus errores, meditar de tus aciertos, ser humilde con uno mismo que es lo mismo que serlo con los demás.

Me rodea la inmensa compañía de la vida, de la poesía, de esas personas que te enriquecen, de las mariposas con sus sonrisas. A veces te equivocas con quienes menos merecen porque descargas la carga del día a día sobre ellos. Eso sí es un defecto.

Hay soledades perfectas.

Nuestra vida, particularmente la mía, se ha acostumbrado a llenarse cada vez más de proyectos, de iniciativas, de ideas varias que me ocupan infinidad de tiempo, que me generan ilusiones, emociones y vértigos, pero que, en definidas cuentas, muchas veces no sé por qué me meto o ocupo de ellas: me acaparan, me provocan también problemas y, por qué no decirlo, a veces tampoco sé muy bien si hago lo correcto.

El caso es que cada vez andamos más dispersos, con menos tiempo para lo importante que es, entre otras, la poesía, que es, y por qué no decirlo, nuestro yo, tu yo y tu mundo personal. Nos vamos metiendo de cabeza en cada charco que aparece delante nuestro.

Da la sensación de que hago las cosas sin pensar, como una costumbre que se ha generado en nosotros a no renunciar a nada, a no decir que no a nada y tirarte de cabeza a todo aquello que se me pone delante como proyecto nuevo que nos hace llenar la mochila de más carga pero que al final, como todo en la vida, de tanto se queda en nada.

No todos vivimos el tiempo a la misma velocidad. Algunos corren despacio y otros caminan deprisa. Unos esperan tranquilos, otros impacientes.

Cada uno debe recorrer su propio camino. Ni podemos usurpar el de otros ni dejarnos correr el nuestro por otros. Es importante encontrar el camino.

No somos culpables de lo que hacemos, pero sí sé que somos responsables de no controlar todo lo que vamos generando en nuestras vidas..

Eres tu enemigo. Soy mi enemigo.

Lo verdaderamente importante no está ahí fuera, está dentro de nosotros.

Leí hace poco un cuento, de esos que son como una fábula, creo de un autor desconocido, que tiene mucho que ver con lo escrito. Se titula ¿Dónde escondieron la felicidad? y dice así:

En cierta ocasión se reunieron todos los dioses y decidieron crear al hombre y la mujer; planearon hacerlo a su imagen y semejanza, entonces uno de ellos dijo:
«Esperen, si los vamos a hacer a nuestra imagen y semejanza, van a tener un cuerpo igual al nuestro, fuerza e inteligencia igual a la nuestra, debemos pensar en algo que los diferencie de nosotros, de no ser así, estaremos creando nuevos dioses».
Debemos quitarles algo, pero, ¿qué les quitamos?
Después de mucho pensar uno de ellos dijo:
«¡Ya sé!, vamos a quitarles la felicidad, pero el problema va a ser en donde esconderla para que no la encuentren jamás».
Propuso el primero: vamos a esconderla en la cima del monte mas alto del mundo; a lo que inmediatamente repuso otro: no, recuerda que les dimos fuerza, alguna vez alguien puede subir y encontrarla, y si la encuentra uno, ya todos sabrán donde esta.
Luego propuso otro:
«Entonces vamos a esconderla en el fondo del mar». Y otro contesto:
«No, recuerda que les dimos inteligencia, alguna vez alguien va construir una máquina por la que pueda entrar y bajar y entonces la encontrara».
Uno mas dijo: «Escondámosla en un planeta lejano a la Tierra».
Y le dijeron:
«No, recuerda que les dimos inteligencia, y un día alguien va construir una nave en la que pueda viajar a otros planetas y la va a descubrir, y entonces todos tendrán felicidad y serán iguales a nosotros».
El último de ellos, era un Dios que había permanecido en silencio escuchando atentamente cada una de las propuestas de los demás dioses, analizó en silencio cada una de ellas y entonces rompió el silencio y dijo: «Creo saber en donde ponerla para que realmente nunca la encuentren».
Todos voltearon asombrados y preguntaron al unísono: ¿En dónde?
«La esconderemos dentro de ellos mismos, estarán tan ocupados buscándola fuera, que no la encontraran».
Todos estuvieron de acuerdo, y desde entonces ha sido así, el hombre se pasa la vida buscando la felicidad sin saber que la lleva dentro de sí mismo.

Busquémonos dentro y vayamos descargando la mochila.