«O teniente berrou 'alto, quen vive';
na inmensa soedá nasceron nardos».

(Celso Emilio Ferreiro)

Al final tendremos que dar las gracias al nuevo trío sacapuntas (el dueto se les quedó pequeño a la pareja original) en esta inesperada alba de gloria. Del 25 de julio de 1948 al 10 de febrero de 2019, de Buenos Aires a Madrid, del coloso Alfonso Daniel a los liliputienses Pablo y Albert, pero siempre con un Santiago y cierra España (a cachiporrazo limpio con los moros o tirando de una Smith & Wesson para asustar vizcaínos) por el medio como nexo de unión, henos aquí, albriciados, pues quién sabe si la madeja de la política española no haya empezado a desenredarse.

Este domingo hemos empezado, han empezado, a contarnos, expediente previo y necesario, tanto en el estadio de fútbol como en el interior de la iglesia, cuando se trata de repartir hostias. Con afán sacramental, bien entendido.

Al fin pudimos verlos. Allí estaban todos juntitos y revueltos, con el mismo hedor metafísico que expelía la carne abrasada por la fe del pobre Pascal, esa alma perdida: la España de Pelayo y Rodrigo Díaz de Vivar, la España de Casado y de Rivera, la España de Isabel y de Felipe, la España de Abascal y la de Guerra, la España de los aguiluchos en las banderas, y el yugo y las flechas, la España en la que de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa, y no la España de los filósofos y los sabios, no la España tricolor y plurilingüe, no la España archipiélago que silba, no la España verde y azul, finistérrica, atlántica y oestrímnica, no la España de otro Mediterráneo es posible más allá del pelotazo, no cualquier otra España que no implique un dispositivo preparado para helar el corazón de los «bos e xenerosos» que siguen viniendo al mundo sin que los guarde Dios.

Nunca otorgamos a la dimensión cuantitativa de la vida legitimidad alguna, pero, qué caray, es difícil sustraerse al Zeitgeist, que decían los cursis. La España de ayer, la eterna e inmóvil España de charanga y pandereta, la España rancia, que dice Antón, la España torera, es, pesada en la balanza de torsión (balanza ideada con objeto de medir fuerzas débiles), por mucha distorsión que medie (cacarea, jaliña mediática, cacarea!) la España del 0,1%. O sea, para más inri, insolidaria.

Así pues, después de tanto andar tocando las narices, dejarse atrapar Rivera por la teoría de la seducción del primer Freud para explicar sus afectos abascalianos, y desmelenarse Casado completando en puro éxtasis levitatorio el rosco del Pasapalabra antisanchista con insultos al presidente, resulta que a la España viva esa no le quedan más que 45.000 especímenes, cuando el censo habla de más de 47 millones de personas haciendo sus necesidades entre Coruña y Cartagena y entre Cádiz y Figueres, incluidas las bellas islas de ambos mares. Menos del 0,1 %. Visto en frío, en caliente y en templado, resulta más bien decepcionante. Cualquier evento gastronómico gallego reúne más personas. Cualquier verbena amenizada, ya no digo por la Panorama, sino por alguna orquesta de medio pelo congrega en la más diminuta aldea de Galicia durante sus fiestas patronales una parroquia más numerosa, galante y decidida. En Lalín llevan semanas dando la lata con la Feira do Cocido. Esperen a ver cuántos estómagos se dejan caer el próximo 24 de febrero, su día grande. Se puede aventurar que serán bastantes más y más guapos y que al acabar el día estarán infinitamente más contentos que los reunidos en Madrid este domingo (por cierto, el alcalde de Lalín es muy majo y seguro sabrá recompensar tan inesperada como desinteresada promoción de su gran cita anual con alguna degustación del plato totémico en cualquier restorán de la villa pontevedresa).

Jopetas, me da mucha pena España. Una nación con miles de millones de años luz a sus espaldas, según Rajoy, su primo, la niña de los chuches y los editorialistas de la prensa del Movimiento, unidad de destino en lo universal, en lo particular, en lo trascendental y en lo sentimental, una nación que es vilmente traicionada por melones, digo, felones (nota bene: es esta gente la que se traiciona constantemente sin querer con ese su recrearse impúdicamente en la voluptuosidad de ciertas palabras. Tanto elogiar la familia tradicional, para luego entregarse sin recato a la lujuria desenfrenada de los placeres orales... mamandurrias, felonía, contubernio… todo muy libidinoso. ¿Será, pues, que hay demasiadas personas con micrófono delante a las que simplemente sucede que no echan una cana al aire desde hace demasiado tiempo?). En un momento de tanta urgencia, de extrema necesidad, según dicen, se hace una convocatoria para hacer el recuento de españoles y, jarronazo de agua heladísima, aparecen más convocantes que convocados. Por si fuera poco, entre los participantes se produjeron al parecer escenas poco edificantes, como la de un Corcuera envuelto en la bandera rojigualda, en plan Miss Patada en la Puerta. Por cierto que por momentos la concentración en Colón parecía un concurso de belleza de exministros de Interior de media Europa, quienes abusan del lifting más que las antiguas reinas de Hollywood. A saber por qué.

El 0,1% tirando por lo alto. Y entrando en el menudeo de las cifras, la desolación es mayor. Entre políticos a sueldo de las tres derechonas, periodistas en nómina de la caverna, despistados sin alpiste y señoras que ocupan el tiempo sabatino y dominical con lo que tengan a mano y sea gratis (desde la conferencia de un sociólogo marxista a una obrita de teatro aficionado), ya se ocupa media plaza. El resto, cámaras y reporteros grabando el acontecimiento, policías cuidando que el rebaño no se alborotare, curiosos que pasearen por allí.

Total: fleten autobuses desde Cuenca y Almendralejo, llamen de urgencia al triste rey de los galaicos quien, por narices, lucía palmito en la Gran Manzana mientras la sanidad de su país se cae a pedazos, toquen a arrebato y tienten al personal con bocatas de ibérico y queso manchego, busquen gentes debajo de las piedras no solo de España, sino de más allá de los Pirineos y mesmo de allende el océano (Vargas Llosa, que se apunta a todas, Valls, que despojado del gorro napoleónico parece haber perdido todo glamour) y, sobre todo, pongan a cientos de gallináceas a parlotear en decenas de cadenas y a escribir en las páginas de los miles de periódicos de la prensa afecta (¿quién paga todo esto? ¿los fondos reservados?), que, por más que se dejen la piel en ello, al final aparece el 0,1 %. Hay fiestas de la espuma con más participantes.Y no se puede aducir en este caso manipulación, guerras de cifras... basta mirar las fotos, basta fijarse en las caras tristes de la otrora alegre muchachada. No, aquello no parecía una fiesta de la democracia, sino un funeral. Así que al loro, vallejos del tercer milenio, que tenía razón Laporta: no estamos tan mal.

Ahora bien: puesto que decidieron convertir la manifa ya no en un plebiscito, sino en una declaración de guerra simulada y en diferido contra Sánchez, deben aceptar los resultados. Y los resultados parecen indicar que los felones no estaban enfrente, sino detrás, con perdón. Haría bien Casado en cuidarse de los que lo siguen tentándose los apoyos, no sea descubra que está saltando desnudo y sin arnés para acabar exhibiendo una condición rimbaudiana al primer costalazo incapaz de hallar en derredor una mano amiga. Y haría bien Rivera en controlar la gesticulación y en no hacer del aspaviento su heideggeriana morada.Y haría bien, en fin, Abascal, en buscarse alguna otra mamandurria para seguir viviendo del cuento y dejarnos en paz. Y ya que estamos, a mis compatriotas gallegos les digo: haríais bien en volver a leer a Cabanillas antes de que os fuercen con Pemán en las escuelas. Pero qué os voy a decir a vosotros: si lo de enviciaros con Fraga tenía su punto venial, lo de estos años con Feijóo es puro masoquismo.

Todas en fila, una detrás de otra, las 45.000 almas difícilmente llegarían a la vecina la plaza de Oriente, donde, eso sí, iban a estar más cómodas y en su salsa. Tamaño gatillazo debería conllevar dimisiones. Aunque solo fuese la del jefe de policía por haber contado bien. Siempre hay una primera vez.

La España viva está malita, si no muerta, lo cual no deja de ser una noticia tan sorprendente como grata. Estáis muertos, diría Vallejo, pero qué extraña manera de estarse muertos. Quienquiera diría no lo estáis. Pero, en verdad, estáis muerto. Flotáis nadamente detrás de aquesa membrana que, péndula del zenit al nadir, viene y va de crepúsculo a crepúsculo, vibrando ante la sonora caja de una herida que a vosotros no os duele. Os digo, pues, que la vida está en el espejo, y que vosotros sois el original, la muerte.

Mención aparte merece el pueblo español que una vez más no se confunde con sus élites (chiste). Siempre hemos admirado la impermeabilidad de esos héroes anónimos (hmmm...la cursilería crece), quienes, recibiendo el chaparrón incesante de tanto Savonarola de pacotilla, ante ese raca-raca insufrible y demoledor que se estila más allá del Padornelo y que por culpa de las ondas hercianas y la cibernética vida también llega al fin del mundo como orballo imperceptible que cala hasta los huesos, simplemente viven y dejan vivir. ¡Esa sí que es una lección de la España viva!

En fin, habrá que esperar acaso acontecimientos futuros, no sea que estuvieren de resaca, para saber si la España viva nació muerta. Pero sí ya es posible afirmar que las políticas conservacionistas implementadas en los últimos 100 años por un nacionalismo español que se presenta patafísicamente como liberal no han dado frutos. Por más que nos y les hayan inculcado a distintas generaciones una historia que no es más que un cuento inventado a finales del siglo XIX por los Menéndez y demás ralea dizque académica, por más que se empeñen en desconocer la diversidad cultural que nos amamanta, que se niegue a millones de personitas la posibilidad de conocer unas mínimas trazas del resto de lenguas peninsulares, por más que los huesos del dictador sigan gozando de los saludables aires de la sierra en su retiro post mortem, por más que las cunetas estén pobladas de crisantemos y olvido, y por más que los hechos de Cataluña hayan sido utilizados de forma pirómana por tantos tontos con el solo objeto de emponzoñar aún más la situación, los españoles a los que les encanta el olor de la naftalina y las estridencias a lo Gracita Morales por la mañana, los españoles que se sulfuran cuando oyen lo de Franco, Franco, que tiene el culo blanco, porque su mujer..., es decir, los españoles tal como deseados por Casado & Rivera & Abascal (con Aznar tocando los tres teclados), aquí y ahora, tras el último y único recuento fiable, son 45.000 y representan a lo sumo el 0,09% del censo. En definitiva, hay que añadir esa especie al catálogo de bichitos ibéricos en peligro de extinción, junto con el lince y el quebrantahuesos. Cerremos esto a la manera de un Sancho, que no un Sánchez: para este viaje, no se necesitaban alforjas.

Aunque antes de rematar, viendo el clamoroso fracaso de la manifestación (dan ganas de ponerse estupendo, esto es, sanjuancruciano, para decir que en la manifestación se constató la soledad sonora del energumenismo triunfante), tal vez habría que echar un ojo al otro lado. ¿No sería este el momento para que la izquierda abandone al fin su licencioso (y, en términos kantianos, culpable) onanismo (venga ya, tíos, está muy bien eso de tocarse, y será muy saludable y desde aquí se lo recomiendo ya mismo a mis sobrinos… pero al igual que no debemos confundir el berrear o el agitarse con la verdadera pasión, ni el dar brincos con la danza, tampoco confundamos la masturbación con hacer el amor) y recuperar la iniciativa. Las huestes de la derechona esperaban la dimisión en bloque del Gobierno ante el clamor de la calle y se han quedado un tanto fuera de juego. Se anunciaban curvas peligrosas para la rive gauche en los próximos meses; en realidad, siguen intuyéndose. Pero.. ¿por qué y cómo no aprovechar el bluf? En realidad, el momento es ideal. Calientan ya los motores para el próximo 8M (y todos podremos ser testigos de la diferencia cuantitativa y cualitativa, por cierto, entre los que hacen de la chillona bandera principio, medio y fin de su existencia, y los y las que saben que las banderas son guiñapos que en situaciones de apretón celta-ortigueirano sirven para más cosas que para sonarse). Por cierto, permanezcan atentos: en breve diremos algo en relación con ese asuntillo, ya saben, el de las mujeres violadas, violentadas, asesinadas, mientras algunos miran al tendido. Ya que las leyes no sirven para nada y los varones no van a renunciar tan fácilmente a su condición de Homo erectus, las mujeres únicamente tienen dos opciones a su disposición: testosterona o pistola. Démosles pistolas a las mujeres (sacándoselas a los abascales de turno) o que se apliquen testosterona en gel sobre la piel.