El conocimiento de la sexualidad está basado principalmente en respuestas a cuestiones sobre reproducción. Sólo hace tres décadas que se empezó a tomar consciencia social sobre las distinciones tradicionales de género, que no se adaptaban a la realidad, sino que más bien respondían a una hegemonía patriarcal ancestral que dejaba fuera de las principales estructuras sociales a las mujeres y, por supuesto, a homosexuales, transexuales, bisexuales y a cualquiera que pudiera expresar una sexualidad alejada de los cánones duales de la religión. Pero me gustaría hablar de los aspectos biológicos del género y la orientación sexual, porque hay una tendencia actual que insta a ver cada aspecto del humano exclusivamente desde un punto de vista social, como si todo comportamiento respondiera a una cuestión educativa. Se ha estudiado largamente el hecho de que el aspecto biológico es tanto o más importante que la educación en esta cuestión sexual, que articula el pensamiento sobre la realidad del ser humano.

Un problema que ha arrastrado el aprendizaje sobre el género, y que el feminismo apoyaba en sus inicios, se refiere a la educación de los niños en la empatía y la igualdad. Se creía que parte del problema estaba en la sexualización de los juguetes que eran "para niños" y "para niñas", pelotas y herramientas vs. muñecas. Desde una lógica social progresista se puede llegar a esa conclusión, cayendo en la trampa de aceptar un razonamiento sólo porque cuadra con nuestra visión sobre el mundo. La Doctora Melissa Hines, especializada en psicobiología del desarrollo de los rasgos de género, estuvo trabajando en un estudio sobre este mismo tema. Eligió un grupo de niños y niñas y se les invitó a que escogieran los juguetes que quisieran de entre una gran variedad. Resultó que se cumplió la expectativa: las niñas escogieron muñecas y carritos para jugar y los niños las pelotas y herramientas de plástico. Pero eso no podía ser concluyente, porque precisamente se entendía el componente social en el aprendizaje sobre la expectativa del rol del hombre y la mujer desde muy temprana edad. Así que la Doctora Hines llevó esos mismos juguetes a una reserva donde vivían 100 ejemplares de machos y hembras de Cercopitecos verdes, una especie de mono. Se dispersaron los juguetes por el recinto y se dejó a los monos entrar.

El resultado fue que los monos macho escogieron los juguetes “para niños” y las hembras escogieron los que eran “para niñas” y se pasaron horas jugando con ellos sin que ningún aspecto cultural por supuesto les hubiera influenciado. Así que los resultados vistos en otras especies parecían anular la interpretación en clave de aprendizaje que se había hecho del mismo comportamiento visto en humanos; hecho que hacía abrir un poco más los ojos ante nuestra vigente biología ancestral. Aclarador cuanto menos.

La neurobióloga Louann Brizendine, especializada en el cerebro masculino, fue hace años activista del movimiento feminista en Estados Unidos. La escuché una vez contar en una entrevista que entre ellas, en las reuniones del movimiento, a veces hablaban de cómo iban a criar a sus hijos si los tuvieran, y llegaban a la conclusión de que para crearles empatía con el otro sexo, para que fueran hombres sensibles en un futuro, también les darían muñecas para jugar. Para su asombro, la doctora contaba como uno de sus hijos, la primera vez que lo dejó a solas con la muñeca, éste que nunca había visto una escena violenta real o a través de una pantalla, al volver estaba con una de las piernas de la muñeca arrancada y la usaba como una lanza.. y así se dio cuenta de que el feminismo puede cambiar la sociedad, pero no la biología.

Así como parece que las relaciones de género son una cuestión también biológica, no sólo social, también la homosexualidad es natural e innata, y una prueba simple de ello es que no es exclusiva de los seres humanos. Cuando entendemos eso, deberíamos acallar las voces de algunos grupos de presión social que se encargan de extender la idea de que la homosexualidad es una desviación provocada por el ambiente y la crianza del menor; que no es más que un aprendizaje y, por tanto, se puede modificar y/o revertir (curar). En cuanto quedó demostrado, por parte del equipo de la ya mencionada Doctora Melissa Hines, que había especies de animales como los carneros, en las que se encontraban ejemplares que fornicaban con especímenes del mismo sexo y, más allá de la mera aleatoriedad, en circunstancias donde podían elegir entre hembras o machos, preferían siempre la copulación con un macho. Ya entonces debería haberse extendido el conocimiento, hubiera sido de sentido común que ese tipo de investigaciones salieran a la luz y rompieran la barrera que a veces existe entre los descubrimientos en la investigación científica y la opinión pública.

Aunque, a veces, la presión histórica que han ejercido las religiones expansionistas ha hecho que ese tipo de conocimientos queden olvidados o sean eternamente cuestionados. Con este lavado de cerebro milenario se consigue que las convicciones de algunas personas sean tan fuertes y tan herméticas que un infinito número de pruebas en contra de lo que piensan, no altera lo más mínimo esa tendencia a no cambiar ni uno sólo de los pilares donde esas personas creen que su personalidad reside. Tanto para lo bueno como para lo malo, principalmente lo segundo, siempre habrá quien sea selectivo con la ciencia y sólo admita aquellos descubrimientos que cuadran con sus ideales previos.

Pero no se puede obviar este conocimiento, y no es hora de discutir sobre su veracidad; es hora de coger esa verdad probada y explorarla, abrir la mente y el cerebro y ver por qué somos como somos. Ya desde los años 80 se sabe que hay regiones en el cerebro como el hipotálamo, que es una región muy pequeña del cerebro compuesta a su vez por muchas regiones, que se encarga de las más variadas funciones relacionadas también con la sexualidad. Sobre todo hay dos que se especificaron años más tarde y que están íntimamente relacionadas con la identidad de género y la orientación sexual. Hace décadas que se estudia esto y aún rechina en algunos oídos el hecho de que la masculinidad o la feminidad, así como la orientación sexual, puedan tener un componente biológico vertebrador.

Una de estas regiones es el Núcleo Intertejido del Hipotálamo Anterior, también conocida como N13. Muchas autopsias realizadas en estas últimas décadas dejaron de manifiesto que las barreras que separaban la heterosexualidad de la homosexualidad eran más difusas de lo que siempre se había creído. La cantidad de hormonas, entre ellas andrógenos como la testosterona, que son asimiladas por el feto durante su gestación afectan directamente al cuerpo y al cerebro, modificando físicamente algunas zonas. Lo curioso es que no depende siempre del sexo. Está claro que la mayoría de personas son heterosexuales, pero no es la realidad completa del ser humano o "lo natural". La región N13 no hace una distinción clara, y si es de un tamaño grande, a esa persona le gustaran las mujeres, independientemente de si es hombre o mujer. Así mismo, si es de pequeño tamaño, a esa persona le gustaran los hombres. La otra zona interesante es la llamada Núcleo Supraquiasmático, encargada también de la identidad de género, así que el tamaño dado por oleadas de hormonas prenatales indicará a su vez una probabilidad mayor o menor de que esa persona presente los rasgos asociados a la masculinidad o la feminidad en la edad adulta.

No es, digamos, intuitivo el pensar así. Por eso son controvertidos estos hechos y no consiguen el consenso de la comunidad científica, no digamos de la opinión pública, y menos cuando hay miembros de la iglesia metidos en los distintos estamentos educativos creando presión. Por supuesto, no quiero obviar la importancia nuclear que tiene la educación y el papel de la familia y de los distintos factores socializadores que influyen a la hora de la expresión de la sexualidad, pero es peligroso pensar en el ser humano como si no fuera un animal más, afectado por su bagaje genético, como si la biología no se pudiera llevar por delante cualquier sistema de creencias o estructuras sociales. El caso es que el tamaño de ciertas partes del cerebro, derivado de los cambios hormonales que sufre el feto son los condicionantes principales de la orientación sexual y de la identidad de género, por eso la sexualidad es tan compleja; Precisamente, porque esas zonas en el cerebro pueden ser de muy diferentes tamaños e interactuar entre ellas y con el entorno de maneras impredecibles, dentro de esa naturalidad biológica.

Los humanos, en cuestiones de sexualidad, somos muy distintos unos de otros. Cada persona es una mezcla peculiar y única de masculinidad y de feminidad, ambas al mismo tiempo, así que los términos heterosexual, bisexual, homosexual no son más que formas de reducir el mundo a conceptos estáticos y limitantes, que no recogen todo el espectro de la sexualidad humana, cuando la realidad es que los límites entre unos conceptos y otros a veces son cerebralmente difusos. Quizás es una belleza natural que muchos niegan todavía, la belleza de la singularidad sexual personal, de la trasmigración y la mutación de los conceptos tradicionales.

Tengo siempre presente que el mundo no es tan simple o tan complejo como la mente que lo analiza o que intenta entenderlo. Por eso hay que mantener convicciones firmes, pero nunca estáticas; para no permitir que la verdad nos pase por delante sin ser capaces de darle una oportunidad.