A los capitalinos se nos olvida que la Ciudad de México está coronada por volcanes. El smog los cubre. A veces, por completo. Y así como el Popocatépetl se asfixia detrás de una cortina de humo tóxico, en ocasiones me pasa que Julián se desaparece por días. No porque no esté presente, o salga de la ciudad por trabajo. Sencillamente no lo siento cerca: una neblina densa le borra el rostro, las palabras.

Conforme el sol se come las sombras de la noche, pienso en cómo julio ha sido un mes de harto silencio. Nos levantamos por la mañana, me saluda sonriendo suavecito y luego se acaba la interacción. Hay días que no escucho su voz para nada. Y ni siquiera se esfuerza; le sale natural. Observo cómo los rayos pálidos se deslizan por las paredes de nuestra habitación, como si su voz ausente se impregnara en las paredes. Vivimos sobre Periférico, hacia el sur de la capital: el silencio es raro en el departamento. Pero abundan esos espacios de vacío, que quizás en otro contexto se pudiera leer como desinterés.

Ío

Julián está trabajando con el observatorio en un proyecto sobre las lunas galileanas. La intención de los investigadores es fotografiar los 4 satélites de Júpiter, descubiertos originalmente por Galileo Galilei hace más de 400 años. Hoy sabemos que, en total, el gigante gaseoso cuenta con al menos 79 lunas:

—Son las que la tecnología nos ha permitido observar —me dijo él la primera vez que hablamos del estudio, pero pueden ser muchas más.

Allá por 1610, el astrónomo italiano las descubrió casi por casualidad, al jugar con lentes de amplio alcance. Después de meses de investigación científica, quiso mostrar sus hallazgos al Papa quien, convencido de que la Tierra era el centro del universo, descartó por completo el trabajo de Galilei. Después de décadas de observación astronómica, el científico tuvo que renunciar a todas sus teorías, bosquejos, evidencia: a los ojos de la Iglesia eran herejías, dignas de la horca.

Ya viejo y cansado, Galileo se despidió de Ío, Europa, Ganímedes y Calisto, los satélites que había descrito para el quinto planeta del Sistema Solar. Bajo amenaza de tortura, abjuró, maldijo y detestó toda una vida de pensamiento. Es probable que, incluso a través del telescopio, el Papa en curso no hubiese entendido qué tenía frente a sí. Quizás hay personas que, incluso hoy, nunca han visto las lunas de Júpiter.

Y en efecto. Nunca me había cuestionado cuántos satélites naturales girarían en torno suyo, ni mucho menos si la ciencia tuviera algunos más por encontrar conforme mejorasen las herramientas de observación astronómica. Lo que sí tenía claro era que, cuando Julián y yo nos quedábamos en silencio por las noches, en ocasiones me pedía que fuéramos a la sala. Teníamos un ventanal de piso a techo, frente al cual había instalado un telescopio sencillo, de observación casera. Me lo compró de cumpleaños alguna vez, porque no me podía bajar las estrellas, pero sí podría acercármelas a la mirada con esto, me dijo. Naturalmente, él lo usaba más que yo.

Europa

No recuerdo si era martes o miércoles. Pero sonó la alarma temprano, y Julián se alistó para salir. Media hora más tarde, ya estaba de camino a la universidad para continuar con la investigación satelital. Se despidió de mí sonriendo y, antes de salir, musitó algo que no logré entender. Era todavía temprano, y los primeros rayitos tímidos del sol se asomaban apenas sobre los hombros de los volcanes. Como había llovido toda la noche, el horizonte estaba despejado. Me quedé mirándolos un rato, desde el ventanal en la sala: cómo parecían dos personas acurrucadas debajo de una mata densa de bosque, casas, coches, gente sin espacio para vivir en la capital.

Sobre el cielo todavía oscuro, vi el brillo potente de una estrella en el cielo. Me imaginé qué tan lejos podría estar y que, tal vez, ese podría ser tema de conversación cuando Julián regresara. Luego me puse a trabajar: tenía pendiente la edición de unas fotografías que me había pedido un optometrista de su espacio, con las que quería vestir sus redes sociales. Me metí tanto a eso, que olvidé por completo el desayuno. A eso del mediodía, me moría de hambre y tenía muy pocas ganas de pararme a preparar algo. Así que me puse a investigar qué astros se podrían ver sobre las montañas mexicanas, como hileras de dientes pálidos que se esfuerzan para hacerse camino entre el smog y el ruido.

Sirio, Betelgeuse y otros nombres impronunciables desfilaron en mi búsqueda preliminar. Me parecía imposible que existieran cosas tan viejas en el cosmos, coexistiendo con seres que apenas viven 80 años. Luego me encontré que, hoy en día, los capitalinos en México no podemos ver todas las estrellas que originalmente desfilaban por la bóveda celeste: la contaminación lumínica las opaca desde hace al menos 2 décadas. La generación sin estrellas, nos llamaban en el portal de una revista de ciencia.

Ganímedes

Comí cualquier cosa que hubiera de recalentado. Me apuré, porque tenía una sesión de fotos programada para las 4 de la tarde, y tenía que llegar al menos media hora antes. Era hasta el sur, por lo que tendría que tomar Periférico. En esta ciudad no hay garantías. Mucho menos por allá, en Pedregal, donde generalmente no encuentras estacionamiento.

En poco tiempo estaba deslizándome a través del segundo piso. Los veranos son fríos y lluviosos en la Ciudad de México, por lo que una densa capa gris cerraba el cielo. Pensé qué tanto de eso sería smog, y qué tanto serían nubes cargadas de agua. En el horizonte no se veían los edificios ni las montañas: la neblina se lo había comido todo, como cuando a las impresoras se le les acaba la tinta.

Luego pensé en Julián. En su timidez. En la manera en la que, tal vez, le estaba exigiendo demasiado: como si alguien en la Ciudad de México se empeñara por ver las estrellas en la noche, con todo detalle, en medio de la cacofonía citadina, las luces impertinentes y la creciente mata de smog que nos inunda los pulmones. Las estrellas estarían ahí, pero no podría verlas jamás. Al menos, no a simple vista.

Calisto

Cada quién volvió a casa cuando pudo. Llegué casi arrastrándome, con el clásico dolor de cabeza que da el tráfico. Había diluviado todo el día, y el tráfico estuvo a vuelta de rueda desde las 6 de la tarde. Choques, gritos, volantazos desenfrenados. Ahora yo estaba en silencio, viendo cualquier cosa en redes sociales: la ciudad a veces te deja sin palabras.

Cuando Julián cruzó la puerta, me saludó con gusto y se sentó al lado mío en el sofá. Me dijo que, por la lluvia y los vientos, hoy sería una buena noche para ver el cielo nocturno despejado. Luego me dijo que nos durmiéramos un rato, para poder observar la bóveda celeste a medianoche.

—Justo hoy aparece la Luna del Ciervo —me dijo—: la luna llena de julio, que desfila a través de la noche en tonalidades ocre, o incluso rojizas, dependiendo de las condiciones atmosféricas.

Ya no hablamos de las estrellas visibles en la bóveda celeste.

No me pude dormir. No inmediatamente, al menos. Supongo que él venía más cansado que yo, porque cayó muerto a los 10 minutos. Después de varios días, me abrazó espontáneamente. Quise pensar que estaba dormido, porque estaba respirando suavecito, suavecito. No sé en qué momento mi mirada se fundió con la línea del horizonte capitalino.

A eso de las 11:30 de la noche, sonó una alarma. Era el celular de Julián, avisándonos que ya era momento de ver el cielo. Nos despertamos a medias. Sin saber cómo, me arrastré hasta la sala. En medio del ventanal, como un ojo congestionado, quedó enmarcada la Luna de Ciervo: grande, roja, pesada. Tanto, que parecía que se podría desplomar sobre la capital en cualquier momento.

Julián preparó el telescopio. Limpió la lente, lo ajustó en la graduación necesaria para observar el satélite natural de la Tierra. El único que existe, musitó mientras se alistaba. Miró un par de veces a través del aparato y, cuando quedó satisfecho, sonrió: asómate, me invitó.

Al mirar a través del telescopio, me reí. No podía ver nada: un velo sutil, como un vaho lunar, nublaba el otro lado del telescopio.